Derecho a morir indignamente.

Dan Ariely, profesor en psicología y experto en felicidad mundana, resalta la importancia de morir dignamente en un artículo. Este especialista nos dice:

Gracias a la medicina y a la moderna tecnología, el final de la vida, en casi todos los casos, no constituye su punto álgido. Por el contrario: es un punto bajo. Muchas personas hoy, y la mayoría de nosotros en el futuro, probablemente moriremos en una cama de hospital, en agonía, desconcertados e indefensos. Experimentando miedo y humillación. Sometidos a procedimientos dolorosos e inquietantes para ganar unos días más de “vida”. En el estado actual en el que se encuentra este tema, nuestra capacidad de influir en la forma en que terminaremos nuestra vida es insignificante. Y esta no es solo una forma triste de terminar con nuestra vida: también es una forma terrible de dejar nuestra memoria en los seres queridos que quedan atrás. Lo que está claro es que la forma en que experimentamos nuestros últimos días, semanas y meses es importante para nosotros y para nuestros seres queridos (…).

 

Dan Ariely es un investigador experto en felicidad y, al parecer, también en morir en unas condiciones mínimamente aceptables de dignidad según el estándar de la modernidad. En un artículo Dan se rasga las vestiduras por la patética forma de morir del hombre moderno: en una cama de hospital, drogado hasta las cejas y en estado de total decrepitud y soledad. Reconoce que el futuro que le espera a él, y a la mayoría, es ese, el cual, según nos indica, es un destino inequívoco y prácticamente inevitable, pues presos de los avances que han llevado al ser humano a evolucionar a la más excelsa cima de la psicopatía y la paranoia de no tener ni puñetera idea de lo que es la vida y la muerte, abocados estamos a pasar por ese final horrendo, conectados a máquinas, drogados y en la inhumanidad de alguna cama hospitalaria.

Menudo impresentable es este especialista en felicidad, Dan Ariely. La frase más demoledora de todas, y que refleja a la perfección la mentalidad encubridora de la verdad, es esta:

“En el estado actual en el que se encuentra este tema, nuestra capacidad de influir en la forma en que terminaremos nuestra vida es insignificante.”

 

Pero vamos a ver, señor experto en felicidad y profesor de psicología Dan Ariely: ¿Qué estás proponiendo, especialista de pacotilla? ¿Qué nos resignemos a morir así, todos iguales, por real decreto de la sacrosanta modernidad, en la indignidad hospitalaria de los cuidados paliativos, de las sondas y de las máquinas reanimadoras? No es eso lo que hay que recomendar a la gente.

Lo que hay que aconsejar a la gente son otras cosas:

A la gente hay que decirle que procuren morir en la tranquilidad de su casa, rodeados de sus seres queridos y sin recurrir a las drogas, en estado de lucidez plena, en estado de plena consciencia, como mueren los verdaderos hombres.

¿Y el dolor físico? ¿Qué hacemos con el dolor físico de la muerte?

Hay dos posibilidades para lidiar con el dolor de la agonía en esos momentos finales:

  1. Apagar la lucidez de la consciencia hundiéndonos en el sopor de las drogas.
  2. Reposar en la lucidez de la consciencia inobstruida.

En realidad la luz de la consciencia no puede ser apagada, porque es eterna, lo que ocurre es que queda ensombrecida por el sopor inducido químicamente, el cual actúa a modo de velo entre nosotros y las luces. Un velo más, otro más, el velo final a sumar a la multitud de velos en los que anduvimos en la lozanía de la vida: el velo de los placeres mundanos, el velo de las fiestas, el velo del sexo desinhibido, el velo de los viajes exóticos, el velo del futbol, el velo de  los deportes extremos, de las juergas nocturnas, de los estudios académicos, etc. Todo ello infructuoso en lo que respecta al descubrimiento de las luminarias eternas que alumbran la consciencia.

Lo que determinará la forma que elijamos para morir dependerá de la forma elegida para vivir nuestra existencia terrena. Y a su vez, la forma de morir  es lo que marcará el nuevo renacer tras quedar desprendido el soporte físico en el que temporalmente quedó sembrada la consciencia.

Aquellos que vivieron en la inconsciencia de los disfrutes pasajeros del mundo, como es lógico, optarán por morir indignamente en un hospital, entubados y en la inconsciencia inducida por las drogas, para así no ser conscientes de que han desperdiciado su vida inútilmente en asuntos intrascendentes. Es un derecho inalienable conquistado por las sociedades democráticas avanzadas el morir de esa forma tan miserable e indigna.

Por el contrario, los hombres que buscaron el conocimiento en pos del desvelamiento de las imperecederas luces que alumbran la consciencia e hicieron pivotar sus vidas en torno a ellas, evidentemente, optarán por morir reposando en la radiante, luminosa y resplandeciente apertura de la consciencia despierta, por lo que evitarán velar sus fulgores con el sopor de las drogas. Para estos hombres todo el ámbito de la manifestación física es luminosidad irradiada de la fuente de las luces eternas, de modo que ellos no están en el dolor que sufren sino en aquello que lo alumbra. Una manera magnífica de morir.

Mientras se muere, y tras su consumación, también es importante la actitud de los que acompañen al moribundo en esos momentos.

Los que mueran en la inconsciencia morirán rodeados de lamentos y llantos. Mientras que los que mueran lúcidamente lo harán rodeados de declamaciones de versos acerca de la Verdad Primera y Última que a todo subyace, o de recitaciones del Sagrado Corán, pues así lo habrán dejado indicado a sus seres queridos. Una forma inspiradora de morir para aquellos que queden atrás y tengan que continuar con sus vidas.

El experto en felicidad mundana y en morir decentemente, Dan Ariely, aconseja en su artículo, para mejorar la manera deleznable en que muere el hombre moderno, recordar los buenos momentos vividos, así como los logros obtenidos. ¡Menuda estupidez! ¿De qué serviría eso? Acaso te vas a llevar a la otra vida esos logros y todos esos actos sexuales prodigiosos que acometiste (o que te acometieron)? ¿Acaso te vas a llevar contigo a la otra vida esos momentos felices que tuviste en compañía de tus buenos amigos?

Claro que este experto es un ateo, y no piensa en que luego pueda haber un ajuste de cuentas. No cree ni en Dios ni en la otra vida.

La claridad-luminosidad de la consciencia, nuestra realidad íntima, es eterna, y no conoce la muerte; ésta, la muerte, no es más que una ventana que se abre a las luces del espacio omni-abarcador y omni-penetrante, en el cual cada cual se unirá a su igual, en el cual cada cual se unirá a aquello que aprendió a cultivar durante su vida, ya sea en los resplandores o en las tinieblas.

La densidad de los velos a la hora de encarar la muerte es lo que nos marcará el nuevo destino. No malgasten el tiempo inútilmente.

(1) Cuando tenga lugar el acontecimiento (2) no habrá nada que pueda desmentir su acontecer. (3) Abatidor, exaltador. (4) Cuando la Tierra tiemble con fuerza (5) y las montañas se pulvericen totalmente (6) y se conviertan en polvo disperso…

Corán, sura al-waqia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s