¿Por qué pones tu corazón en aquello que te daña?

Cuando ves algo que tu corazón no soporta, ¿por qué lo conduces hacia allí?

– Shams Tabrizi

¿Quién puede responder a esta pregunta? ¿Quién puede dar respuesta a esta inquietante y escalofriante pregunta del maestro Shams Tabrizi?

¿Por qué nos empeñamos en perseguir fantasmas, oscuridades, sombras?

Los expertos en felicidad mundana y en exprimir la vida para sacarle todo su jugo mediante el explayamiento en los ilusorios placeres, los especialistas en el “carpe diem” existencial de este bajo mundo de barro, polvo y cenizas, ¿pueden dar una respuesta razonable a la tendencia autodestructiva del hombre moderno en occidente, ante la ausencia de una guía moral clara, ante la ausencia de Islam?

Las  academias, las universidades, las factorías de ideas que merecen la pena ser propagadas (como TEDx, un “think tank” satánico dedicado a esparcir la basura del marxismo cultural), los influencers de moda, los aspirantes a influencer para poder vivir de la publicidad que inserta youTube, blogger o wordpress… todos ellos, ¿qué respuesta tienen para ofrecerle al maestro?

Midan bien sus palabras de expertos contemporáneos antes de contestar,  pues el maestro Shams Tabrizi les observa con una vara verde de olivo en la mano para sacudirles en la boca.

Hay que haber muerto mil y una veces para saber de qué se trata, y los expertos del mundo moderno andan demasiado obnubilados con pasárselo bien como para que descubran la sabiduría que encierran las palabras de los maestros del pasado.

Por las brechas del dolor se asoman las luces; por las fisuras del corazón resquebrajado, roto, recompuesto y vuelto a romper de nuevo en miríadas de fragmentos, en su búsqueda del amor pleno, se filtran los fulgores eternos; por los resquicios de la desolación, tras llevar la frente al suelo abatidos de tanto buscar y no hallar, se filtran las luminarias que nos alumbran el recuerdo de que todo lo que no es Ella, todo aquello que es perecedero,  todo aquello que es insatisfactorio, todo aquello que es incompleto… todo eso es fútil y vano como un espejismo.

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Queremos volver a casa, a nuestra morada verdadera en la infinitud sin fin ni principio de la consciencia despierta, pero hemos olvidado el camino de vuelta; por eso volcamos el corazón en lo insustancial, en lo contingente, en fulano o mengano que nos hacen daño, para quedar rotos, humillados y deshechos de dolor de modo que sólo la busquemos a Ella, a nuestra amada eterna que tras el velo de lo condicionado luce radiante, magnífica.

¿Acaso no es un corazón roto de amor lo que la amada le pide a cada momento a su amante ferviente? Un corazón que sólo tenga ojos para ella y que sea ciego a todo lo demás. Lo mismo pasa con Layla, nuestra amada eterna que en los corazones mora, nuestra innata realidad luminosa y eterna; mientras el corazón esté en otra cosa jamás sabremos lo que es la plenitud de ser lo que realmente somos. Y por eso nos empeñamos en rompernos el corazón una y otra vez tras todo aquello que nos daña y lastima, para que el sufrimiento por lo perecedero nos haga virar, por hartazgo, hacia el descubrimiento de los imperecederos gozos en compañía de Aquella que no muere nunca, en compañía y unión perfecta con Aquella que mora en nuestro núcleo más íntimo; Aquella joya resplandeciente, siempre evasiva, que nos llama al festín de sus fulgores magníficos desde el abismo de nuestros adentros, donde sólo Ella tiene cabida.

Por eso en occidente, ante la ausencia de sabios, ante la ausencia de Islam, los hombres no hacen más que arrojarse a los acantilados de la cerrazón y de estrellarse contra los muros de los apetitos mundanos, siempre pasajeros y frustrantes. El patético hombre moderno occidental quiere volver a casa y surcar las imperecederas luces, pero no sabe cómo hacerlo, y nadie hay a su lado que le recuerde el sendero de regreso a sí mismo, sino que sólo está rodeado de otros hombres igualmente tristes y desconcertados a los que  no les queda más remedio que paliar su frustración e infelicidad existencial con drogas, con fiestas, con folla-amigos, con folla-amigas, con antidepresivos, con antisicóticos, con somníferos, con las casas de apuestas deportivas y con el suicidio.

mezquita1Y es por eso que en el mundo civilizado, esto es, en el mundo islámico o allí donde aún rige el espíritu de la tradición, no ocurre eso. En el mundo islámico, cuando a la gente se le rompe el corazón por los avatares de la vida o por las trasgresiones de un ego no educado, acuden a los hombres de Dios para que los ayuden con sus consejos, con su sabiduría. En el mundo islámico, cuando las mujeres quedan desechas de dolor acuden a las mezquitas, hablan  con el imam,  hablan con los hermanos y hermanas que allí van a llevar la frente al suelo en humildad; o acuden al niño que, al volver la esquina, vende melones. Sí, los hombres de Dios, los sabios, en el Islam, también pueden ser niños.

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Entonces ellos, los sabios, les hablan con dulces palabras, y les dicen que acudan al libro sagrado, al Noble Corán, luz y guía hacia el discernimiento y el establecimiento de la paz y la armonía en nuestras vidas.

Escuchen a Hatif, la voz del desierto, susurrando la respuesta. ¿Por qué pones tu corazón en aquello que te daña?

Hatif – La voz del desierto (youTube)

¡Allahu Akbar!

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