La moda del selfi impulsa la obsesión por la estética: “Siempre me quise operar y las redes me hicieron decidirme”

selfie

¿Cómo hemos llegado a semejante extravío? Occidente va irremisiblemente al sumidero de una cloaca profundísima como preludio a la ya inevitable y muy inminente autodestrucción final por el abandono de la vía revelada, siendo el Islam su manifestación definitiva y última. El diario “20 minutos” informa en su edición del 13 de marzo pasado que la obsesión por la imagen, por lucir bien en las redes sociales, está llevando al ganado humano a acudir a las clínicas de estética para retocarse el careto y así poder lucir en condiciones favorables para poder disparar el número de visitas, de suscriptores y de “likes”. Esto ya apesta demasiado, y aún no es nada para lo que está por venir ante el desenfreno narcisista del hombre de hoy, especialmente en occidente, por el desarraigo espiritual que sufre y la consiguiente carencia de una guía moral clara con la que conducirse en la vida.

Nos dicen las lumbreras del pensamiento moderno, desde las distintas plataformas mediáticas al servicio del aborregamiento e idiotización colectiva, especialmente la TV, que el ser humano ha llegado a una especie de cúspide, tras coronar una penosa y muy esforzada evolución por el azar a partir de unos átomos que chocaron casualmente y que no se sabe de dónde han salido; y que tras pasar por moléculas, gusanos, reptiles, aves y monos, todo desembocó en esto, en el desecho del hombre moderno, lo cual nos lo venden como una muy encomiable cima conquistada tras toda esa penosa evolución natural sobre la base de la supervivencia de los más aptos y fuertes. Todo un cuento, una fábula para niños. Pero por desgracia eso es lo que cree la mayoría.

La realidad es que el ser humano, desde que tomó consciencia de sí mismo como regente del vasto imperio de lo creado, no ha hecho más que involucionar, justo al contrario de lo que el común piensa. Estamos traduciendo para este blog (despojosdeoccidente.org) un documental acerca del diseño inteligente que se desprende del estudio del código genético presente en las hélices del ADN, frente a la superstición, muy extendida hoy en día, de que venimos del mono. Dios mediante será aquí publicado.

El ser humano ha sido creado tal cual, según un molde primigenio, con una estructura física determinada, una configuración psicológica y una finalidad vital por realizar. El absoluto se desdobló porque deseaba conocerse a Sí mismo y por eso creó al ser humano, para poder experimentar la plenitud. Esta percepción de la realidad, esta cosmovisión, era algo innato y consustancial a las primeras generaciones de hombres, y por tanto todo en su vida giraba en torno a la búsqueda del conocimiento que lo estableciera en el dominio de su realidad sagrada y trascendente que se oculta tras la apariencia de un ser contingente y condicionado. Todavía los pueblos que viven en un estado donde la modernidad no ha calado del todo, los distintos pueblos aborígenes, conservan esa llama sagrada encendida que les hace ser conscientes y llevar una vida armoniosa con la naturaleza y con el resto de pueblos con vistas a su desenvolvimiento espiritual y a la realización de la verdad última subyacente a todo. Pero nada de eso perdura en el degenerado y desquiciado hombre modernizado, salvo excepciones, y todo esto de lo que estamos hablando le suena a cacofonía.

La involución ha llegado a tal extremo que ya solo buscan la felicidad en lo externo, de ahí el culto al “selfi”, a la imagen, descuidando por completo la llamada de la consciencia que los conmina al Absoluto. Y las cosas no pueden ir sino a peor. Capas y capas de densos nubarrones nublan por completo al ser humano moderno, inhabilitando así su intelecto y quedando dicha herramienta inservible para el desempeño por el cual fue creada, para el empleo de la lógica en la búsqueda del conocimiento y de la verdad última.

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Uno de los factores decisivos que más han contribuido al desvarío generalizado y la amoralidad rampante, en occidente especialmente, es la fe ciega en el ateísmo. El ser humano ha sido adoctrinado en la infame y supersticiosa creencia de que no ha sido creado conforme a un plan divino que obedece al diseño inteligente plasmado en la codificación genética vehiculado por el ADN, y como consecuencia desconoce por qué y para qué está aquí, en este mundo sensible de formas que surgen, se desarrollan y desvanecen. Al ser desposeído de cualquier atisbo que le pueda alumbrar una visión trascendente de la existencia, al ganado humano no le queda más que enfocar su vida en torno al disfrute, tanto físico como psicológico, ocupando el sexo, una vez desnaturalizado y desenraizado de su función primordial, el lugar angular sobre el que pivotan como hordas enfebrecidas en búsqueda de la mera satisfacción del placer inmediato. La consecuencia de esa torcida cosmogonía atea del mundo la vemos en la devastación generalizada que se ha cernido, sin vistas de que algo lo remedie, sobre el ser humano de hoy, tristemente abocado a una vida ruin y miserable por el predominio de la inmoralidad que predomina cuando se le pierde el rastro a la vía revelada.

Cuando el interior mengua, es el exterior lo que medra, y viceversa, cuando mengua lo de fuera es el interior lo que se acrecienta. Así funciona la Unidad: por la compensación de los opuestos. Por eso hoy vemos la generalizada decrepitud rampante asolando a sociedades enteras. Cuando se pierde el foco hacia la visión sagrada de la existencia como siendo un asiento de una realidad trascendente que lo abarca todo, deviene la desarmonía y el predominio corresponde a las formas externas; de ahí la obsesión por el culto a la imagen del hombre moderno.

Para finalizar, las malas noticias son que esto ya no tiene arreglo, pues el precipicio ya asoma. Y las buenas noticias son que la vida verdadera, el amor, la justicia, la paz y la felicidad genuina siempre acaban por abrirse paso, pues es lo que somos, nuestra realidad más íntima radica ahí, en el amor en definitiva.

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