Déjate penetrar por el espacio.

Ven, ven ahora conmigo y desnúdate. Únete a mí y haz girar al mundo entero, ingrávido como delicados copos de nieve, en torno a tu noble corazón apesadumbrado. Ven, únete a mí… olvídalo todo acerca de ti, y establécete en el océano sin orillas de la presencia única. Yo en Ella, Layla, mi amor eterno, ya estoy muerto. Ven… y únete a la presencia. Deja de fatigarte inútilmente, deshazte de esa triste añoranza, deja de echarme de menos y ven, acércate, pero asegúrate de desnudarte primero.

Ven a mí ahora, yo ya estoy desnudo y te espero, no tengas miedo. Ya me desprendí de ese pegajoso barro que a la tierra confinado me tenía y ahora vuelo libre, en la luminosa vastedad de mi realidad más íntima, que aprendió a desplegar sus alas, y ahora felizmente los cielos surca. Ven, te mostraré las maravillas que se alzan al otro lado de ti misma, tras ese fondo de tristeza que anidó en tu noble corazón, nublándolo de sus fulgores magníficos. Arroja bien lejos los ropajes de la contingencia con los que hasta ahora lucías ante el mundo, y alumbra tu ojo con los imperecederos fuegos de la visión verdadera; adórnate con sus resplandecientes luces eternas, y lo demás, déjalo estar, déjalo reposar en su propia inconsistencia… se desvanecerá en su propia nada, a su debido tiempo.

Ven, sumérgete en el océano de la presencia, y verás como emergen maravillas. Sólo yo puedo darte eso que tanto anhelas. Yo ya estoy allí, y te espero. Deja de suspirar por otro que no sea este pobre que desde más allá de los confines, por ti clama. Nadie te ofrecerá los deleites que yo, después de haberme desprendido de todo lo relativo al mundo y quedar completamente desnudo, tengo para ti reservados.

El espacio, abierto, luminoso y resplandecientemente claro,  es ahora mi morada, ven y desnúdate; deja que te penetre. Déjate penetrar por el espacio.

El cielo abierto, bañado por los soles magníficos de la visión no-dual de la existencia, constituye ahora mi ámbito de manifestación, tras quedar mi previo mundo de causas interpuestas reducido a nada. Ven, acércate a mí y desnúdate; permíteme que te penetre, déjate penetrar por el espacio.

El vasto dominio del océano sin orillas de la contemplación directa de los resplandores de mi Amada, es ahora mi asiento, después de que a una orden suya todo mi fantasmagórico mundo previo de esperanzas y anhelos vanos quedara, hasta sus cimientos, arrasado. Ven, sólo yo puedo ayudarte. Desnúdate y acércate. Déjate penetrar por mí, déjate penetrar por el espacio.

En el vórtice del círculo de la presencia sagrada de Aquella que ante mi ojo siempre de luces resplandece, establecí mi corazón, en torno al cual los dominios celestes giran. Mis puertas son tus confines, ven y adéntrate por ellas; tiéndete allí relajadamente y ofréceme la intimidad de tu recinto para que yo lo penetre y te haga subir al cielo del clímax del recuerdo de tu luminoso origen en la fuente de las luces primigenias. Todo lo que crees ser, abandónalo, cualquier barrera entre tú y yo, es sólo ficticia; reasume tu esencia y álzate majestuosa por encima de toda contingencia. Tras quedar saciada de mí, tras quedar preñada por el espacio, tu vida será otra, y desconocerás lo que en tu anterior vida fue la norma, pues el miedo al dolor y a la muerte se habrá desvanecido definitivamente, al quedar reasumida tu realidad eterna.

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¡VEN A MÍ, AHORA!

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