Un ojo en el paraíso, y otro en el infierno.

En occidente el desconocimiento del funcionamiento de la consciencia es total y absoluto. La superstición del ateísmo, cual desoladora plaga, recorre desbocada las calles, abocando a sus fervorosos creyentes a una vida ciertamente ruinosa en donde todo gira en torno a la gratificación de la carne y a los logros personales, relegando así a las luces alumbradoras del espíritu que en los corazones moran al más absoluto de los ostracismos. Pero ellas, las luces, siempre pugnan por salir, siempre están llamando a las puertas de la consciencia para abrirse paso, da igual los velos que se interpongan entre ellas y nosotros; las resplandecientes luces siempre están ahí, esperando a ser descubiertas.

Ellas tienen un método infalible para hacerse ver, para azuzar el recuerdo del luminoso origen del que procedemos; y ese método no es otro que el del dolor, el de la frustración constante de no saber quiénes somos, el de la tristeza perpetua por hollar las infértiles planicies de la desolación en la ausencia de visión luminosa y trascendente. El sufrimiento que conlleva el proceder de manera olvidadiza e inconsciente con respecto a lo que somos en nuestro fuero más íntimo, es la medicina con respecto al extravío de la egolatría y del sinsentido de hacer girar la vida en torno al cuerpo, y no en torno a la luminosidad del espíritu, esto es: a la consciencia eterna, libre de los condicionamiento de los apegos y de las identificaciones egocentristas.

Hasta que no le abramos de par en par las puertas del corazón ellas seguirán percutiendo y azuzando con todo tipo de trastornos, traumas y psicopatías que la vida desenfrenada en los apetitos mundanos conllevan. Hasta quedar por completo rotos y varados en el desolado embarcadero de la insatisfacción perpetua, no aprendemos a surcar el océano de la unicidad absoluta, más allá de la esquizofrénica actitud vital de estar siempre anhelando o rechazando algo que nos guste o nos disguste

En la plenitud de la vida verdadera, tras quedar reasumida la realidad de su esencia por el majestuoso despliegue de las luces en la espaciosidad ilimitada de la consciencia despierta, han establecido los sabios su existencia terrena. La mirada de estos hombres, muertos a la creación y vivos en las luminarias eternas, se asemeja a la del famoso icono de Jesús de la tradición ortodoxa cristiana que en la cabecera del presente escrito figura. Con un ojo en el paraíso y otro en el infierno, con un ojo en los dulzores de la vida sometida a Layla, su amada eterna, y el otro ojo enfocado en el fuego de los rigores de las pasiones incontroladas, deambulan por este mundo los hombres de Dios, tras haber hecho olvido de todo lo que no es Ella. El ojo del recuerdo de los rigores del fuego les protege de quedar sometidos a los influjos y señuelos de los fantasmagóricos e impostores egos, mientras que el ojo celestial los eleva por encima de todo dolor, sufrimiento y contingencia.

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Observen bien esa mirada; en ella hay una gran bendición pues activa el recuerdo de aquello que somos en nuestro fuero más íntimo, y de aquello que tendremos que encarar tras quedar el velo de este mundo desvencijado, y cada cual se haya de unir a su igual, en los resplandores o en las tinieblas.

*

(17)  ¡Pero no! Lo que sucede es que no sois generosos con el huérfano, (18)  ni os estimuláis unos a otros a alimentar al necesitado (19)  y devoráis las herencias con un apetito insaciable (20)  y amáis las riquezas con un amor desaforado.

(21)  ¡Pero no! Cuando la Tierra quede totalmente allanada (22)  y venga tu Señor y los ángeles dispuestos en filas sucesivas (23)  y se haga venir ese día al Infierno… Ese día, recordará el ser humano y de nada le servirá el recuerdo.

(24)  Dirá: «¡Ay de mi! ¡Ojalá hubiese enviado por delante algo de bien para mi vida!» (25)  Ese día nadie castigará como Él castiga (26)  y nadie apresará como Él apresa.

(27)  ¡Oh, alma sosegada! (28)  ¡Regresa a tu Señor, satisfecha de Él y Él satisfecho de ti! (29)  Entra con Mis siervos, (30)  y entra en Mi Jardín.

Corán, sura 89 (al-Fayar)

*

¡Allahu Akbar!

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Todo el mérito le corresponde a Ella

Comentarios

2 comments on “Un ojo en el paraíso, y otro en el infierno.”
  1. Sigue la guerra abierta contra la depravación humana, si Dios quiere. Aquí seguiremos, desde nuestra trinchera, pegando tiros en dirección a la inmundicia que ha desterrado a la humanidad de occidente. Opinen, gracias.

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