Un hombre como yo es difícil de encontrar.

Un hombre como yo, no deconstruido y vuelto a construir de nuevo según los satánicos designios de la modernidad, es muy difícil  de encontrar. Un hombre como yo, cien por cien heterosexual, amante de la mujer primigenia y de sus nobles hijas no adoctrinadas en la fatídica ideología feminista, un hombre amante de todas esas preciosas mujeres, exultantes en todo el esplendor radiante de su gloriosa feminidad sin contaminar, un hombre así, ya no se encuentra, pues los pocos que aún quedaban huyeron a los desiertos.

Hoy en día, en el depravado occidente, tras la actualización del update 3.0 democrático, los hombres heterosexuales ya no son tal, sino que todos ellos dejan un margen a probar las bendiciones y bondades de la sodomía; lo contrario, implicaría vivir siempre al filo de la navaja de ser considerado un sucio y rastrero homófobo, quedando así estigmatizado de por vida. De esta forma, ya no quedan hombres heterosexuales, verdaderos hombres, sino que como mucho son heterocuriosos. Este nuevo espécimen de hombre moderno está tan absolutamente acomplejado por gustarle tanto las mujeres, que no le queda más remedio, para descargar su sentimiento de culpa, que adentrarse en el fascinante mundo gay, de cuando en cuando. Así, vemos con espanto como la decadente juventud de las podridas sociedades paridas por la democracia, ve como normal, bueno y saludable el hecho de ser heterosexuales, pero con un ligero barniz homosexual, lo cual le hace lucir siempre de lo más cool, moderno y abierto de mente (y de ano).


En occidente ya no hay hombres, todos huyeron al desierto…


En occidente ya no hay hombres que no hayan tenido aunque sea algún ligero restregón con otro hombre, aunque sólo haya sido un beso con lengua. Los únicos hombres exentos de esa depravación ya huyeron a los desiertos.

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Hacia los desiertos de la desolación a los que se vieron impelidos por perderles completamente el rastro a las mujeres que a sí mismas no se odian, huyeron a esconderse los últimos hombres verdaderos. Por eso ya no se los encuentra en ninguna parte, por eso un hombre como yo, y como mis amigos, no se encuentran fácilmente.

En estos desérticos páramos nos refugiamos, para explayarnos a gusto en nuestros bellos cantos de amor, sin la interferencia de la fétida modernidad y de sus cochambrosos convencionalismos. Las arenas del desierto acogen de buen grado nuestras melodiosas coplillas, en las que invocamos a Layla, nuestro amor eterno, y le imploramos por el retorno de la cordura y la sanación de sus hijas.

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Ven, quien quiera que seas, ven a nosotros, búscanos al calor de las infinitas arenas… Si te adentras en ellas, tras haberlo dejado atrás todo, pronto darás con nosotros, los últimos hombres orgullosos de serlo, los últimos hombres majestuosa y poderosamente libres, los últimos hombres verdaderos. Sé que nos echas de menos, ven, ven a nosotros. Nosotros también te añoramos. Las arenas del desierto por ti suspiran; ven, ven, ven… ven a mi encuentro, tú, quien quieras que seas, déjame enjuagar tu llanto, reúnete conmigo, y con mis nobles amigos.

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Déjanos endulzar tu pena, aquí, en nuestra jaima, en la jaima de las luces imperecederas. En nuestra presencia nada has de temer, pues extinguidos estamos en Sus resplandores; lo que verás en nosotros con el ojo externo no es más que una carcasa de hombre envolviendo nuestras luces internas, en las cuales estamos permanentemente absortos, de instante a instante. Moramos en el eterno presente, luminosamente claro y radiante, como una majestuosa luna llena. Déjanos alumbrarte.

Nuestros dos ojos, el de la visión interna y el que enfocado está en las apariencias, solo responden al resplandor de Sus fulgores, de modo que todo cuanto en ti vemos no es sino la belleza reflejada de nuestra Amada eterna.

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Ven… bendícenos con tu presencia, noble y orgullosa hija de la mujer primigenia, déjanos besar tus pies, ya que con los labios de nuestra materialidad física no alcanzamos los de Ella.

*

¡ ALLAHU AKBAR !

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