-xxvi- Breve historia de un enamorado

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-xxvi- Breve historia de un enamorado

Uno de esos gigantes del espíritu, noble buscador de la verdad y cazador de joyas ocultas tras los resortes que erigen este mundo en constante decadencia y en apariencia tan sólidamente establecido como si fuera la única realidad posible, fue un  sevillano de nombre Omar al-Miskin Bil-lah, como se hizo llamar tras su regreso a las luces del Islam por la gracia y la bendición de Allah y de Su profeta Muhammad (sal-la l-lahu ‘alaihi wa-ssallam). Nació en Ishbilya en el mes de ramadán del año 560 de la hégira y regresó a la vida verdadera en Damasco, el mes de Rabi‘ al-Awwal del año 638. Hemos sabido de él por un linaje susurrado que de oído a oído transmite las historias de los amigos de Allah con vistas a que sirvan de inspiración a todos aquellos buscadores que intuyen que tras la cortina de lo contingente se alzan los majestuosos e imperecederos luceros. Aquí expondremos, si Dios quiere, una breve reseña de su vida terrena. ¡Que redunde en un beneficio para todos los seres!

En el seno de una familia cristiana Omar vino al mundo, en una de esas humildes aldeas, a las afueras de Ishbilya, de pobres gentes dedicadas a las labores propias del campo y el pastoreo. Desde su más tierna infancia supo que algo no iba bien, como les pasa a todos los que han sido heridos por los punzantes dardos de los efluvios de amor de Layla. Él sabía que algo había oculto y cuyo desconocimiento se traducía en infelicidad y en una  inevitable frustración, por más que los hombres la disfrazaran con las distintas máscaras de una falsa felicidad impostada. La melodía del mundo siempre se acababa por tornar trágica y los momentos de dicha, ¡eran tan efímeros! Da igual la condición que portaran los hombres, con indiferencia de los ropajes de las circunstancias particulares que el destino les haya asignado para manejarse temporalmente aquí, en este páramo sombrío, todos, desde el gran califa hasta al último miskin, esperimentan un desasosiego existencial común, pues todos antes o después están abocados a encarar las luces de su verdadera esencia tras el desnudamiento de lo que no es Hwa (Él) y la caída de Su velo. Este mundo no es más que un campo de pruebas en el que templar las luces de nuestro asiento definitivo en el ájira, la otra vida, la verdadera, cuando lo incondicionado se abra paso y se asome a través de las rendijas de la muerte. Las pruebas se suceden y el ser humano las deja pasar, desaprovechando así una oportunidad tras otra.

La grandeza de la prueba es en razón de la amplitud del corazón de aquel al que va destinada, y así lo que al ignorante de esto que estamos hablando hunde en la miseria, al noble y puro de espíritu lo ensalza. Eso fue lo que le ocurrió a Omar, que en la sima halló la cima. Tras quedar huérfano huyó, con 14 años, decidido a hacer su vida en Ishbilya al amparo de la mezquita mayor, hoy reconvertida en catedral cristiana, y sobrevivir allí como pedigüeño. Alguna vez había visitado la gran urbe y le fascinaba la llamada al salat de los almuédanos que como ecos superpuestos remontaban a borbotones el aire tiñéndolo todo de dulce nostalgia, pero ¿nostalgia de qué? Lo desconocía, sólo sabía que su pobre corazón se conmovía. Pronto fue acogido en la madrasa para huérfanos donde por más empeño que pusieron no fueron capaces de rastrear su origen pues se negaba a hablar y así no sospecharon que no fuera musulmán, y como tal fue encauzado sin que mediara la prescriptiva shahada, o declaración formal de adhesión al último Din revelado, el Islam. Tras aprender Corán y sus significados decidió que su vida giraría entorno al conocimiento en pos de desenredar la maraña de esta existencia hasta que las luces del Creador se le hicieran tan evidentes que le hicieran olvidar todo aquello que constituía las particularidades de su mundo de hombre sujeto al nacimiento, la decadencia, el sufrimiento y la muerte. El Corán hablaba de una vida verdadera tras el velo de este ilusorio mundo del cual la mayoría no obtiene sino disfrutes pasajeros, privándose así del alimento de la verdad para el afianzamiento definitivo en las luces imperecederas tras descorrerse el telón de esta vida. Emprendió así, tras abandonar la madrasa, una vida de pedigüeño-peregrino en busca de la gente de Allah y de sus tumbas, en busca de conocimiento y de báraka, la bendición espiritual que desprenden los que aún estando con vida ya murieron a la existencia condicionada y se fundieron en el abrazo del ámbito de la trascendencia pura. De tanto llamar de puerta en puerta, de tanto preguntar y de tanto degustar el vino de la unión que le fueron escanciando acabó por convertirse en uno de ellos, en un amigo de Allah bajo la forma de un pobre sufí errante, aunque él lo ignorara.

Ha llegado hasta nosotros la historia de un encuentro que tuvo Omar al-Miskin Bil-lah durante esos largos años de deambular solitario con uno de los monarcas que antaño aquí en Sevilla reinaron para mayor gloria del Islam y de la umma de los creyentes.

El rey se encontró al borde de un camino con Omar, que descansaba su cuerpo después de toda una jornada rastreando por no se sabe qué veredas en busca de algo de sustento. Al verlo allí echado, cual seca hojarasca que tras desprenderse de los árboles tan sólo espera a que la tierra la haga suya para fertilizar sus entrañas, al verlo allí como un cadáver abandonado, no pudo menos que compadecerse de su suerte, ignorante del rango del wali, ya que Allah protege a Su gente haciéndolos invisibles a los ojos de los que en nada se beneficiarían de su presencia y en cambio los muestra evidentes, en cualquiera de sus estados, a aquellos a los que Él elige de entre sus siervos para abrir ante ellos una puerta hacia la trascendencia. Porque eso precisamente es lo que hace el wali con los buscadores de la verdad que se le acercan, señalar a los pómulos de Sus puertas.

Pero sigamos con nuestra historia:

– “¡Despierta viejo!”, grito el rey, “tu estado lamentable me ofende pues en mi reino hace tiempo que desterré la miseria y todos mis siervos gozan de una merecida prosperidad por su propios esfuerzos en el trabajo diario. Realmente me compadezco pues tu desgracia debe haber sido mucha para verte así alejado de los hogares y del calor humano, de modo que pídeme lo que quieras que he de concedértelo para no hacer mía, como soberano tuyo que soy, tu deshonra. Y da gracias por haberme apiadado de ti y no te haya arrojado al fondo de alguna fosa oscura donde te acabaras de pudrir.”

– “Querido rey de este reino de hombres”, replicó el wali, “tu compasión para con mi estado no conmovería ni al más tierno de los corazones por tu falta de sinceridad, y por tanto te la devuelvo íntegra por imperativo de mi Dueño ya que Allah, exaltado sea, no acepta otra cosa más que lo afín a Su naturaleza, siendo esta pura y sin rastro alguno del egoísmo que en ti impera. De todas las formas de idolatría, la sublimación de la propia personalidad es la más abominable de todas, por ser causa de todos los males. Nuestro encuentro es definitivamente una pérdida de tiempo ya que mis transacciones hace tiempo que delegué en Allah. Desde que Su Criterio se me hizo evidente no pierdo ni un instante en alejarme de los designios que por ser los Suyos son también los míos, así que apártate y sigue tu camino que yo he de seguir aquí. En ser un mero instrumento de Su voluntad me deleito y no atiendo a más razones que a las Suyas pues en las mías tan solo encuentro el desaliento de la duda y la frustración constante de los deseos mundanos jamás satisfechos. Nada quiero de ti, ni de ningún otro. Allah me basta y es suficiente para mí“

– “Sin duda eres uno de ellos, la gente de Allah”, contestó el rey, “debido a mis muchos defectos y sobre todo a mi engreimiento no soy alguien que pueda beneficiarse de la báraka de un encuentro contigo, pero por favor cuéntame algo de ti, de tu vida, de tu rango entre los enamorados. En tu rostro hay una luz y resulta evidente que pese a tu ruinosa situación no eres un desgraciado como sí lo son muchos de los que sus vidas se tienen por privilegiados”

– “Jamás conté acerca de mí a nadie, pero ahora veo algún provecho en hacerlo. Aunque tú no te beneficies quizás otros sí lo hagan, ya que es voluntad de Allah, exaltado sea, darse a conocer siempre, para lo cual, como dice el Libro, no desdeña nada, ni siquiera un mosquito o algo aún mucho más pequeño. Todo lo que hay entre el cielo y la tierra así como lo que ambos contienen, ya sea visible o estando más allá del alcance de la percepción, e incluso todo aquello que es sólo en mera potencia, todo absolutamente está sometido al Dueño pues no hay más Poder que el Suyo, y si es por Su voluntad que tú vengas a mí y que yo hable de Él, sea. Quizás alguien oiga y le sirva esto de guía para ver la mano del Hacedor invisible que moldea las formas del mundo según Su justicia y Su sabiduría”

– “Habla por favor, y quien oyera o leyere acerca de este encuentro que saque buen provecho. Mi parte en la Misericordia Divina la cedo a todos aquellos que, adornados con las cualidades del buen aprovechamiento, sepan guardar en su corazón las palabras verdaderas de un enamorado. Ciertamente Allah habla por boca de Su gente, a los que atrae hacia Sí de mil maneras para luego, después de colmarlos con el néctar de Su intimidad, devolverlos al punto de donde partieron para ser los guardianes de los secretos y los depositarios del amor más puro”.

– “Atiende a lo que digo, retén lo que puedas y que Allah te guarde”

Y así contó el wali:

– “Pasé la vida buscando cómo desprenderme de las ataduras del mundo sensible pues ciertamente ancha es la boca del nafs (el ego) y su estómago parece no tener fondo, y es que siempre necesita algo nuevo a lo que agarrase para no verse abocado al borde del precipicio de su propia inconsistencia. Al igual que un niño mal criado apegado a los senos de su madre que hasta que no se desteta no abandona su condición de infante, así es con la propia identidad, tiene que ir abandonando sus ataduras para acercarse cada vez más al fondo de su propia nada que es donde Allah, exaltado sea, deposita la semilla de la consciencia pura. Buscando un maestro auténtico que me indicara como manejarme en este viaje hacia el Dueño encontré a la ‘gente’, así les gusta llamarse, que son aquellos a los que se refiere el Libro cuando dice: ‘Yo estoy junto a los que han roto sus corazones por Mí’. Ellos hacen que la llama del recuerdo del Amado se avive para hacerte salir del olvido de ‘lo otro que Él’, una llama que cuando prende el corazón te consume, devorándote hasta no dejar más rastro que las trazas de una presencia que como pavesas quemadas revolotean la frondosa tierra del dominio de lo Absoluto. Y así aunque nada quede de ti en Su Seno majestuosamente exaltado, Él sin embargo te sostiene por su misma esencia, ya que se obliga a Sí mismo a Ser en ti por ser la Suya la Única Presencia. Pero esto sólo cuando en el corazón del amante no haya cabida para otra cosa que no sea el Amado. Como dice Allah por boca del Profeta: ‘No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me abarca el corazón de quien se abandona a Mí’. Por corazón se entiende aquí la esencia, la verdad más íntima, y es por eso que las cosas creadas no lo abarcan porque nada expuesto a límite acapara lo ilimitado, siendo sólo en el abandono de sí donde toda cosa adquiere la cualidad abarcadora que trasciende las fronteras que lo conforman.

Mientras en tu corazón haya algún hueco para lo creado el Amigo no entra, ya que Él no acepta nada con Él, no conteniéndose más que a Sí mismo por lo que sólo en el vaciamiento de ti es como te colmas de Sus luces. Para remontar el vuelo desde las formas creadas hasta el Creador usa lo que te mantiene separado a modo de fusta para que el corazón se eleve remontando la distancia que el olvido de tu esencia te exige recorrer, y así supera todas las pruebas a las que se vea expuesta tu sinceridad y la firmeza de tu resolución hasta que la distancia misma deje de ser el obstáculo que te separe de la contemplación directa del Amigo. Usar lo que te separa como espoleta hacia la Unión es abandonar la querencia del ego en el seno mismo de su inconsistencia. Así el corazón, sin nada a lo que agarrarse, queda completamente roto y sin capacidad alguna para retener los atractivos del mundo. Vacío de identidad propia, completamente ajeno a todo lo que no sea Él, el corazón remonta el vuelo dejando atrás, como testigos mudos de su unión, los vestigios de todo aquello que lo perpetuaba al margen del Amado, quedando a sus anchas y completamente libre en el seno mismo de La Presencia Última. Por ahora no tengo más palabras. Sigue tu camino y que Allah, el único Guía, te guarde de los vicios de tu personalidad y te ponga sobre el sendero recto de los que sólo lo buscan a Él en cualquiera de sus estados.”

La alusión final siempre es para Muhammad, el profeta iletrado. Se destaparon las esencias en su retiro del Monte Hira y desde entonces las montañas dejaron de ser montañas para ser las estacas con las que el mundo queda anclado ante el majestuoso despliegue de los astros que ingrávidos surcan las órbitas celestes bajo la mirada muy sincera de Su siervo más amado. Los ídolos de la Kaaba se revuelven desde lo más hondo de sus entrañas quedando del todo aniquilados, pues así es en la visión de aquel que supo anclar su ojo en el horizonte mismo de Su radiante y majestuosa presencia.

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