-XX- Las sombras del destino: Historia de una caída y de un regreso de vuelta a casa

guerrera

Antaño fuimos grandes guerreros, todos nosotros, aunque no lo creas, una vez surcamos otros ámbitos, otros cielos, más allá de la maraña de este plano de la existencia donde todo parece tan firmemente establecido como si fuertes estacas fueran; como esas montañas vigilantes y amenazadoras que con toda su pesada molicie parecen sujetar a la tierra para que no caiga en las profundidades de algún insondable y tenebroso abismo. Este es el mundo de las certezas: del yo soy, yo tengo, yo hago, yo sufro, yo gozo, y yo muero. Pero no siempre fue así, pues una vez anduvimos sin forma, sin esta cobertura externa con la que lucimos aquí, en los valles de la desolación del olvido de nuestra realidad previa. No nacimos con el parto de nuestra madre, sino antes, mucho antes, antes incluso de que existiera eso que llaman “tiempo”. El recuerdo de la luz primigenia se instaló en mí y ya no me abandona, por eso puedo sondear otros mundos muy distantes a la materialidad de este plano en búsqueda de respuestas. Y así te digo que un día fuimos grandes guerreros alados que de punta a punta recorríamos las órbitas celestes velando por su equilibrio. Cualquier disonancia era atendida y armonizada, cualquier destello que salía de la fuente primigenia era amorosamente reconducido a la fuente-sumidero de todas las luces. La paz reinante era la brisa que nos mecía mientras oteábamos los horizontes por el puro deleite de la contemplación pura de las luces que esa hornacina sagrada desprendía; y siempre había otro horizonte por alcanzar, y otro más, y luego otro, sin que mediara el cansancio. No había otra consciencia más que la de la plenitud. Pero ocurrió la caída. Ocurrió la caída y desde entonces nos acompaña la tristeza por la añoranza, por más que lo disimulemos.

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Tras la caída todo era bello, pues lo reflejado era por un desbordamiento directo de la fuente primigenia, sin que mediara intermediario alguno. Todo era claridad y lucidez sin contaminar. Los cielos de la presencia única se desbordaron dejando caer sus luces sobre un espejo inmaculado cuyo reflejo le era del todo fiel a la fuente de donde dimanaban sus resplandores magníficos. Al desdoblarse los cielos y derramarse sus luces se fueron depositando en distintas capas cuya densidad determinó los cinco elementos que configuraron este nuevo plano de la existencia al margen del Uno-Único. Según la densidad de las luces, a medida que se fueron solidificando, todo se fue manifestando; desde lo más sutil: el espacio, el aire, y el agua, hasta lo más denso: la tierra, y pasando por el fuego. Estos cinco elementos se armonizaron entre sí y produjeron la belleza, pues recordaban su anterior estado no separado de la fuente y acordaron que en la no-lucha y en la amorosa complementariedad hallarían la imagen perfecta y verdadera de lo que fueron.

En este bello y armonioso mundo, el hombre y la mujer se amaban, sin más. Se amaban de instante a instante pues entre ellos no había resquicio alguno que los distanciara. El hombre penetraba en la mujer y la mujer amorosamente lo acogía. Él se adentraba  en ella y ella lo envolvía. Él la besaba y ella florecía. Él la poseía en todo momento mientras ella se desplegaba siempre hacia un horizonte nuevo, donde él de nuevo la encontraba y la amaba, recreando así, de instante a instante, el acto de la unión perfecta de la que gozaban antes de su caída. Este hombre y esta mujer primordiales eran la expresión misma del amor, como siendo el reflejo de esa armonía que sobre el espejo límpido de las luces derramadas fue manifestando, tras su consolidación, toda la maravillosa multiplicidad de sus manifestaciones externas que el ojo contempla. Tras el alejamiento de este estado de pureza primordial, el amor entre un hombre y una mujer hoy día no es más que un tenue reflejo de aquellos gozos sublimes cuando, a pesar de ser dos, como sólo uno se veían. Si eres un amante verdadero lo sabes, sientes esto.

El descenso de las luces tras haberse derramado de la fuente primigenia tiene un recorrido cíclico que va desde la estación inicial que hemos descrito, caracterizada por la limpidez, la claridad y la belleza de la manifestación primigenia, hasta que tras la degradación última todo reasume su origen y regresa al punto de partida: el vórtice-sumidero de la presencia única, la hornacina sagrada y nicho de las luces. La degradación progresiva de la exteriorización del Uno-Unico se traduce en la progresiva degeneración del ser humano como portador de la consciencia capaz de abarcar y reflejar, a modo de espejo, la plenitud de la totalidad. El ser humano no es más que el espejo en el que Él, Allah, el Creador, se ve y se experimenta a Sí mismo. Si el espejo de la consciencia está oscurecido por los velos de la creencia en una individualidad separada, se distorsiona la imagen y no se reflejan Sus luces, sino nada más que sombras, las sombras del destino que somos nosotros ahora tras el olvido de nuestra verdadera esencia no-dual. Los síntomas de que estamos alcanzando la sima y el punto de inflexión son evidentes en el extravío generalizado que contemplamos en el mundo moderno, donde ya nadie busca a Dios, es decir a su sí mismo auténtico, por haber olvidado por completo el hombre su origen y la finalidad por la que fue creado: realizar la Unidad y permitir que sólo Él sea el que se muestre tras el abandono de la ilusión de creerse separado, tras el abandono, en definitiva, de las distorsiones que proyecta el “yo soy”, el ego, todo aquello que configura las sombras de su destino al margen del Dueño y Señor de todos los mundos, la Realidad Última.

Ahora, tras haber recordado esto somos lo mismo que fuimos antaño antes de nacer: bravos y nobles guerreros. Surcamos ahora los mismos cielos que antaño, cuando desprovistos de los ropajes de la contingencia, de la enfermedad, de la decrepitud y de la muerte, nos abríamos paso doquiera que nuestra mirada alcanzaba, pues no conocíamos los límites y siempre había nuevos horizontes que hollar. Igual que ahora que, aunque confinados a esta ilusoria apariencia perecedera, sabemos desentrañar su maraña y trascenderla, situándonos así siempre por encima de las más altas cumbres. Sobre los acantilados de la visión última hemos situado nuestro ojo, y velamos por el amor, como antaño, y por las luces eternas que nos traspasan y que de instante a instante nos llevan, tras el largo extravío, de vuelta a casa, quedando así culminado el regreso.

Esta es una pequeña historia acerca de cómo las sombras del destino se abrieron paso hacia las luces, y está dedicado a Layla, la única que logra apaciguar mi espíritu.

layla2

Layla

portada libro vis-definitiva

DEDICATORIA E ÍNDICE

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