Ella me dijo: “¡el amor ando buscando!”

Ella me dijo: “¡el amor ando buscando!” – Ibn Arabi
Adaptado al español – despojosdeoccidente.org

Ella me dijo:

Estoy buscando un amor que reluzca

En todo el esplendor de su radiante gloria,

Como el amor que alumbra y engalana

Los jardines y las florestas.

Yo le dije:

No me preguntes a mí por eso,

No le preguntes a este pobre;

Pues eres Tú la que a Ti misma te ves reflejada

En el espejo de este hombre.

Comentario:

Bellísimamente expresado por el más grande sabio español de todos los tiempos. ¿Quién conoce hoy día en España a Ibn Arabi, a nuestro murciano ilustre? Apenas nadie. No se estudia en los colegios ni en las universidades su vida ni su excelso legado espiritual y en obras. Sin embargo, en el mundo civilizado, esto es, en el mundo musulmán, o allí donde aún perdura el espíritu de la tradición, sí es conocido, reconocido, y respetado por todos. Incluso en los círculos académicos de EEUU, un país absolutamente desolado espiritual, moral e intelectualmente hablando, se estudia a Ibn Arabi, pero en España, su país natal, en este país corroído por la cochambre, se le ignora.

Uno de los apelativos honoríficos con el que se le conoce a Ibn Arabi es el de “Shaij al-Akbar”, “el más grande de los maestros”, y así nos vamos a referir a él.

¿Qué nos está queriendo decir el más grande maestro con este bello poema? ¿Qué está expresando? ¿Realmente merece la pena, a estas alturas del deterioro espiritual y humano que asola a occidente, tratar de dilucidar las palabras de los sabios? El daño infringido al hombre occidental moderno por la cosmovisión atea y hedonista imperante del mundo ya es irreversible, y no levantará cabeza; ya no saldrá del sopor del letargo del ensimismamiento en los placeres mundanos, ya no vislumbrará más luces que las propias persiguiendo las fantasmagóricas sombras que sus egos proyectan. No obstante, estos comentarios que añadimos a las palabras de los gigantes del espíritu, que en este blog compartimos, responde a una orden de Layla, nuestra amada eterna, trayéndonos sin cuidado la repercusión que puedan tener, que beneficie o no a nadie, en estos páramos de la desolación y de la falta de virtud en que se ha convertido esta tierra baldía del espíritu.

Cuando Layla le pregunta a sus amantes por la realidad del amor, cuando Ella se dirige a sus enamorados en busca de su real significado, ¿qué otra respuesta podríamos darle sino la que el más grande de los maestros expresa en su poema? Los amantes sinceros están muertos en Ella, y de ellos no ha quedado ni el más leve rastro de alteridad, de consciencia dual no unificada a los resplandores de su Amada. Ella reluce siempre magnífica, en todo momento, en todo lugar y en toda circunstancia, a ojos de los que han depositado su corazón entre sus bondadosas manos, para que Ella haga con él lo que quiera.

La consciencia del hombre que ha despertado del letargo de su pequeño e impostor “yo” personal es un espejo inmaculado, en el que su Amada, inobstruidamente, radiante siempre se refleja. Por eso, cuando Ella nos dice que quiere experimentar las bondades del amor verdadero a través nuestra, eso solo es posible mediante Ella, sin que medie uno mismo, sin que medie cualquier atisbo de lo que no sean sus luces magníficas, omni-abarcadoras y omni-penetrantes, ante cuya visión todo lo demás palidece, hasta desvanecerse en su propia nada.

El amor NO es una emoción excitante.

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El amor trascendente es el arte de hacer confluir lo múltiple hacia el océano de la unicidad absoluta. El amor humano es cuando dos devienen uno, y lo demás es locura, paranoia y extravío.

El amor no es una emoción excitante que engancha, como piensa el patético y sumamente degenerado hombre occidental moderno, sino que el amor es la máxima expresión del conocimiento de uno mismo, caracterizado por la entrega absoluta de todo lo que no es Ella, la consciencia luminosa y eterna. Por eso, las relaciones sentimentales más fructíferas, estables y duraderas son las que vienen caracterizadas precisamente por eso mismo, por la entrega, por el abandono del propio interés personal en beneficio de la contraparte amada. El ser humano es un fractal, a nivel del mundo condicionado de las causas intermedias, del fractal del principio absoluto subyacente a todo, el espacio eterno, luminoso, acogedor y amorosamente abierto, el espacio del desenvolvimiento de las luces magníficas, siendo ahí donde reside el gozo y la dicha plena, en lo que realmente somos en nuestro fuero más íntimo. En sus relaciones humanas los hombres juegan a ser el fiel reflejo de las imperecederas luces que lo sustentan, residiendo su felicidad genuina o su perpetua frustración y sufrimiento en el hecho de que comprendan eso, y en que ajusten sus vidas, mediante el cultivo de las nobles virtudes, a aquello que el espacio requiere para el pleno desarrollo de todo su potencial como seres humanos, que no es otro que el ser el fiel reflejo de las luces eternas.

Si alguna vez vuestra amada se acerca a ustedes y os dice que anda buscando el amor verdadero, decidle que es ella la que se busca a sí misma, decidle que el buscador y lo buscado son uno y lo mismo, y decidle que del amor verdadero jamás estuvimos separados.

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Todo el mérito le corresponde a Ella, y a sus nobles y orgullosas hijas que aún mantienen vivo el recuerdo.

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