Han vuelto, y están aquí para quedarse.

Los sabios del pasado alcanzaban la eternidad sin necesidad de abandonar este mundo contingente sujeto a la degradación, a la enfermedad, a la decrepitud y a la muerte constante. Desde sus retiros en lejanas cimas de montaña, o en valles desolados por donde nadie pasa, ellos entonan con sus vidas las bellas melodías de los evanescentes ecos de la verdad que todo lo sustenta y que todo lo penetra. Y como un eco más devenido en leve susurro que se apaga, desde esa insondable realidad, no nacida y no muerta, en la esfera de la luminosidad eternamente pura, nos cantan y nos deleitan con sus hermosas melodías.

Ellos han vuelto de su retiro en la eternidad sin fin ni principio de la consciencia despierta para estar entre nosotros, en estos tiempos finales previos al cierre del presente ciclo del devenir cósmico; ellos están aquí de nuevo, entre nosotros, plantando semillas, unas semillas que pronto germinarán en el deslumbrante espectáculo del frondoso vergel de los jardines de Layla, bajo los soles espléndidos del nuevo amanecer de la presencia única.

Ellos han vuelto, los hombres de Dios, y están aquí para quedarse hasta la derrota definitiva de la bestia.

Ellos han vuelto, los hombres de Dios, y están aquí para quedarse hasta la derrota definitiva de los pregoneros de la inmundicia cultural que ha derruido a medio mundo (occidente).

Ellos han vuelto, los hombres de Dios, y están aquí para quedarse hasta la derrota definitiva de los educadores ateos, de los expertos en coaching emocional y en liderazgo, de los capacitadores del éxito y de los especialistas en motivar a la gente en su búsqueda de la felicidad mundana en detrimento de la felicidad genuina que en el ámbito de la trascendencia pura, al otro lado del espacio y del tiempo, reside.

Ellos han vuelto, los hombres de Dios, y están aquí para quedarse hasta la derrota definitiva de los psicólogos con sus pueriles consejos para gente inmadura, de los psiquiatras con toda la toxicidad de sus venenosas drogas y de los pediatras, con sus mortales vacunas.

Ellos han vuelto, los hombres de Dios, y están aquí para quedarse hasta la derrota definitiva de los homosexuales orgullosos de serlo, de los transgéneros psicópatas, de las empoderadas feministas y de sus aliados eunucos.

Ellos han vuelto, los hombres de Dios, y están aquí para quedarse hasta la derrota definitiva de la casta parasitaria adepta al talmud de Babilonia, los adoradores del becerro.

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