Los últimos inquebrantables (2)

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Un hombre inquebrantable, libre y civilizado, muy lejos de los estragos del incivilizado occidente.

Año 0 de la era del Pacificador del mundo. Año 2033 de la era cristiana.

Había llegado la hora. Ya estaba decidido cuando empezaría la purificación por el fuego infernal para poder crear, desde las ruinas del mundo previo, su nuevo mundo, donde ya no tendrían que esconderse detrás de la cortina de la democracia y de los sacrosantos derechos humanos para poder ejercer, desde las sombras, su poder omnímodo. Por fin saldrían de las profundidades de los salones a intramuros desde donde decidían el rumbo que tomaría el planeta según conviniera a sus intereses de control y dominación absolutos. ¿A qué líder promocionar? ¿A qué dirigente político deponer? ¿Dónde iniciar una nueva guerra humanitaria para bendecir con las bondades de la democracia a los pobres ciudadanos oprimidos por todos esos líderes que osan no plegarse a los designios de la casta parasitaria que tras el telón mueve los hilos? ¿Qué nueva moda imponerle al ganado humano, con vistas a la producción de sociedades cada vez más decadentes, hedonistas y, por consiguiente, sumamente ignorantes de la realidad de su sí mismo, de su luminosa esencia? Había llegado el momento largamente anhelado de salir de las catacumbas y mostrarse abiertamente como los verdaderos amos del mundo de cara al rebaño. Pronto los rituales de sangre humana en ofrenda a su dios Satanás dejarían de hacerse en las criptas secretas de las grandes iglesias y catedrales, y pasarían a realizarse en las plazas públicas.

Bastó con simular un sólo lanzamiento desde uno de los submarinos nucleares de la OTAN con dirección a Pekín y a Moscú para que todo saltara por los aires y las puertas del averno se abrieran inundando con su infernal fuego a toda la planicie de la tierra. Los sistemas de alerta de detección temprana de los rusos y los chinos dieron el aviso y se inició la cuenta regresiva; si no se confirmaba la falsa alarma se iniciaría inmisericorde la mortal réplica.

 Mientras tanto, nosotros, los últimos inquebrantables, los últimos intransigentes frente a los dictados de la modernidad que ha abocado a sociedades enteras a la autodestrucción final que se avecina por haberse sumido en la ignominiosa ignorancia que implica no enterarse de nada, no saber quiénes son los causantes de tanta inmundicia, -nosotros, los últimos hombres libres-, nos fuimos a Despeñaperros, al norte de Andalucía, antes de que la hecatombe se desatara, y cavamos, cavamos muy profundo en la montaña, en el límite natural que separa el sur del norte, África de Europa, la civilización de la barbarie.

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Despeñaperros (Andalucía) – Norte de África.

La barrera natural que separa el sur civilizado de la barbarie de Europa.

Allí, en compañía de varias amigas anti-feministas, con las que compartimos nuestros planes y las cuales enseguida se quedaron convencidas de nuestros altos propósitos, deviniendo también en inquebrantables e intransigentes contra el degenerado mundo moderno, – al igual que nosotros -, allí nos instalamos en espera del desenlace fatal de lo inevitable. Fueron unas jornadas muy amenas, donde pudimos gozar, muy lejos del mundanal  ruido, de una relaciones sexuales magnificas con nuestras compañeras, después de habernos casado islámicamente con ellas, claro.

La casta parasitaria tras la cortina, unas pocas familias judías no semitas de origen jázaro adeptas al talmud, o sea, satanistas, necesitaba reducir el mundo, hacerlo más chico, más manejable, antes de poder presentarse abiertamente ante el ganado humano como sus amos. Entre 200 y 300 millones de seres humanos es a lo que aspiraban para poder enseñorear sin problemas al nuevo mundo que emergería después de la hecatombe nuclear. Y nosotros, los últimos inquebrantables, los últimos intransigentes frente a sus designios, estábamos firmemente decididos a estar entre ellos, Dios mediante.

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Mujer inquebrantable, en algún lugar del mundo civilizado, muy lejos del influjo que ha arrasado al incivilizado occidente

Fin de la segunda parte

LOS ÚLTIMOS INQUEBRANTABLES (1) – Primera parte

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