Estamos en el mundo, sin ser del mundo.

Estamos en el mundo, pero no pertenecemos a él. Nuestra materialidad física recorre las catacumbas de la clandestinidad, en los escondrijos subterráneos y los sótanos, al resguardo de la mirada de los vigilantes y de los inquisidores vecinos, pues todos somos sospechosos de bioterrorismo y no está permitido asomar el gaznate a la calle, ni hablar con nadie que no sean tus compañeros del presidio domiciliario. Nuestro cuerpo contingente sujeto al nacimiento, al crecimiento, a la enfermedad, a la decrepitud y a la muerte está en este reino inhumano de oscuridad, pero no somos de esta tierra; nuestro corazón, nuestra realidad íntima  y profunda, reside en el ámbito de la perfecta pureza, alumbrada por los resplandecientes soles de la realidad primera y última, siempre luminosa, trascendente, eterna y radiante.

Nuestra materialidad se ajusta a las satánicas normas del nuevo ordenamiento coronavírivo, con vistas a pasar desapercibidos y que no nos de por culo la borregada vecinal, mas nuestro espíritu, nuestra realidad esencial, reside más allá de todo, y en todo momento surca la vastedad del espacio infinito, en el dichoso gozo de la sabiduría que comprende que uno somos, inseparables, con el Gran Espíritu que todo lo regenta, que todo lo penetra, que todo lo sustenta y que todo lo preside. Ante Su esplendorosa visión los velos de la alteridad caen deshechos y hechos ceniza, mostrándonos siempre el radiante rostro del Uno-Único. Todo participa de Él, sin ser Él; y Él está en todo, sin que nada lo toque. Todo yace muerto en la nobleza de Su luminosa faz, y nada temen aquellos que, como nosotros, a Su fulgor trascendente viven consagrados.

Esta experiencia clandestina, al resguardo del virus fantasma, es una extrardinaria oportunidad para remontar el vuelo desde lo creado hasta las luces del Creador que todo lo alumbra.

No pierdan el tiempo en vano, y entréguense de cuerpo y alma a la inconmensurable visión de la Gran Luz, omni-abarcadora, sempiterna y omni-penetrante.

(11) A los creyentes Allah pone el ejemplo de la mujer de Firaun cuando dijo: “¡Señor mío! Construye para mí una casa junto a Ti, en el Jardín, y líbrame de Firaun y de su malévolo proceder. Sálvame de la gente infame.”

Corán, sura 66.

luz11

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