Un canto a la impermanencia y a las engañosas trampas de los apetitos mundanos.

60 cantos de Milarepa (n.13)

Adaptado al español –  despojosdeoccidete.org

Rechungpa, después de regresar de la India, contrajo la enfermedad del orgullo, por lo que Milarepa trató de curarle de diversas maneras. Una vez fueron a pedir limosna a una anciana, la cual les trató con desconsideración y no les dio nada. A la mañana siguiente la encontraron muerta y Milarepa dijo: “Rechungpa, al igual que esta mujer, todos los seres sintientes están abocados a morir, pero rara vez piensan en ello, por lo cual pierden la oportunidad de practicar el Dharma (las enseñanzas sagradas). Tú y yo debemos recordar este hecho y aprender una lección de la muerte de esta anciana.” Luego entonó este canto.

Y así cantó Milarepa:

Cuando los avatares de la vida golpean profundamente
Hiriendo el corazón, entonces nos acordamos
De lo que realmente importa:
El cultivo del amor y de la sabiduría
Que trasciende este engañoso mundo.
Si pensamos continuamente en la muerte
Es posible conquistar fácilmente el demonio del hedonismo.
La muerte acecha siempre; no sabemos cuándo moriremos
Y yaceremos inermes al igual que esta mujer.

Rechungpa, no seas presuntuoso y escucha a tu maestro.
¡Mira a tu alrededor! Todas las manifestaciones del mundo
Son tan efímeras como los sueños en la noche.
Cuando se piensa acerca del sufrimiento
Indisociable a esta vida transitoria
Uno se siente desolado.
Rechungpa, ¿has despertado completamente
A la irrealidad de este mundo y todo lo que contiene?
¿Te sacudió hasta las entrañas el desconcierto
De vivir en la inconsciencia?
Cuanto más pienso acerca de estas cosas
Más aumenta mi aspiración y devoción
Por las enseñanzas sagradas
De los hombres verdaderos (los sabios).

El cuerpo humano, siempre ávido de placeres,
Es un acreedor desagradecido;
Por mucho bien que hagas
El cuerpo siempre se dedica a plantar
Semillas de sufrimiento.
El cuerpo humano es un saco
De suciedad e inmundicias.
Nunca te enorgullezcas de él, Rechungpa.
¡Ahora escucha mi canto!

Cuando miro mi cuerpo
Lo veo como a una ciudad-espejismo;
Aunque lo pueda sostener durante un tiempo
Está abocado a desvanecerse.
Cuando pienso en estas cosas
Mi corazón se estremece.
Rechungpa, ¿acaso no es mejor cortar de raíz
Los apegos mundanos?
¡Oh! Cuanto más pienso en esto
Más devoción siento por las enseñanzas sagradas
De los sabios.

Una persona viciosa, encadenada a sus propios caprichos,
Jamás sabrá lo que es la felicidad.
Lo malos pensamientos son la causa
De nuestro posterior arrepentimiento.
La ambición es la causa de todas las desdichas.
Renuncia a la avidez, oh Rechungpa.
¡Escucha mi canto!

Cuando observo a mi mente llena de apegos
Veo que se asemeja a un gorrión de vida efímera
Y sin un hogar donde reposar.
Cuando pienso en estas cosas
Mi corazón se estremece.
Rechungpa, ¿te harás caer a ti mismo
En el lodazal de los disfrutes mundanos?
¡Oh! Cuanto más pienso en esto
Más devoción siento por las enseñanzas sagradas
De los sabios.

La vida humana es tan precaria
Con un delgado pelo de la cola de un caballo
A punto de caerse.
La vida puede extinguirse en cualquier momento,
Como le ha ocurrido a esta vieja esta noche.
No te aferres a esta vida, Rechungpa,
Y escucha mi canto.

Cuando observo mi respiración,
Veo que es efímera como la niebla;
En cualquier momento se esfumará.
Cuando pienso en estas cosas
Mi corazón se estremece.
Rechungpa, ¿no quieres librarte ahora mismo
De dicho miedo e inquietud?
¡Oh! Cuanto más pienso en esto
Más devoción siento por las enseñanzas sagradas
De los sabios.

Tener contacto con malas personas, aunque sean parientes,
Solo es causa de que la ira aumente.
El caso de esta anciana es un buen ejemplo.
Rechungpa, renuncia a la avidez
Y escucha mi canto.

Cuando miro a amigos y a consortes (lo que hoy se conoce como folla-amigas)
Se asemejan a los viandantes en un bazar;
El encuentro con ellos es casual y temporal,
Pero la separación es definitiva y para siempre.
Cuando pienso en estas cosas
Mi corazón se estremece.
Rechungpa, ¿no quieres librarte ahora mismo
De las cadenas de las apetencias mundanas?
¡Oh! Cuanto más pienso en esto
Más devoción siento por las enseñanzas sagradas
De los sabios.

Un hombre rico rara vez disfruta de sus riquezas,
Debido al sufrimiento indisociado de la codicia;
Es una “broma” del karma (ley de causa-efecto);
Las joyas y bienes preciosos de los ricos tienen el mismo valor
Que la bolsa de comida de esta miserable anciana.
No seas codicioso, Rechungpa,
Y escucha mi canto.

Cuando miro a la fortuna de los ricos,
Veo que se asemeja a la miel de las abejas;
El fruto de un duro trabajo que otros se comerán.
Cuando pienso en estas cosas
Mi corazón se estremece.
Rechungpa, ¿no quieres abrir el cofre del tesoro oculto
Que tu mente encierra?
¡Oh! Cuanto más pienso en esto
Más devoción siento por las enseñanzas sagradas
De los sabios.

Comentario:

El recuerdo constante de la muerte es una práctica ancestral de los hombres de conocimiento, pues activa la devoción y la aspiración espiritual en pos de la búsqueda del tesoro oculto de nuestra auténtica naturaleza luminosa y eterna, no nacida y no muerta, que los egos impostores constriñen.

Sin embargo, desde la llegada de la barbarie democrática el recuerdo de la muerte lo único que propicia en el decadente hombre moderno son las ganas de disfrutar mucho de la vida antes de que se acabe, o antes de que el vigor del cuerpo decline y se lo lleven a acabar de pudrirse en alguna destartalada residencia de ancianos. En consecuencia, al hombre de hoy solo le preocupa el placer mundano, sobre todo el sexual, pues la emoción que suscita es la más poderosa de todas en aras a olvidar que está malgastando su vida inútilmente.

Los hombres de Dios del pasado, si vieran el estercolero en que se ha convertido occidente, no dirían nada, no cantarían bellos cantos de amor devenidos en joyas de sabiduría y huirían al desierto o allí donde aún el último bastión de la humanidad, el Islam, resiste las acometidas de la bestia.

Nosotros hacemos esto, presentar la sabiduría de los verdaderos hombres desde esta trinchera ubicada en las estribaciones del desierto norteafricano (Sevilla), como un mero pasatiempo antes de nuestra inminente muerte, y no porque creamos que alguien, a estas alturas de los fascinantes logros democráticamente alcanzados, pueda beneficiarse. Esperamos con ello que la balanza, tras la caída del velo, se incline a nuestro favor, contrarrestando así el lastre de toda una vida vivida y malgastada en el error y el extravío.

velo2.jpg

Esto sí es una mujer como Dios manda; todo el mérito le corresponde a ella.

¡Allahu Akbar!

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