Poema de muerte (6)

Poema de muerte – samurai-archives.com
Adaptación al español – despojosdeoccidente.org

Takemata Hideshige

(Después de ser derrotado por Shibata Katsuie)

¿Acaso los Ashura
Pueden someter a un hombre como yo?
Naceré de nuevo,
Y luego le cortaré la cabeza
A Katsuie …

COMENTARIO

En la tradición japonesa los Ashura son temibles demonios airados con apariencia casi humana, pero con un número dispar de cabezas y brazos.

¿Qué son los demonios?

Los demonios no son lo que el ganado humano común en occidente piensa, debido a su despreocupado e incontrolado consumo de las películas de Hollywood. No son los fantasmas de los muertos atrapados en este plano sensorial de la existencia de los vivos, pues los muertos están a buen recaudo en sus tumbas, viviendo en un plano de consciencia intermedio entre la vida que vivieron y la vida eterna que les espera tras el Juicio de Dios. Mientras tanto, los muertos gozan o padecen, lo que sea que a sus consciencias afloren tras aquello que sembraron en vida: luminosidad, espaciosidad, claridad y buenas compañías, o tinieblas, constricción, territorios sombríos, desazón y compañías perturbadoras. Los muertos no se comunican con los vivos, se trata esa de una fantasía Hollywoodiense para traumatizar a los vivos y tenerlos distraídos.

Los demonios no son los extraterrestres, los cuales no existen ni nos visitan, ya que la planicie de la tierra está protegida por una  cúpula celeste impenetrable, y nada sale ni entra de ella. En despojosdeoccidente.org somos terraplanistas, geocentristas y no creyentes en las infografías de la NASA. ¡El hombre jamás pisó, ni pisará la luna!

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Así es chicos, nunca pisasteis la luna, los viajes espaciales no existen, la cúpula del cielo es impenetrable y los marcianos no existimos. No os creáis lo que el gran Satán os muestra en sus medios de desinformación masivos.

Los demonios tampoco son seres humanos malvados, aunque se use esa denominación con frecuencia para definirlos.

Los demonios no son los habitantes del infierno que viene de visita a este mundo, pues las puertas del infierno sólo se abrirán tras el Juicio de Dios para acoger a los que se condujeron en vida depravadamente como justa recompensa a aquello que sembraron, lo cual ofuscó sus consciencias, inhabilitándolas así para dar acogida a las resplandecientes luces que moran el paraíso, tras quedar emancipadas de las ataduras que al ámbito del pequeño “yo” personal las mantenían confinadas.


Los demonios son manifestaciones de la mente confundida, así como los ángeles son manifestaciones de la mente despierta.


Empleamos aquí la palabra “mente” como sinónimo de “consciencia”, aunque sabemos que “mente” en occidente está asociada exclusivamente al pensamiento racional, cuando en realidad esa no es más que una de sus cualidades, la más inferior de todas, aunque no por ello menos importante, pues es de gran ayuda para tratar de dilucidar lo verdadero de lo falso, y que así el conocimiento devenga en certeza a nivel del corazón, que es el órgano del conocimiento efectivo, donde las sombras de la duda con respecto a la realidad del mundo, y de nosotros mismos, quedan desterradas definitivamente al quedar las luces de la consciencia individual actualizadas y reintegradas en la fuente de las luces imperecederas de la que proceden, esto es: la consciencia no-dual, o absoluta.

En al-Andalus a los niños se les enseñaba esta forma de discernimiento, y de mayores se convertían en unos seres humanos magníficos. Pero ahora España… es el basurero de occidente. A los niños ya no se les enseña aquello que el día de mañana pueda propiciar el despliegue de todo su potencial hacia las más altas cotas que el espíritu  humano abarcar pueda, sino que se les adoctrina en la normalización de la sodomía y en la libre elección de la identidad sexual; la variedad donde elegir es realmente amplia: hombre, mujer, trans, sexo-fluido, no-binario-invertido, asexual-esporádico… y un largo etcétera. En occidente ya no hay porqué seguir esclavizados al yugo de lo biológico, sino que podemos ser lo que queramos, -residiendo precisamente ahí todo lo que implica ser realmente libre-, y experimentar cosas nuevas hasta ahora consideradas tabú por la sociedad felizmente ya ex-heteropatriarcal, como el sexo con animales, con cadáveres y con tus propios padres; el sexo grupal, el sexo interracial, el sexo inter-generacional (o sea, sin miramientos de edad,  – en definitiva, la pedofilia encubierta). Ya saben ustedes, “hasta que no pruebas algo no sabes si  te gusta”; así reza el desquiciado hombre moderno.


¡Bendita modernidad! ¡Bendita democracia! ¡Bendita liberación! ¡Bendito y alabado sea el dios de la egolatría!


Pero, sigamos dilucidando la realidad de los demonios a los que alude el poema de muerte que estamos estudiando…

Hemos dicho que los demonios son las manifestaciones de la mente/consciencia confundida. ¿Esto qué eh lo que eh? ¿Qué cojones significa eso? Como estamos locos de remate, podemos usar un lenguaje soez a discreción, según le venga en gana a nuestra enajenada mente. Quizás así espantemos a los que ningún provecho pueden obtener de lo que aquí decimos.

La consciencia del hombre es el espejo de las luces magníficas reflejadas sobre el lecho de la manifestación física. A modo de pantalla la consciencia es iluminada por la lámpara de las luces eternas. Sobre ese lecho, al impactar las luces, se produce el movimiento, fruto del dinamismo y de la espaciosidad abierta y acogedora que cualifica a toda forma en ella desplegada, las cuales en su esencia misma no son más que luz indiferenciada, y de ahí su expansividad no obstruida, fluida y constante. Pero el movimiento produce distorsiones, y la ilusión de aparecer como no siendo lo que son en su realidad más íntima.

Fruto de esa distorsión la consciencia se desdobla, para tratar de averiguar qué está pasando, a qué se debe tanto ajetreo lumínico sobre su inmaculado lienzo. Al plegarse sobre sí misma para ver lo que ocurre, el “yo” observador se yergue, y en contraposición, también se yergue todo aquello que va a ser observado. Es el nacimiento de la dualidad sujeto-objeto, observador-observado; es el inicio de la ilusión de no ser lo que somos, de vivir una realidad impostada y falsa sobre el lecho de la irradiación majestuosa de las imperecederas luces que a nuestra consciencia se asoman.

Seguimos, si Dios quiere, nuestra exposición. Tras erigirse el “yo” separado del resto, a modo de ola que del océano emerge, comienza la etiquetación de las cosas, comienza a nombrar y a atribuir a las luces cualidades ajenas a ellas, con el único propósito de situarse en el espacio de la visión y saber quién es “él”, y quienes son los “otros”. De esta forma el océano de la consciencia queda petrificado y la fluidez de sus luces se congela, aislándose y separándose así las olas de la realidad de su agua, que permanecerá oculta, mientras el “yo” que observa no comprenda que: “el observador es lo observado”, es decir que todos somos Uno, que todos somos agua, más allá de nuestra apariencia de ola.

El proceso de etiquetación del “yo” es un proceder infinito que dura lo que dure la ignorancia de lo que somos en nuestro fuero más íntimo: luminosidad irradiada de la fuente de luz infinita, o bien, el agua de las olas. Mientras sigamos empeñados en que “yo” soy mi cuerpo, yo soy mis emociones, yo soy mis sentimientos, yo soy mis pensamientos, yo soy mis placeres, yo soy mis sufrimientos, yo soy mis sensaciones, yo soy esto o aquello, jamás seremos nada más que una ilusión, una fugaz sombra, a veces aterradora, a veces divertida, a veces grotesca y a veces encantadora. Mientras no se detenga la aspiración ególatra de creernos ser lo que no somos continuaremos separados, fracturados, disociados y alejados del amor, que es lo que sobre el corazón desciende cuando comprende que tras el velo de las erróneas imputaciones del “ego” está el espacio abierto, luminoso y  claro;  acogedor y eternamente bondadoso, esperando nuestro regreso, tras el fatídico extravío, para mecernos con sus refrescantes brisas.


Se entiende por DEMONIO a todo aquello que suponga un obstáculo para el reingreso de nuestra agua en el océano de la unicidad absoluta


En el camino de vuelta a casa, desde el desdoblamiento de la consciencia en el “yo” y lo “otro”, y hasta el reingreso en las luces, se entiende por DEMONIO a todo aquello que suponga un obstáculo para el reingreso de nuestra agua en el océano de la unicidad absoluta, o sea, en lo que somos en esencia más allá de la apariencia. Existe una graduación de demonios que va desde los más sutiles, cuyo influjo pasa casi inadvertido por morar en el subconsciente humano, hasta los más groseros y evidentes, cuyo influjo se traduce en las emociones conflictivas del odio, la envidia, los celos, la lujuria, la racanería, la falta de empatía, la estupidez, la cerrazón,  etc. En definitiva, todas aquellas emociones que supongan un afianzamiento de los anclajes del “yo” personal en detrimento del potencial despliegue de las luces constreñidas en él, es un demonio.

Los más peligrosos de los demonios son los inadvertidos, los más sutiles, pues los groseros son del todo evidentes, y por tanto fáciles de detectar y derrotar. Cuando uno está enojado y es preso de la ira, por ejemplo, sus efectos son palpables, pues se hinchan las venas, gritamos, lloramos, golpeamos, insultamos… todo ello son huellas manifiestas y muy evidentes de que un grotesco demonio anda cerca nuestro, impulsando nuestro enajenado proceder. Para derrotar a esos demonios coléricos basta con reconocer la ira, o cualquier otra emoción conflictiva, como una manifestación ilusoria de la mente, y cultivar el conocimiento a nivel de corazón de lo que somos en nuestro fueron íntimo: luz irradiada, para que de este modo los demonios airados se disuelvan en su propia inexistencia, ganando así la paz de espíritu de forma instantánea e inmediata cada vez que uno de ellos nos merodea.


Derrotar a los demonios sutiles que moran por debajo del nivel del consciente humano es, por el contrario, dificilísimo…


Derrotar a los demonios sutiles que moran por debajo del nivel del consciente humano es, por el contrario, dificilísimo, pues al no reconocer su presencia, creemos que el problema de la disonancia que sentimos no es nuestro, sino ajeno. La única manera de derrotar a estos demonios internos es reconocer que la causa de cualquier malestar, insatisfacción, frustración o dolor que sintamos es siempre nuestra, debido a nuestra propia ignorancia. A nuestra ignorancia de no saber que de la fuente de las luces primigenia no estamos separados, nunca lo estuvimos, y lo único que hemos estado haciendo hasta ahora es hollar las tenebrosas planicies de la creencia en un “yo” separado, en torno al cual estúpidamente hacemos girar nuestra vida, cuando ese personaje que creemos ser no tiene más realidad que la realidad que puedan tener los sueños. De esta forma, todos los demonios, los internos y los externos, desaparecen, revelándose por lo que son: luminosidad irradiada en la soleada planicie de la consciencia despierta. De esta forma todas nuestras aflicciones se transforman en dicha, toda nuestra pena en alegría, todo nuestro dolor en gozo y toda nuestra ignorancia en sabiduría.

Los demonios Ashura no pueden derrotar a Takemata Hideshige, el autor del poema de muerte que estamos analizando aquí, pues Takemata sabe perfectamente que tanto el vencedor como el vencido no están separados. Y tras la muerte se levantará de nuevo para cortarle la cabeza a su irreal enemigo, en el eterno escenario en donde son desplegadas las consciencias.

yorimitsu_samurai

La elaboración de este artículo ha sido posible gracias a Layla, nuestro amor eterno.

layla2

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