¿Los piropos tienen cabida en las sociedades democráticas avanzadas?

canalsur.es 7-oct-2019
Socióloga experta en género afirma que una de las características definitorias de las sociedades democráticas avanzadas son los espacios libres de piropos.
La experta, Lucía Marín, sostiene que los hombres deben deconstruir su hetero-masculinidad tóxica para evitar dañar, aún inconscientemente, a las mujeres. Según la experta los piropos son una muestra de un micro-machismo latente intolerable, que aún perviven porque la sociedad no ha madurado la comprensión del daño que pueden ejercer sobre las mujeres.
*

Comentario:

Dispúseme yo a acicalarme medio decentemente con vistas a dar mi habitual paseo matutino, un buen día de invierno en el que los grajos volaban bajo y hacía un frio del carajo, cuando al tomar posesión del ascensor de mi habitáculo, en el que me resguardo de la infecta modernidad, ocurrió esto:

Una vez fuera de casa entro en el ascensor y pulso el bajo. Como la maquinaria elevadora es de esas que se va parando si otros usuarios han pulsado la tecla de llamada, al ir a mitad de camino desde mi planta, un noveno, se detiene el cubículo y se abre la puerta para dar paso a todo un espectáculo hecho mujer; alta, estilizada, elegantemente vestida, en la lozanía de la vida, con los pechos en su justa medida de lo que marca una voluminosidad adecuadamente moderada, con unos ojos como refulgentes perlas escondidas que ansiosamente anhelan alcanzar la superficie para competir en hermosura con los resplandores diurnos que el sol alumbra y, en general, toda ella radiante, toda ella desconcertante y apabullantemente bella. Era la primera vez que veía a semejante preciosidad de mujer, sin embargo, ella sí pareció reconocerme como a un vecino, lo cual es perfectamente entendible, ya que cuando salgo a la calle me pongo mis orejeras de burro para ver sólo lo que tengo delante, pues me desagrada en grado sumo aquello en lo que se ha convertido el hombre moderno y prefiero no mirar a la gente, una práctica que ella no ejerce, por lo que me habrá visto entrar y salir, alguna que otra vez, en el edificio.

El caso es que esa hermosura se planta en la puerta del ascensor, medio reticente, ya que mi aspecto exterior es ciertamente horripilante, y le digo:

-Pase.

-Gracias, responde ella.

El ascensor reanuda la marcha.

Silencio.

Más silencio.

Yo hago como siempre en estos casos, mirar al suelo y no decir ni media palabra.

Ella entonces dice:

-Hoy hace un día frio y está muy nublado, oscuro. No me gustan los días así de oscuros.

Yo alzo la cabeza, enfilo esos ojazos, y le digo:

-Con esos ojos tuyos es imposible que veas ni nublado ni oscuro; son dos luceros.

Ella sonríe, de oreja a oreja, y su rostro resplandece.

Yo sonrío, con una sonrisa estándar, moderada.

Nuestros ojos se funden en una mirada eterna.

El ascensor llega al bajo, la puerta se abre, la bella dama sale primero mientras sujeto la puerta. Atravesamos el recibidor. Le abro la puerta que da a la calle. Ella vuelve a sonreír, sale al exterior y bendice la calle con su escandalosa y radiante hermosura.

Ahora, cada vez que nos vemos sonreímos, y charlamos de temas intrascendentes.

Corolario:

La experta en diversidad de género, en igualdad y en comportamiento social, Lucía Marín, puede seguir haciendo apología de la doctrina feminista y de género a golpe de subvención del estado, la realidad es que a ninguna mujer en su sano juicio le disgustan los piropos.

¿A qué mujer no amodorrada en los satánicos convencionalismos de la modernidad le puede molestar que le digan, con educación, cosas bonitas? A ninguna. Eso es algo que disgusta solo a los que viven de adoctrinar y de incentivar la guerra de sexos para que los hombres y las mujeres recelen mutuamente. Lógicamente estamos hablando de piropos y no de groserías, pues nada tiene que ver lo uno con lo otro, y a lo que nuestra experta se refiere es a piropos, es decir: a hacer alusión a la belleza.

Aludir a la belleza no está fuera de lugar en ninguna circunstancia, es más, debería ser una característica definitoria del carácter humano alabar siempre lo bello allí donde resida.

Nuestra amiga, nuestra querida vecina que fue objeto del piropo al que en este artículo hacemos referencia, está encantada con nosotros. Siempre que nos vemos casualmente echamos unas risas, hablamos del tiempo y, de vez en cuando, le lanzamos dardos de amor en forma de palabras, en alabanza a su descomunal belleza. Y ella sonríe, siempre sonríe.  A nosotros no nos piropea, ni falta que hace, pues somos un hombre muy feo, y eso no ha lugar; es lo bello lo que se ha de ensalzar, y no lo feo. Con verla contenta tenemos bastante. Además, es de esas mujeres que penetran los velos y apuntan al corazón de los hombres, allí donde los resplandores moran, de modo que sabe de qué estamos hechos, más allá de este revestimiento de ogro con el que lucimos en el mundo de la materialidad física. Y así, siempre disfruta de nuestra horripilante presencia.

Ella y yo somos uno, y no estamos separados más que en la apariencia.

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Todo el mérito le corresponde a Nur, la luz de mi vida

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