Los últimos inquebrantables (3)

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Día 0, hora 0 del año 0 de la era del Pacificador del Mundo

Día 13 de enero, a las 13 horas del año 2033 de la era cristiana

Las infernales llamaradas liberadas por los artilugios nucleares lo consumían todo con un apetito voraz, en un radio de 5 km a la redonda de la zona de impacto. A lo largo y ancho de toda la planicie de la tierra cualquier núcleo urbano de más de medio millón de habitantes fue golpeado y  arrasado, no quedando de ellos piedra sobre piedra. No había cadáveres, ni vestigio de vida alguno, sino tan sólo polvo y humo. También fueron golpeados y pulverizados los puertos y multitud de puntos estratégicos para los ejércitos, como cuarteles, almacenes de armamento, silos de misiles y nudos de comunicaciones. Desde la distancia, los estupefactos habitantes de las poblaciones que no recibieron un impacto directo contemplaban maravilladas el desconcertante espectáculo de decenas de columnas negras que majestuosamente se elevaban hacia a infinitud del cielo abierto, como las legendarias estacas que según la mitología uighur sujetaban la tierra para inmovilizarla y que no se precipitara sobre la abismal sima sobre la que estaba suspendida.

El primer impulso del ganado humano, aún no conscientes de la realidad de los hechos y del cruento futuro inmediato que les esperaba, fue echar mano a los teléfonos móviles para inmortalizar el momento con unos bonitos selfis, que luego subirían a las redes sociales del internet, una red de intercambio de información muy popular en aquellos tiempos.

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Sin embargo, algo no marchaba bien: nada funcionaba. La tecnología, lógicamente, había sido inutilizada,  pues tras los terroríficos impactos la tierra estaba en estado de shock electromagnético. No obstante, el rebaño humano, en las primeras horas de la hecatombe no era consciente de nada, y tan sólo se debatía intentando paliar su rabia por no poder acceder al internet y a la telefonía móvil para contarle a sus amigos el maravilloso e incomprensible espectáculo que a sus ojos se abría. En aquella época casi todo el mundo, en especial los jóvenes, estaban enganchados a la tecnología, y no concebían una vida sin ella, por lo que ante la perspectiva de que ya nada funcionaba y que así iba a seguir irremediablemente durante un tiempo impredecible, muchos enloquecieron y sucumbieron  a un fatal desvarío que les impulsó a autolesionarse, llegándose incluso a mutilar los dedos, pues ya no les veían otra utilidad que no fuera la de teclear y pulsar compulsivamente emoticonos en una pantalla.

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A las 24 horas del inicio de la hecatombe purificadora por el fuego, todo el planeta se sumió en la oscuridad. Durante el día la escasa claridad era mortecina, densa y plomiza, mientras que por la noche pareciera que las abisales sombras de los abismos del inframundo se hubieran desatado acaparándolo todo. El sol y la luna fueron engullidos por una densísima capa asfixiante de hollín radiactivo que sofocaba el aliento. El desabastecimiento de los núcleos de población no golpeados directamente por los ingenios nucleares fue inmediato, y los saqueos no tardaron en producirse, al principio en los grandes almacenes, luego en los supermercados de barrio y finalmente casa por casa. No quedó una puerta sin derribar, ni una cerradura por forzar, ninguna ventana por romper. Las muertes durante esas angustiosas y agonizantes horas, de donde parecía que la humanidad  ya jamás volvería a levantarse de nuevo, fueron incontables y terriblemente crueles. Se moría a palos, a pedradas, a puñaladas… a mordiscos, con tal de conseguir algo que echarse a la boca. Inicialmente los saqueos eran caóticos, luego empezaron a verse las primeras bandas organizadas, auténticos clanes de gregarios unidos por los lazos de Dios sabe qué, irrumpían en medio de desesperados alaridos en las viviendas donde creían que pudiera haber algún rastro de víveres. Se luchaba palmo a palmo en feroz batalla por cada lata de conservas, por cada pieza de pan duro y roído, por cada botella de agua, por cada maloliente pedazo de carne podrida. Lo peor vino luego, cuando los cadáveres se convirtieron en el suculento manjar donde poder hincar el diente con vistas a la supervivencia.

Mientras tanto nosotros, los últimos inquebrantables, los últimos intransigentes frente a los designios del Pacificador del Mundo, seguíamos en nuestro refugio de montaña, muy lejos de todo ese horror, en Despeñaperros (provincia de Jaén – al norte de África), en el límite natural que en aquellos tiempos separaba el sur del norte, África de Europa, la civilización de la barbarie de las democracias occidentales que habían abocado a sociedades enteras al culto satánico del ateísmos y del hedonismo salvaje. Teníamos víveres de sobra para una larga temporada y la compañía era excelente. El sexo con nuestras esposas musulmanas, verdaderas mujeres ciertamente bellísimas tanto por dentro como por fuera, así como radicalmente anti-feministas, nunca fue más gozoso y pleno que en dicho retiro, en las recónditas y profundísimas cavidades de la montaña.

Tras haber quedado el  mundo reducido a unos 300 millones de seres humanos, al gusto de la casta parasitaria que propició la hecatombe, sabíamos que el Pacificador no tardaría en salir a escena para presentarse oficialmente como la cabeza visible de los amos del mundo que desde las sombras siempre habían manejado los hilos del poder real. Sobre las ruinas del viejo mundo erigirían su nuevo orden mundial, sin nacionalidades, sin fronteras y sin religiones, cuyo gobierno único estaría focalizado en torno a Jerusalén, la ciudad sagrada. Desde allí el Pacificador, el anticristo esperado tanto por musulmanes como por cristianos, es decir: el mesías judío, emitiría la sentencia definitiva de muerte al ser humano para dar nacimiento al transhumano, un engendro mitad biológico y mitad tecnológico, o sea, sin consciencia, sin luz y sin belleza, que sería el germen de la nueva sociedad de impostada felicidad edulcorada del futuro, en la que el más mínimo rastro de lo “humano” no tendría la menor cabida. En ese nuevo mundo nosotros, a su debido momento, nos infiltraríamos, para iniciar nuestra incansable labor en pos de la restauración de la humanidad perdida.

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EL MÉRITO VA DEDICADO A LA SANACIÓN DE LAS HIJAS DE LAYLA, LA MUJER PRIMIGENIA

Fin de la tercera parte.

LOS ÚLTIMOS INQUEBRANTABLES (1)

LOS ÚLTIMOS INQUEBRANTABLES (2)

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