El diablo y yo

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Siguiendo el ejemplo de mi amigo y maestro Ibn Asad (autor de “La Danza Final de Kali”), al que no conozco personalmente ni he hablado jamás con él, más allá de algún comentario en las redes sociales, voy a compartir una interpretación de un blues tradicional, en esta ocasión se trata de “long time” del gran Lightnin Hopkins. Digo “amigo” sin serlo formalmente, ya que los que aman la verdad, la justicia y la belleza comparten un único y mismo corazón, y como tal se les considera, a pesar de la distancia.

¿Por qué el blues? Por muchos motivos, en primer lugar por ser aun acto de rebeldía contra el degenerado mundo moderno, cuyo panorama musical no es más que un solar arrasado donde sólo se escuchan infernales estruendos, como consecuencia del alejamiento de las luces, tras lo cual lo que impera no es sino la fealdad que traduce el desvarío. Lo que hoy escucha la generalidad del ganado humano no se le puede llamar música, sino ruido, los ecos de un inframundo devenido en norma. Expresiones contrarias al espíritu humano, mal llamadas “artísticas”, como el hip-hop, rap, pop, tecno, heavy, rock, reguetón  etc, son vehículos para la transmisión de los mensajes que la casta parasitaría tras la cortina pretende inocular con vistas a la producción de sociedades indolentes y hedonistas.

Si en las sociedades sanas, es  decir, las tradicionales, la música cumple la función de vehicular la emoción en pos del trascendente luminoso de nuestro ser más íntimo, oculto tras el velo de la fijación egocentrista; en las patéticas y muy democráticas sociedades degeneradas de hoy en día, la música cumple esa misma función, pero a la inversa, en pos de las tinieblas de la cerrazón y el alejamiento de la verdad y de la belleza. Por ello, en todas las religiones/tradiciones espirituales, la música se utiliza como un medio para situar a los adeptos en un estadio de consciencia acorde a las luces, con vistas a elevarlos más allá de la oscuridad su pequeño “yo” personal, hacia las planicies de la plenitud por la realización de la verdad primera y última subyacente. E igualmente, en la religión oficial de la modernidad, el satanismo, se utiliza también la música, devenida en mero ruido, con vistas a rebajar al inadvertido ganado humano hacia las ultratumbas de la inconsciencia, donde todo es negrura, sinrazón, y psicopatía.

Nos gusta el blues, también, porque es un lamento. Como toda música tradicional, es expresión del anhelo del espíritu humano por la trascendencia. En concreto, el blues se caracteriza, aunque también puede ser, y es, muy festivo, por la añoranza, la tristeza y el dolor, como no podría ser de otra forma, ya que nació en el sufrimiento de un pueblo al que le fueron extirpadas sus raíces africanas; pero con todo ello, el espíritu siempre recuerda su origen, sus cadenciosos ritmos, sus hipnóticos compases y sus melodiosos y reconfortantes sonidos primarios; recuerda sus raciales cánticos llenos de vigorosa esperanza, con los cuales los afroamericanos aprendieron a mecer su pena, dando surgimiento a esta maravillosa muestra de expresión folclórica que es el blues tradicional, una tradición musical que, a pesar de todo, aún sigue estando viva, gracias a Dios.

También nos gusta el blues, porque asoma al individuo que se adentra en él como intérprete, a un insondable abismo de cuyas profundidades surgen los demonios encarnados de los miedos y de las frustraciones, de los amores no correspondidos y de los errores acumulados tras vagar por los campos de la desolación en pasadas eras erráticas donde el predominio era para la ofuscación que conlleva no saber quiénes somos, y porqué fuimos creados. No en vano se conoce al blues como “la música del diablo”, pues sus sonidos oscuros y densos a menudo acompañan al sentimiento de desesperación y a la locura de saberse perdido, siendo muchos los bluesman que cruzaron la delicada línea que separa la cordura de la paranoia, para adentrarse en los tempestuosos mares de la autodestrucción por la alcoholemia. Pero, ¿qué son dioses y demonios para nosotros, eternos buscadores de la verdad y del amor, sino fútiles manifestaciones, vacías de significado propio, cuya exteriorización no es sino la bendición de saber que hemos errado, o acertado, en nuestro camino hacia las perennes luces?

Somos intrépidos buscadores de la verdad y de la belleza, perspicaces rastreadores de las realidades que ocultan las apariencias, y con ese ánimo nos adentramos en las oscuridades del alma, allí donde resuenan sus más tenebrosas melodías; quizás sólo allí, en esas profundidades, hallemos nuestra joya perdida.

Aquí el audio de nuestra versión de “LONG TIME BLUES” (Lightnin Hopkins)

 

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