Un canto a Layla

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Desde que acampaste junto a mis puertas

Y plantaste tu insignia dorada en la antesala

De nuestro encuentro definitivo,

El presentimiento de los gozos de la unión

Se apoderó de mí, y por ser ya incapaz

De soportar la espera tras la sutileza

De tus últimos velos, me adelanté,

Y alzándome sobre los vestigios de mí mismo

Que aún perduraban, descorrí tu manto de luces.

Tras no hallar rastro alguno de lo mío en ti,

Tras comprobar que sólo tú

Eras mi todo y mi único mundo,

Te materializaste, te hiciste forma tangible,

Trocando en alegría mis penas.

Ya no te soltaré, por más que las agudas lanzas del destino

Me ensarten, abocándome a experimentar

Todos los sufrimientos y sinsabores propios

De este inconsistente mundo;

Tú así lo has querido,

Que la sima de mis desdichas sea la alcoba

De nuestros amorosos encuentros;

No rehuiré de ti, amiga, ahora que te tengo,

Por más que los infiernos del extravío

Sobre mí se ciernan.

– Uzman García –

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