Erase una vez un mundo donde los hombres sí que amaban a las mujeres.

Una queja recurrente de la mujer soltera occidental que ronda su treintena de edad, tras haber dejado atrás la etapa de díscola carruselera, es que ya no hay hombres que merezcan la pena, buenos hombres. ¿Dónde están, pues, esos hombres de verdad, hombres decentes y dignos de ellas, si es que aún queda alguno?

En occidente no hay hombres que merezcan la pena porque de jóvenes han dedicado sus vidas a lo mismo que las mujeres: a autodestruirse, esto es, a las fiestas, a los botellódromos, al alcohol y al sexo desinhibido, y ello gracias a la educación en valores que les proporcionó la democracia. El paso por esa etapa tan divertida de la vida, a la que la tiranía democrática condena a la juventud, no es gratuito, pues deja sus secuelas en forma de todo tipo de trastornos, traumas y psicopatías supuradas, de efectos ya irreversibles. Así pues, lo único que pueden hacer los treinta añeros que buscan una pareja digna es enmascarar la frustración de no encontrar a nadie con quien compartir la vida que merezca la pena, mediante medicinas y terapias, a cada cual más ridícula e inútil. Tras desperdiciar la lozanía de la vida fumando porros, en fiestas y follando mucho, después pasa lo que pasa, que vienen las quejas… las quejas de que ya no hay hombres. La mujer que así se queje seguramente tenga algún hijo bastardo que jamás conocerá a su padre; ¿qué hombre en su sano juicio se iba a querer comprometer con una mujer así, que no se protegió de los estragos de la modernidad al abrigo del azote de la democracia y de su infecta educación en valores? Ahora toca asumir las consecuencias y aprender a sobrevivir, a base de terapia y medicina, con las secuelas emocionales de años vividos en la inconsciencia de los disfrutes mundanos, en la inconsciencia del carrusel de la vida loca…, aunque muy divertida y emocionante, eso sí.

Gay Pride Parade, Tel Aviv 2019

Orgullo gay.

Las mujeres se preguntan, ¿dónde están los hombres de verdad?

Los hombres que merecen la pena no están en occidente (salvo honrosas excepciones), sino en el mundo civilizado, o sea, en el mundo islámico o allí donde pervive aún el espíritu de la tradición. Un mundo donde el machismo, que cosifica a la mujer y la trata como a una basura, como a un objeto de usar y tirar, no ha hecho acto de presencia ni se le espera. Justo lo contrario de lo que pasa en las sociedades machistas occidentales, donde los más machistas no son los hombres precisamente, sino las propias mujeres que, con su actitud promiscua, degenerada e impúdica, a sí mismas se humillan y se denigran. No necesitan a ningún hombre al lado para que las machaque, pues ellas solitas se bastan y se sobran para autodestruirse, y para meterse en ese agujero de ponzoña en el que andan sumidas, al no haber tenido la fortuna de contar con alguien al lado que les diga para qué venimos a la vida.

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¡Bienvenidos a occidente, bienvenidos al mundo incivilizado, bienvenidos al mundo al revés!

Nosotros le vamos a decir a todas esas mujeres que se quejan de que ya no hay hombres, aunque de nada sirva, para qué venimos a este mundo. A la vida no se viene a vivir apasionadamente y pasárselo bien, a la vida no se viene a tratar de ser feliz; la vida es el don que el Creador nos otorga para que aprendamos a desenredar las luces imperecederas que los egos constriñen, a la vida se viene para descubrir quienes somos: eternidad sin fin ni principio, un fulgurante resplandor no nacido y no muerto reflejado sobre el espejo de la consciencia que ha despertado del sueño de esta vida.

Quizás algún experto del “carpe diem” mundano opine que ambas cosas no son incompatibles, o sea, que se puede disfrutar de la vida y al mismo tiempo hollar las luminosas planicies de la presencia eterna, más allá del tiempo y del espacio; que se pueden experimentar las bondades del descubrimiento de excitantes emociones nuevas mientras acabamos de decidir si somos o no somos homosexuales, o bien nos gusta todo, y al mismo tiempo buscar el conocimiento hacia el desenvolvimiento de las luces eternas. Nosotros decimos que no, que ambas cosas son incompatibles, pues donde hay “yo” no hay verdad, y donde hay “verdad” no hay risas ni jolgorio, sino tristeza y llanto por ver la deriva espiritual y humana del mundo moderno, tristeza y llanto por la autodestrucción del ser humano. Por eso los hombres de Dios se han echado al monte para afrontar en soledad lo inevitable, mientras los niñatos tomaron su relevo como guías ciegos para conducir a los ciegos hacia el abismo del foso abierto de los placeres y la felicidad mundana, so excusa de crecer como personas, como hombres… o como gusanos más bien.

No hagan caso a los influencers expertos en sacarle el jugo a la vida, pues no son más que unos pobres imbéciles que sólo dicen tonterías. ¿Cuál es su currículum, dónde han estudiado, qué materias, quienes son sus maestros, han viajado no por placer, sino en búsqueda de los sabios, y al final, han rebuscado dentro de sí mismos el conocimiento sagrado hasta hallarlo cierto? Se nos pedirá cuenta de todo, de cada palabra pronunciada, de cada perjuicio inducido, de cada confusión inspirada, de cada daño inoculado inadvertidamente. Expertos del mundo moderno, midan bien sus palabras.

Saquen a sus hijos del colegio y llévenselos al campo, edúquenlos ustedes mismos y no dejen que el sistema les provea de aquello que los destruirá de adultos.

Erase una vez un mundo donde los hombres sí amaban a las mujeres. Contrariamente a lo que ocurre en el incivilizado occidente, la mujer en el Islam, al haber sido educada conforme a los trascendentes valores que emanan del Sagrado Corán, es objeto de respeto, de admiración y de veneración por parte de los hombres. Y las musulmanas están muy felices y encantadas de que así sean las cosas.

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¡Allahu Akbar!

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