Relativismo versus objetivismo divino

En algún lugar del mundo civilizado, muy lejos del fatídico influjo que ha destruido a sociedades enteras bajo los satánicos y muy democráticos dictados de la modernidad en occidente.

Se trata de una bella imagen, la de una joven mamá con su bebé, a ojos de cualquiera a lo largo y ancho de toda la planicie de la tierra, excepto en occidente, donde por diferentes motivos que trataremos de explicar en el presente escrito, las personas de sano juicio están un serio peligro de extinción, por lo que para muchos, en especial entre los nacidos y educados en democracia, o sea, en el caso español los que tienen menos de 40 y pocos años, se trata de una imagen ciertamente horripilante. ¿Por qué?

En primer lugar porque en occidente el concepto de lo “bello” ha sido invertido en grado sumo, y ya no es lo que fue desde el alba de los tiempos, un valor objetivo por ser el reflejo de la verdad absoluta, trascendente, luminosa, una y única que subyace al velo de lo creado, sino algo relativo al gusto personal de cada individuo. Tras décadas de estragos democráticos se ha conseguido pues degradar al ser humano para que no vehicule la belleza que su fuero interno no-dual (no separado de la fuente original) alberga, sino las distintas formas siniestras que traduce la psicopatía a la que está abocado el hombre que lo desconoce todo acerca de su luminoso origen en la fuente de las luces primigenias. De modo que, aunque una persona degenerada pueda aceptar que la imagen de una madre con su bebé, como la que se muestra al inicio de este artículo, es bella, al considerar bello igualmente lo que le resulte bonito a su gusto personal, por ejemplo una camiseta con el lema: “HAGAS LO QUE HAGAS, QUÍTATE LAS BRAGAS“, como la que la presunta víctima de la manada (sus 5 presuntos violadores) llegó a publicar en su istagram un mes antes del famoso juicio, dicho criterio de belleza carece de validez como indicador de la auténtica belleza, por estar contaminado por su propio ego. Al equiparar lo realmente y objetivamente bello con lo siniestro, la persona que hace eso se está degradando, por lo que no se beneficiará del aspecto de bendición que la verdadera belleza conlleva. En este ejemplo que hemos puesto de la presunta víctima de la manada se ve muy claro. Una niñata que sólo piensa en pasárselo bien y practicar mucho sexo desinhibido jamás se beneficiará de lo que la belleza de una madre con su bebé transmite, esto es: que la felicidad genuina de la mujer reside en la maternidad, en no ponerle trabas a ese innato impulso vital que reside en lo más profundo de la realidad de su naturaleza femenina.

LA BELLEZA COMO VALOR ABSOLUTO DIVINO FRENTE AL RELATIVISMO MUNDANO

La belleza es un valor absoluto, al igual que todas las virtudes o actitudes vitales trascendentes, como el amor, la bondad, la justicia, la generosidad, la compasión, la fe, la esperanza, la nobleza, etc. ¿Por qué? Solamente en las muy degeneradas sociedades democráticas occidentales la respuesta a esta pregunta no es obvia. Pueden ustedes aportar su propia respuesta abajo en los comentarios, gracias.

Nuestra respuesta es que son valores absolutos porque son un reflejo de la verdad absoluta, trascendente, eterna, luminosa y libre de condicionamiento que se abre a la consciencia tras el abandono de las fijaciones egocéntricas que perpetúan las siniestras sombras de la creencia en una individualidad separada, y por tanto ilusoria, pues objetivamente hablando sólo existe una única realidad, la divina. ¿Por qué no se enseña esto en los colegios a los niños? A lo largo y ancho de todo el mundo, excepto en el incivilizado occidente, eso es lo que se le enseña a los niños desde muy temprana edad, con las distintas peculiaridades con las que las distintas tradiciones se revisten. Sin embargo, en democracia lo que se le enseña a los jóvenes  es que la única realidad posible es la materialidad del mundo, de modo que la felicidad reside en disfrutar de lo que nos ofrece: sexo, buenos trabajos, buenos sueldos, buenas casas, buenos coches, buenas “tablets”, buenas y copiosas comidas en buena compañía, un buen seguro médico, etc… Eso es la vida para el occidental medio. Si no están de acuerdo opinen abajo, gracias.

Sin embargo, en el mundo civilizado, donde los estragos de los satánicos influjos de la modernidad y de la democracia aún no terminan de calar, eso no es así. Por ejemplo, para cualquier musulmán de sano juicio (que también los hay desviados, por supuesto) la vida no es más que un campo de pruebas en el que sembrar las semillas del desenvolvimiento de las luces que el pequeño  “yo” constriñe, con vistas a su despliegue majestuoso  y sin trabas tras el desprendimiento del  velo de lo creado, el Dunia, el mundo condicionado e impermanente sujeto a la degradación constante. Para ello se hace girar la vida en torno a las virtudes trascendentes, tal y como el Corán recomienda, para aflojar lo resortes del “yo” y propiciar el asentamiento definitivo de la consciencia no dual, abierta, luminosa, trascendente y eterna, nuestra verdadera esencia, preñada de las cualidades que constituyen la perfección de la objetividad divina: el amor, el bien, la belleza, la justicia, etc. Esto que decimos aquí resulta absolutamente descabellado a oídos del adoctrinado ganado humano en occidente, pero antaño, antes de que la democracia viniera a destruirlo todo, esa era la cosmovisión de la generalidad de los seres humanos.

De modo que jugando a desprenderse del “yo” mediante las herramientas de las nobles virtudes en este plano relativo al mundo, es como se realiza la objetividad divina y se toma consciencia de la belleza como siendo un reflejo de la cualidad de la belleza absoluta, y así con el resto de los atributos de la verdad una y única que subyace a la dual apariencia que la dupla observador-observado (sujeto-objeto) pergeña. ¿Por qué cuando contemplamos un hermoso paisaje en la naturaleza nos embelesa y actúa de bálsamo frente al estresante, incesante y paranoico ruido interno al que el ego nos sojuzga? ¿Por qué cuando observamos una bella puesta de sol mecidos por una cálida brisa marina al arrullo de las olas de un inmenso mar en calma nos relajamos en medio de todo ese radiante esplendor que nos envuelve? ¿Por qué cuando vislumbramos, a lo lejos, los verdes pastos de un fértil valle regado por riachuelos, mientras en lo alto las aves surcan libremente la vastedad de un cielo abierto, claro y luminoso, nos sanamos de nosotros mismos y nos sentimos tan plenamente dichosos?

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Nosotros decimos que es porque las cualidades del espacio abierto en la naturaleza son un reflejo de nuestra verdadera esencia en la realidad luminosa, trascendente y eterna que subyace tras los velos de lo que creemos ser frente la realidad de lo que en verdad somos. Esos reflejos de la belleza absoluta que preñan la naturaleza actúan como un recuerdo de nuestro luminoso origen en las luces primigenias, oculto tras el aparataje que erige un fantasmagórico “yo” personal que no tiene más realidad que la de un mero sueño. ¿Por qué no se enseña esto a los jóvenes en las podridas y sumamente degeneradas sociedades occidentales que al amparo de la tiranía democrática han medrado? ¿Acaso hay algo más necesario que el descubrimiento de lo que somos? Comenten abajo en los comentarios, gracias.

Por el contrario, cuando vamos a un museo de “arte” moderno y vemos un cuadro de excrementos, un trozo de la tapa de un wáter, un sobaco de mujer peludo o un culo apestoso, lo que nos provoca es justo lo contrario, repulsión y desazón interna, por más que  aparentemos que nos guste para figurar ser muy “cool” y modernos, ya que según nos dicen los voceros de la democracia: lo bello es un valor relativo, y lo importante hoy en día en las democracias avanzadas es innovar, transgredir y sorprender a los espectadores de nuestras expresiones artísticas. Evidentemente, el objetivo final de tal cosmovisión no es más que la degradación suma del ser humano para que se olvide de su trascendente origen en el asiento de la verdad, de la belleza y del amor absolutos por medio del cultivo de la objetividad divina frente al refuerzo del relativismo mundano.

Así pues, todo lo que refuerce y afiance los anclajes del “yo” a través del cultivo de la preferencia personal frente a la objetividad divina, lo único que hace es añadir un velo que aumenta la siniestrabilidad del mundo,  empañándose así aún más la consciencia del principio absoluto, abierto y luminosamente claro  que nos sustenta.

Por todo ello, la imagen de una madre con su bebé, como la que mostramos al inicio de este escrito, no puede resultar sino horripilante a ojos del ganado humano en occidente. Dicha imagen, la de una bella y joven madre con su precioso bebé, es un potentísimo activador del recuerdo de nuestra verdadera esencia tras el velo que el “yo” personal oculta. Es una imagen de la belleza absoluta que traduce la unidad sagrada que todo lo preside.  Mamá y bebé están en unidad perfecta. Aún incluso después de haber alumbrado a su hijo y haberse cortado el nexo umbilical, entre ambos dos no hay distancia, pues el amor arrasa con todos los límites a los que se expongan. Es la imagen perfecta de la trascendencia pura, a nuestro entender.

Pero, puesto que en occidente se ha adoctrinado hasta el extremo al hombre en la creencia supersticiosa de que la materialidad del mundo es la única realidad, así como que las religiones no son más que un cuento al servicio de la esclavitud del ser humano, con vistas a privarlos del disfrute de la vida, que es donde reside la felicidad verdadera según el patético hombre moderno piensa, dicha imagen en el fondo lo que hace es horripilarles. En efecto, hoy en día la maternidad es vista como un obstáculo vital, y la mujer en occidente jamás prioriza su desarrollo frente a otro tipo de consideraciones mundanas, como la promoción laboral y el disfrute del sexo desinhibido y del resto de placeres que el mundo les brinda.

La mujer moderna ha sido castrada al ser inducida a auto-mutilar su impulso primario por la maternidad, quedando así abocada a una vida miserable, por más que la disfracen de sonrisas. Todo lo que no sea responder y atender al llamado de lo que somos en nuestra naturaleza más íntima se ha de traducir necesariamente en trauma y psicopatía, que es justo lo que caracteriza a las enfermizas sociedades modernas. La felicidad genuina de la mujer no reside más que en su maternidad natural, en ningún otro lado hallará la plenitud, pues ese el vehículo que Dios le concedió para vivenciar la unidad sagrada. Ningún hombre, por buen mozo que sea, le dará lo que le da su bebé, y ni que decir tiene, ninguna otra experiencia mundana le acercará ni de lejos a esos gozos sublimes. Esto no quiere decir que la que no pueda ser madre, por la razón que sea, se vea frustrada, pues la maternidad es posible realizarla de múltiples formas, como por ejemplo por medio del amor a los sobrinos e hijos de las amigas. Y así fue siempre, y sigue siéndolo,  en las sociedades tradicionales, que no aquí en este páramo desolado del espíritu en que se ha convertido occidente. Es por ello, por ese instinto maternal que no cesa de llamar y aflorar a la consciencia, por más que pretendan enmascararlo, por lo que mayoritariamente las mujeres eligen carreras universitarias que tengan que ver con las “humanidades” y no con la “técnica”, pues es una innata respuesta a lo que son en su natural esencia femenina que gira en torno al amoroso cuidado de los demás, y no porque estén esclavizadas por un supuesto hetero-patriarcado opresor; una idea ciertamente descabellada que sólo puede tener acogida en las decadentes sociedades occidentales al amparo de la fatídica y pérfida democracia.

Otra razón por la que la imagen de la mamá con su bebé de arriba es deleznable a ojos del infrahumano que campa a sus anchas en occidente es que ella lleva hiyab, el velo islámico.

A lo largo y ancho del mundo civilizado vestir pudorosamente y sencillamente, tanto en ellos como en ellas, es un signo de amor propio, de modestia, de nobleza y de autoestima. Sin embargo, en occidente, donde hace ya tiempo que el escudo protector de la religión frente al avance de los satánicos designios  ya no surte efecto alguno, pues el islam fue desenraizado tras la caída de al-Andalus, y el catolicismo ya no ofrece una cobertura moral de garantías bajo los dictados reformistas-aperturistas-modernistas-ecumenistas  del actual papa masón Francisco;  aquí en occidente, decimos, ocurre justo lo contrario a lo que el sentido común juzga como sensato: que el velo de la mujer se ve como un símbolo de opresión. Sin duda, a ojos de la mujer empoderada, feminista, moderna y atea se trata de algo espeluznantemente aterrador la comprobación de que todavía haya mujeres como Dios manda que decidan guiar su vida conforme a los designios de la Ley Revelada, la guía moral adecuada como protección frente a los influjos del maligno (siendo la sharía islámica su manifestación definitiva y última). Por el contrario, en occidente las democracias animan a la mujer a destaparse y a hacer con su cuerpo lo que le venga en gana, pues lo que no se disfrute cuando todavía se está lozana y prieta ya no se podrá gozar en el futuro cuando la carne decline su vigor. Después, si van semidesnudas por la calle y algún macho falto de sexo les dice algún improperio alusivo a lo apetecibles que están, se enfadan e indignan, siempre y cuando el hombre que las vitoree no sea un macho alfa empotrador de primera clase, claro, en cuyo caso les gusta.

Para finalizar y resumiendo: la belleza no es un valor relativo como preconiza la modernidad, sino lo más absoluto que hay, por ser un reflejo de la verdad absoluta que a lo creado subyace. Así pues, lo “bello” es todo aquello que sirve de inspiración para propiciar, fomentar y cultivar el desvelamiento de la belleza objetiva y absoluta divina que preña el espacio abierto, no dual, eterno, infinito, luminoso y trascendente, tras desentramar la maraña que perpetúa al ser humano encadenado en la oscuridad y en la fealdad de un ego sin educar.

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