¿Empoderadas o desquiciadas?

El significado de la expresión “empoderamiento femenino” varía según se trate de la cosmovisión atea y hedonista de las podridas sociedades paridas por la democracia, o según se trate de la cosmovisión de la tradición primordial pergeñadora de civilizaciones.

Según el hombre moderno, resultado de la culminación de la involución humana por su alejamiento de la vía revelada, siendo el Islam su manifestación definitiva y última, el empoderamiento femenino consiste en proporcionarle a las mujeres las herramientas necesarias para que abandone las actitudes vitales conformes a la fitrah (la naturaleza original que hizo de molde para la creación del ser humano), con vistas a adentrarse así en los fascinantes mundos conducentes a su autodestrucción final, y la total aniquilación de lo que significa ser mujer, y en definitiva, ser un ser humano.

Por el contrario, según la tradición primordial, el  empoderamiento femenino consiste en suministrar a la mujer las herramientas necesarias para que realice, a nivel del corazón, todo su potencial oculto, tras reasumir su realidad luminosa y eterna que al velo de lo creado subyace, lo cual es vehiculado mediante el conocimiento de su Sí mismo trascendente y el cultivo de la virtud desenraizadora de los anclajes del ego. El comportamiento virtuoso de la mujer incumbe al cultivo del amor desinteresado y a atender el llamado de su natural femenino para no quedar traumatizada y frustrada de por vida. Y lo mismo se aplica al hombre, en lo que atañe a su natural masculino.

Si la modernidad consigue empoderar (o sea, destruir) a la mujer mediante el trauma y la psicopatía que traduce su no respuesta al llamado de su naturaleza, la tradición primordial empodera a la mujer mediante la plenitud y el gozo que traduce su respuesta a aquello que su natural femenino comanda.

Si la modernidad adoctrina a la mujer en que su empoderamiento radica en no priorizar su maternidad natural frente a otro tipo de consideraciones, como el disfrute de la vida y la promoción laboral, de lo cual solo se puede derivar su frustración, desquiciamiento y enajenación mental perpetua; la tradición primordial, por el contrario, impulsa a la mujer a priorizar su maternidad frente a cualquier otra consideración, por residir ahí la quibla, su quicio, el eje vertebrador de su condición femenina,  de la cual, si es satisfecha,  solo se puede desprender la felicidad y dicha más genuina.

Si la modernidad induce a la mujer a buscar su empoderamiento a  través de la liberación sexual, por considerar que ponerle cortapisas al disfrute es de tontos; la tradición primordial impele a la mujer a salvaguardar su integridad sexual, y por tanto, su salud emocional, espiritual y física.

Si la mujer moderna considera que el yugo de lo biológico supone un sometimiento lastrante, y que por consiguiente en la libre identificación sexual según el apetito del momento (heterosexual, trans, homosexual, bisexual, sexo fluido, sexo no-binario, pan-sexual, etc.) está la felicidad y el empoderamiento genuino; la mujer tradicional, por contra, está exenta de semejante ponzoña, y naturalmente se siente atraída por el sexo opuesto, por los hombres, quedando así protegida de quedar expuesta al trauma y la psicopatía que traduce la identificación sexual arbitraria.

En definitiva, si la cosmovisión atea y hedonista de la modernidad es una factoría cruenta al servicio de la producción masiva de mujeres que se creen libres y poderosas por hacer lo que les venga en gana; la cosmovisión trascendente de la vida, conforme a la tradición primordial, es la garantía de vivir una vida plena y dichosa para las mujeres, en la compañía de un buen hombre.

A modo de ejemplo mostramos ahora la imagen de una serie de mujeres realmente empoderadas, fértiles y libres, en contraposición a la imagen de la mujer moderna, infértil, atea, esclava de sus pasiones, desquiciada (fuera de su quicio vertebrador: su maternidad natural) y profundamente desdichada, aunque muy risueña, eso sí.

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Una hermosa mujer empoderada en algún lugar del mundo civilizado, muy lejos de los estragos del incivilizado occidente.

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Una mujer y una niña poderosamente libres, poderosamente establecidas en su feminidad sagrada.

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Una madre y su bebé, luciendo radiantes.

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Dos preciosas mujeres musulmanas de etnia uigur, poderosamente libres, en todo el esplendor glorioso de su feminidad sagrada.

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Dos mujeres radiantes que nos han provocado una sacudida atroz, dejándolos absolutamente aturdidos. Dos mujeres orgullosas de serlo.

*

Ahora la imagen de la mujer empoderada según el estándar de la modernidad.

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Mujeres occidentales, profundamente amargadas, profundamente frustradas y profundamente infelices. Mujeres empoderadas, mujeres feministas, mujeres infértiles, mujeres arruinadas, mujeres derruidas cuyo eje vital gira en torno a los placeres mundanos… mujeres modernas y ateas.

En cuanto a los eslóganes que portan diremos:

Nosotros somos partidarios de la pena de muerte para los asesinos, para los violadores y para los pedófilos. Esa sí es una condena que evita volver a perpetrar dichos delitos. Feministas, ¿no estáis de acuerdo? Y respecto al eslogan de la derecha: lo que tú digas, fea.

“Y sé constante en la compañía de aquellos que invocan a su Señor mañana y tarde anhelando Su faz, no apartes tus ojos de ellos por deseo de la vida de este mundo ni obedezcas a aquel del que hemos hecho que su corazón esté descuidado de Nuestro recuerdo, que sigue su pasión y su asunto es pérdida.”
(Corán – Sura Al-Kahf, 18:28)

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