Los hombres están dormidos, cuando mueren despiertan.

¡Te cantamos, te alabamos, te damos gracias, te  imploramos, oh Señor nuestro!

Comentario:

Ellos están ahí, en las insondables profundidades a las que un día se asomaron para no retornar ya nunca. Se adelantaron a la muerte, muriendo antes de morir, y hallaron la verdadera vida tras la pantalla que erige el aparataje de los egos impostores. Quedaron derruidos en la contemplación del Amigo Íntimo que en los corazones mora, emergiendo de nuevo a la luz de la visión, después de la caída del velo, con una inusitada fuerza hasta llegar a inundarlo todo.

Ellos están ahí, observando, mirando el devenir del mundo, contemplando el decadente espectáculo de los hombres desposeyéndose a sí mismo de todo aquello que los eleva, y adoptando todo aquello que los humilla y denigra. Ellos están ahí, rezando, implorando al Señor de Señores, a la luz de las luces, para que las consciencias sigan siendo el espejo de sus magníficos resplandores y de sus destellos sublimes.

Ellos están ahí, y nos miran, nos observan. Cuando todo se derrumbe, cuando todo se desmorone en un mar ponzoñoso de trastornos, traumas y psicopatías que traduce el alejamiento de Dios, de sus hombres y de su guía, ellos seguirán estando ahí… para recordarnos quienes somos: eternidad sin fin ni principio, espacio abierto luminoso y eterno, no nacidos, no muertos, dicha, felicidad y gozo puro.

Ellos, los hombres de Dios, sostienen toda la creación entre sus amorosas manos, ellos son la única causa por la que los rutilantes astros aún siguen circunvalando esta hermosa planicie, donde un día nuestro Señor nos depositó para que alabáramos Su majestuosa gloria. Ellos son la causa de que Él se vea reflejado a Sí mismo en el espejo de Su creación. Cuando el último de ellos muera… ¡oh, cuando el último de ellos muera!… habrá llegado la hora de rendir cuentas, habrá llegado la hora de que tú y yo tengamos que encarar la faz de Su arrolladora presencia.

Los hombres están dormidos, cuando mueren despiertan. Ellos, los hombres de Dios, se adelantaron a todos y ya despertaron, antes incluso de morir, a la irrealidad de las fantasmagóricas sombras que sus egos proyectan. Ahora las luces los dominan y los alumbran; hacia arriba, hacia las moradas celestes no ven sino luz; hacia abajo, hacia las simas infernales del inframundo, no hay más que luz; a derecha y a izquierda, sólo luz; y hacia adentro, hacia el abismo de su sí mismo desvelado, luz sobre luz. Amaneció para ellos el sol de la presencia única… y se hizo de día.

¡Te cantamos, te alabamos, te damos gracias, te  imploramos, oh Señor nuestro!

Dedicado a los últimos hombres de Dios, los últimos hombres libres, los que murieron antes de morir para nacer a la verdadera vida.

*

Un canto de la tradición cristiana ortodoxa

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