Consejo de una madre en el lecho de muerte a su hijo.

De la película “Zen – la vida de Dogen

Adaptación al español – despojosdeoccidente.org

-Querido Monju (Dogen), no me queda mucho antes de abandonar este mundo.

-Madre, por favor, no diga eso, me llena de tristeza.

-En estos días, mucha gente cree en las enseñanzas de que si mueres lleno de fe en Buda, alcanzarás el paraíso. Me pregunto si realmente es posible alcanzar el paraíso.

-No se la respuesta, pero creo que no tiene ningún sentido aspirar a un paraíso, cualquiera que sea, tras la muerte.

-Creo que el único paraíso al que puedo aspirar, es al tiempo que paso aquí contigo, a tu lado. Aquí y ahora es el paraíso.

-Eso es cierto, madre. El único paraíso está aquí.

-Pero si esto es el paraíso, ¿por qué tanta lucha, sufrimiento y enfermedad? ¿Por qué duele morir? Monju (Dogen), quiero que busques una manera de trascender todo el sufrimiento del mundo, todo este dolor. Tu madre te esperará eternamente, hasta que finalmente lo consigas.

COMENTARIO.

El sabio consejo de una madre en su lecho de muerte a su hijo, y las sabias respuestas de un niño, cuando los hombres eran hombres, antes de quedar arrasada la humanidad bajo los demoledores influjos de la modernidad al abrigo de la fatídica tiranía democrática.

Hoy en día, emotivas despedidas como esta, como la despedida de la madre de Dogen (1200-1253), el gran maestro Zen, cuando era un niño, son del todo inauditas, por varias razones.

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Listo para albergar a otro pobre infeliz que entregará su vida en el sopor de las drogas. La muerte del hombre moderno: datos, informes, estadísticas y aparatos.

Primero porque la gente hoy en día no sabe morir, y acuden a los hospitales para que los atiborren de drogas  y los enganchen a máquinas de monitoreo y de asistencia a sus paupérrimas constantes vitales. El hombre moderno muere como no mueren ni los perros. Por el sopor del letargo inducido por las drogas legales, se va sin despedirse de sus seres queridos en sus hálitos finales; una muerte ciertamente tenebrosa, en la soledad de la oscura nada de su amodorrada consciencia. Una muerte sin lucidez, sin claridad alumbradora sobre la cual catapultarse a los  incomparables resplandores de las luces primigenias, que son el sostén y el sustrato último de todo. Una muerte penosa, una vergonzosa muerte.

No obstante, aunque si así no fuera, aunque si la muerte fuera lúcida, el hombre moderno occidental tampoco tendría nada interesante que decir, nada trascendente, en sus momentos finales. El ateísmo es una auténtica plaga en occidente, que desbocada y sin remisión anda, por lo que lo único que el moribundo sin fe en Dios podría aportar a sus seres queridos, a modo de inspiración para sus vidas, son consejos para que disfruten y sean felices mientras puedan, pues esto se acaba. Y nada más.

El modo de proceder de los hombres verdaderos en sus instantes finales es bien distinto a lo que se acostumbra en las podridas sociedades occidentales. Los hombres de Dios aprovechan ese momento para dejar una profunda huella en sus seres queridos a modo de inspiración, para que aprendan a conducir sus vidas conforme a lo que realmente importa. Y lo único que importa en la vida, tal y como le aconsejó a Dogen su madre, es la búsqueda del conocimiento; la búsqueda del conocimiento acerca de la realidad del experimentador de todo ese sufrimiento, de todo ese desasosiego que la vida y la muerte imprimen.

Tras la obtención de ese conocimiento, uno puede morir plenamente feliz, al haberse asentado la certeza, a nivel del corazón, de que nadie muere, surge o se desvanece sino Ella, Layla, orgullosamente engalanada con el resplandeciente manto de las luces eternas. No hay más paraíso que ese, el paraíso que traduce el conocimiento de uno mismo, el paraíso de morar en la eternidad sin fin ni principio del momento presente.

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Escena de la película “Zen – la vida de Dogen”

*

En la vida, solo hay vida;

En la muerte, solo hay muerte.

-Dogen

 

Es decir, el observador, el “yo”, es lo observado. Solo hay consciencia plena, sin observador, de instante a instante.

Recuérdenselo a sus seres queridos, justo antes de partir hacia el otro lado.

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Todo el mérito le corresponde a Ella

*

Película “Zen – la vida de Dogen

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