Poema de muerte (11)

Allí, junto a aquella hermosa doncella,
Quedó mi espada;
¡Oh! ¿Qué fue de aquella espada?
No podré recobrar con ella el honor,
Y otro acero no adelantará mi muerte
Sino que esperaré paciente
A que las ilusorias formas
De este ilusorio mundo, por sí mismas,
Se descuelguen.

      – Uzman García

Comentario:

Escribir poemas de muerte es una importante tradición no sólo en Japón, sino allí donde el espíritu de la tradición está presente. Cualquier tiempo es bueno para escribirlos, aunque es en la inminencia de la muerte cuando sus palabras revisten mayor gravedad y profundidad, pues la cercanía al descorrimiento del velo de la ilusión, que el común de la gente conoce como “muerte”, las imprime de un vigor y emotividad especial, con lo que ello implica de un mayor calado inspiracional en el corazón de aquellos que lean el poema y que aún vivan sojuzgados por la aparente realidad que el aparataje de sus egos impostados e impostores proyectan.

A nosotros nos gusta escribir poemas de muerte de cuando en cuando, y no porque vayamos a morir prontamente, sino para celebrar que ya estamos muertos y que nuestro único empeño existencial es descorrer velos, desentrañar nudos, alumbrar sombras, aclarar rincones oscuros y desentrañar la intrincada maraña de este plano de consciencia impermanente, tras el despertar del sueño de la ilusión que las identificaciones egocéntricas pergeñan. Según la visión de los hombres verdaderos, a la cual estamos adscritos, la muerte no es más que otro velo que se retira.

El recuerdo de la muerte es una de las prácticas espirituales fundamentales que todos los maestros de la tradición recomiendan, y por eso en el Islam, la última vía revelada y update final del camino hacia el asentamiento de las luces imperecederas ocultas en el corazón, es tan importante el recuerdo constante de la muerte, con todo lo que ellos conlleva de introspección en pos del desvelamiento de la verdad trascendente soterrada bajo lo contingente. Pero la práctica espiritual del recuerdo de la muerte requiere de un caldo de cultivo particular para que surta efecto en las gentes, y es que la sociedad sea madura y que se haya formado al abrigo de una cosmovisión trascendente, en donde la existencia de Dios, de una dimensión eterna no sujeta al nacimiento ni la muerte, y que  es lo que somos en nuestro fuero íntimo, no se cuestiona y es universalmente aceptada.

Por eso, en occidente, donde ya nadie cree ni busca a Dios -a la Inteligencia Creadora-, el recuerdo de la muerte tiene el efecto contrario al esperado en las sociedades civilizadas, esto es, el mundo islámico básicamente, más allí donde aún hay restos de la tradición primigenia. En el incivilizado occidente el recuerdo de la muerte lo único que provoca son ganas de olvidarse de la muerte por medio de la explayación en los placeres mundanos, sobre todo del sexo. El devaluado hombre occidental moderno piensa que la vida son tres días, y que por lo tanto hay que aprovechar el momento y disfrutar, viajar, experimentar con identidades sexuales novedosas, probar los azotes mientras se folla, ir a locales de swinging y divertirse todo lo que se pueda, antes de que el vigor del cuerpo decline y llegue la hora de pudrirse en alguna residencia de escombros humanos, en total soledad y sumidos en la más absoluta tristeza; sin hijos, sin amigos, sin mascotas y sin consciencia luminosa, pero con muchas drogas legales y soporíferas para poder tolerar la ignominia.

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Parejas swingers

El crecimiento de la persona es el crecimiento de la ignorancia…

El desconocimiento del funcionamiento de la consciencia es total en occidente. ¿Acaso no ve el patético hombre occidental que no era y pasó a ser, que no veía y pasó a ver, que no oía  y pasó a oír, etc? La consciencia se abrió a las luces y se alumbró nuestro mundo, cuyas luces quedaron coaguladas por la errónea creencia en una existencia independiente y separada, esto es, la personalidad, la persona, el personaje que nos acompañará hasta la muerte, con sus paranoias,  sus frustraciones y su goces superfluos; la “persona”, esa fantasmagórica ilusión que los psicólogos, educadores y niñatos influencers de la modernidad dicen que tenemos que hacer que crezca. “CRECER COMO PERSONA”, dicen los ignorantes.

El crecimiento de la persona es el crecimiento de la ignorancia con respecto a nuestra realidad interna, luminosa y eterna, que en los corazones mora y que no está sujeta a crecimiento ni decrecimiento. Eso es lo que somos: eternidad sin fin ni principio, y todo lo demás no es más que un sueño.

Tras la muerte las luces coaguladas en el ego, en la persona, se descoagulan y reingresan en la fuente según su inercia lumínica o sombría, en función de aquello que se cultivó en vida. Así que más vale que los expertos en felicidad mundana se callen para siempre, y dejen que sean los hombres de Dios los que guíen e iluminen a la gente, pues tanto del extravío propio como del ajeno que propiciemos se nos pedirá debida cuenta.

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Comentarios

One comment on “Poema de muerte (11)”
  1. Opinen, educadores, influencers y psicólogos de occidente expertos en triturar consciencias.

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