El arrumbamiento final de los desechos humanos

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El “humanitario” fin al que el ser humano se ve abocado en las incivilizadas democracias occidentales.

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¿Cuál de estas dos imágenes representa mejor al “primer mundo”?

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Sevilla (España), 1 de junio de 2019. Temperatura de 40 grados a la sombra. Largas horas de espera para el concierto de Alejandro Sanz

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En algún lugar del mundo civilizado, muy lejos del demoledor influjo que ha asolado a las democráticas e incivilizadas sociedades occidentales

Nosotros creemos que la primera imagen es la viva expresión del desvarío y de la enajenación mental, mientras que la segunda imagen es la viva expresión de la belleza de una forma de vida tradicional, y por tanto sana. El pasado día 1 de junio, en Sevilla, el eunuco aliado feminista, Alejandro Sanz, dio un concierto multitudinario en un marco ciertamente incomparable: el estadio del Real Betis Balompié. Dicho estadio de fútbol está en pleno barrio residencial, muy cerca de una residencia de ancianos, los cuales tuvieron que soportar tres de horas de música infernal, con traca final de fuegos artificiales incluidos. El aquelarre duró hasta la una de la madrugada, para tormento de los vecinos que tuvieron que tirar de paciencia en espera del desenlace final de dicho satánico evento. ¿Por qué no se fueron al estadio olímpico de la cartuja, donde no hubieran molestado absolutamente a nadie? Así sólo ellos hubieran sido los perjudicados.

Durante todo el día se contemplaron escenas realmente espeluznantes, en especial en las horas previas al inicio del evento. Bandas de niñatas semidesnudas, alcoholizadas, formaban círculos en plena calle donde reían, cantaban, aplaudían y bebían mucho. El 90% de los seguidores de Alejandro Sanz son mujeres, y el 10% restantes homosexuales, o al menos, eso es lo que apreciamos nosotros cuando salimos a dar un paseo por nuestro barrio, pues allí, muy cerca del estadio del glorioso Betis, vivimos. Dudamos de que hubiera ningún hombre heterosexual entre los asistentes, y si lo hubo sería un aliado feminista, por lo que no nos merece ningún respeto. En nuestro paseo de inspección en medio de esa debacle humana detectamos fuertes olores a orina, de modo que, aunque no vimos a ninguna hacerlo, estamos en condiciones de afirmar que muchas (seguro que más de diez) mujeres se mearon en plena calle, al refugio de los coches y los árboles, como hacen los perros. Es algo muy común en los macro-botellones donde la juventud se concentra para socializar y hacer nuevos amigos, no amigos, sino más bien alguien con quien tener sexo. Y en definitiva eso es lo que fue el concierto de Alejandro Sanz, una orgía desenfrenada de alcohol y mala música. La democracia española, por supuesto, consiente, promociona y alaba todo ese desvarío.

Tras este preámbulo necesario para contextualizar lo que pretendemos transmitir, centrémonos ahora en lo realmente importante…

La dispar forma de relacionarse con la muerte según se trate de sociedades civilizadas (las tradicionales), o las decadentes sociedades democráticas occidentales.

Empecemos definiendo lo que es la muerte desde el punto de vista de la verdad una y única, eterna, luminosa y trascendente que subyace a lo creado. Desde la perspectiva de la visión última la muerte carece de existencia, pues nada de lo que creemos que posee una entidad propia e independiente, es decir, todo lo que está sujeto a la decadencia y a su desaparición final, posee una existencia real, sino tan sólo ilusoria. La muerte no existe porque Ella, la verdad eterna, es la única realidad, y por tanto no hay nadie ni nada que surja y desaparezca, sino sólo Ella. Sabemos que esto es así porque si las cosas del ámbito dual de la existencia, el mundo que surge del desdoblamiento sujeto-objeto, observador-observado, tuvieran una existencia real e incuestionable, entonces nunca dejarían de ser, tal y como constata que ocurre la experiencia que del mundo tenemos. Así pues la muerte, y todo lo relativo al mundo sensible, es decir, al mundo de la consciencia dual aparente sobre la base de lo que le entra por las puertas de los cinco sentidos, solamente tiene un valor relativo, y no absoluto, por lo que estrictamente hablando no existe.

Ahora definiremos lo que es la muerte desde el punto de vista de la realidad relativa a este mundo ilusorio sujeto a cambio y a la decadencia constante, donde todo es efímero y nada permanece. La realidad de la muerte, aquí en este mundo, depende del conocimiento a nivel del corazón que tenga cada persona que la afronta. Así pues la muerte es:

Una bendición, si la persona que la encara logró en su ilusoria vida adentrase en las luces que subyacen al velo de lo creado, acostumbrado su consciencia a ellas.

O bien:

Es una autentica desgracia, lo peor de lo peor que le puede ocurrir a una persona sumida en la ignorancia de la realidad de su luminosa esencia, su sí mismo verdadero en contraposición a su pequeño “yo” personal que en vida creyó ser. Estas son las gentes que predominan en el mundo, cuyo único propósito vital no es más que el de disfrutar mucho de la vida mientras se pueda, creyendo que en eso consiste la felicidad.

Uno de los eslóganes más repetido en las decadentes, muy democráticas y sumamente degeneradas sociedades modernas occidentales es este:

“Vive y disfruta la vida, no saldrás vivo de ella”

Se trata de una forma inaudita y descabellada de pensar para las sociedades sanas (las tradicionales), donde dicha visión intrascendente de la vida es inconcebible y no tiene cabida. La realidad, para cualquier persona de sano entendimiento, es que sería mucho más acertado el eslogan siguiente:

“Vive la vida como si ya estuvieras muerto (sin apegarte), si quieres gozar en la plenitud de las luces tras la caída del velo”

Cualquier persona de sano juicio, cualquier hombre o mujer del mundo civilizado y libre no sujeto a los dictados de la modernidad, es decir, exento de una cosmovisión atea, intrascendente y hedonista de la vida, asentiría y suscribiría dicho adagio.

En efecto, morir siendo un ignorante es una verdadera tragedia para la consciencia del difunto que, tras la caída del velo de la apariencia (aquello que el ganado humano llama “muerte”) se perpetuará en lo que fue su querencia en vida, ya sea en las luces del conocimiento o en las tinieblas de la cerrazón y de la ignorancia  de las luces que su pequeño “yo personal” constriñe.

Por el contrario, morir es una bendición para los que lograron afianzarse en el conocimiento durante su periplo vital. Pues no supone más que la retirada de un último velo, el definitivo, antes de fundirse en un eterno y apasionado abrazo con su Amada.

EL TUIT DE ALEJANDRO SANZ

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Como se aprecia en este tuit de Alejandro Sanz, el cantante-personaje se adhiere al tan cacareado lema en occidente: “Vive y disfruta la vida, no saldrás vivo de ella”. Según la mentalidad imperante, todo el tiempo es siempre poco para los efímeros disfrutes mundanos que ya no volverán nunca.

Un ejemplo de la desviada forma de tratar con la muerte que en occidente se tiene lo vimos en el concierto de Alejandro Sanz en Sevilla, el pasado 1 de junio, del que hablamos en la introducción del presente escrito. Con motivo de la muerte, ese mismo día, de José Antonio Reyes, un buen jugador de futbol del Sevilla FC y de la selección española, a ese ínclito personaje-cantante no se lo ocurrió otra cosa que arengar a la masa de enfebrecidos fans que llenaban el estadio del Betis (el rival histórico del Sevilla FC) a que vitorearan el nombre del difunto, en plena orgía festiva. Una auténtica vergüenza. La muerte siempre ha de ser motivo de una profunda reflexión introspectiva que nos haga plantearnos la importancia de cultivar una vida que pivote en torno a lo realmente trascendente con vistas al desenvolvimiento de las luces de la consciencia en la otra vida (al-ájira), y nunca ser utilizada como excusa para enardecer a una masa concentrada para los meros disfrutes mundanos. Esa forma de tratar con la muerte y de “honrar” a un difunto, por muy famoso y buen futbolista que haya sido, sólo puede ocurrir ante la zozobra espiritual y humana que asola a occidente.

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Concierto de Alejandro Sanz en Sevilla, 1 de junio de 2019. Una horda de enajenados pretendiendo “honrar” al fallecido José Antonio Reyes coreando su nombre en plena orgía festiva. No hay introspección reflexiva, no hay interiorización de la futilidad de la vida, no hay una real toma de conciencia acerca del sentido último de la vida y del significado de la muerte, no hay trascendencia, tan sólo hay fiesta.

Sin embargo, en el mundo civilizado, para la generalidad de las personas, al disponer de sanas entendederas, su forma de tratar con la muerte es esta:

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Las gentes de sano juicio a lo largo y ancho de todo el mundo se reúnen para recitar el Corán. El Islam, y todas las tradiciones espirituales del pasado, del presente y del futuro, ponen un especial énfasis en el recuerdo de la muerte como catalizador del pleno desarrollo de todo nuestro potencial como seres humanos, con vistas al desenvolvimiento de las luces ocultas tras los resortes que erigen la consciencia dual de la existencia por la firme creencia en un “yo” separado que se perpetúa independientemente. Así, la frecuencia del recuerdo de la muerte trae grandes beneficios espirituales, tanto para los vivos como para los muertos, pues estos, desde la tumba, oyen el Corán que es recitado en su memoria, beneficiándose así también del recuerdo de que la muerte no es más que el desprendimiento de un revestimiento externo, tras el cual las luces de la consciencia se elevan a la fuente de las luces primigenias, en fiel consonancia con la resonancia a la que se habituó en vida. Esta es la forma correcta a afrontar la muerte y de rendir un sincero homenaje y asistencia a los fallecidos.

Pero, si en el mundo civilizado el recuerdo de la muerte humaniza y potencia el anhelo de trascendencia por el abandono de todo lo relativo a este intrascendente mundo físico, en el incivilizado occidente pasa justo lo contrario. El recuerdo de la muerte lo único que hace es potenciar aún más los anclajes de este plano material de la existencia, lo único en lo que supersticiosamente se cree, a través de la sublimación del disfrute mundano. Por eso, al patético hombre moderno le obsesiona tanto el paso del tiempo y el deterioro físico que conlleva, pues implica una merma en su capacidad para gozar de la vida a medida que la inevitable muerte se acerca.

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El arrumbamiento final de los desechos. El “humanitario” fin al que el ser humano se ve abocado en las incivilizadas democracias occidentales.

Consciente de que su destino final no es más que un arrumbe solitario en cualquier fría y destartalada residencia de ancianos, donde nadie irá jamás a visitarlos, ni siquiera sus hijos si es que los tuvieran, pues los hijos siempre priorizarán los placeres terrenales frente a la atención a sus decrépitos padres; conscientes de eso, de su miserable y ruin destino en la soledad más absoluta, al hombre moderno siempre le urge aprovechar el tiempo. Esa es su obsesión vital, vivir y disfrutar de la vida mientras se pueda, mientras el cuerpo aguante y el pene se siga poniendo duro, pues la vida son dos días y ya hemos consumido uno y medio.

Es la desgracia de haber nacido en esta parte del mundo, en el devastado páramo de la ausencia de espíritu en que se han convertido las incivilizadas y muy democráticas sociedades occidentales.

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DEDICADO A LAYLA, LA MUJER PRIMIGENIA

ANTE ELLA, RENDIDOS, NOS POSTRAMOS

Un comentario en “El arrumbamiento final de los desechos humanos

  1. Ingrid Zetterberg dijo:

    Yo amo a Jesucristo, bendito sea por los siglos de los siglos. La muerte en Cristo es ganancia.¡Ay de aquel que muere sin Cristo! La muerte sin Cristo es un infierno eterno. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito (a Jesucristo), para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. …Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas, mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.” Evangelio de Juan…capítulo 3…versículos del 16 al 21.

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