Una garza en postración humilde – Poema de Eihei Dogen (2)

Una garza en postración humilde – Poema de Eihei Dogen (2)
abuddhistlibrary.com

Adaptado al español – despojosdeoccidente.org

 

Una garza blanca

Sobre los campos nevados,

En los que ni siquiera se ve la hierba,

A sí misma se esconde

En su blanquecina apariencia.

Comentario:

Los grandes sabios del pasado no escribían por aburrimiento, o para expresarse a sí mismos -para expresar sus emociones-, sino que escribían con el único propósito de vehicular el conocimiento sagrado a modo de legado a sus discípulos. El conocimiento sagrado es todo aquel que apunta a la Unidad, soporte, sustrato último y esencia final de todo, más allá de la apariencia múltiple.

Este poema de Dogen que estamos comentando lleva por título una garza en postración humilde, y su significado, hasta donde llegan nuestras entendederas, es el siguiente.

El acierto viene de Allah, y el error es nuestro. Y luego decimos:

La nieve inmaculada que todo lo cubre, no dejando ver la verde hierba de los accidentes temporales, es el espacio abierto de la consciencia sobre la cual Ella, la Verdad Primera y Última, se despliega en un luminoso resplandor constante, inobstruido y eterno. El impulso lumínico de la radiante consciencia es la única realidad existente posible y efectiva, en potencia y en hecho, sobre la cual los accidentes temporales son depositados al quedar coagulados sus destellos, debido a su alejamiento de los soles que los alumbran.

La garza blanca es el buscador de la Verdad que deviene indiferenciado de las luces que su corazón moran, las luces imperecederas. La forma externa no es más que un disfraz con el que se revisten los esplendores de Layla, la amada eterna de todos los hombres, aunque no lo sepan, y a ojos de sus amantes esos disfraces siempre radiantes relucen por lo que son, luz irradiada de la fuente de las luces primigenias, y no por su apariencia concreta.

Los hombres de Dios se ocultan en sí mismos, en su propia forma mundana, para que sólo los reconozca Ella, la pureza de la nieve incontaminada de atribuciones del ojo no acostumbrado a las majestuosas luces. La blanca garza y la nieve no están separadas más que a ojos de los que ofuscaron su visión en la oscuridad de las sombras que las formas contingentes proyectan; para los demás, para los verdaderos hombres que reasumir la pureza de su nieve interna pudieron, no hay distancia entre ellos y Ella.

La garza blanca está en permanente estado de humilde postración a la realidad de la blancura de su nieve incontaminada y eterna; los demás tienen que obligarse a sí mismos a forzar la postración en el mundo de las formas para activar el recuerdo, en total sumisión y entrega, de lo que son en su fuero más íntimo: pureza incontaminada tras quedar desanclados sus impostores egos.

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Todo el mérito le corresponde a Ella.

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