Somos monjes guerreros en un inhóspito mundo.

Somos monjes guerreros en un mundo que se ha vuelto inhóspito para nosotros, y nos llevamos a nuestra amada a un lugar seguro. Ya no podemos seguir viviendo aquí, en estas inhabitables tierras para el espíritu. Surcaremos el mar de la desolación con ella y con nuestras escasas pertenencias; un cuenco de mendicante, un rosario de cuentas, nuestras ropas de renunciante y nuestra bolsa de mendrugos de pan duro. Con eso tenemos bastante, si estamos junto a ella.

Reanudaremos ahora la marcha después de habernos solazado al calor de los primeros rayos del sol vespertino y buscaremos un lugar tranquilo donde el espíritu pueda medrar y florecer al arrullo de una favorable brisa, muy alejados del inhumano fluir de este depravado mundo moderno y de sus gentes enfermizas. La barcaza del amor tiene unas amplias reposaderas, y allí vararemos, ella y yo, para reclinarnos y volver a ser lo que fuimos: seres de luz recostados sobre el tierno y acogedor regazo del recuerdo de la presencia única, más allá del tiempo y del espacio, más allá de condiciones y de causas, más allá de circunstancias  y de avatares, más allá de las sombrías sombras proyectadas por estos egos impostores.

Ella y yo reasumiremos nuestro luminoso origen en la fuente de las luces primigenias, no nacidas y no muertas, y allí seremos felices para siempre, eternamente.

barca1

Dedicado a Ella.

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