¿Meditar sirve para algo?

La respuesta a la pregunta, ¿para qué meditamos?, varía en función de los destinatarios de dicho  cuestionamiento. Por un lado tenemos a los coach’s emocionales, a los influencers emotivos, a los expertos en vivir bien y a los especialistas en felicidad mundana, según los convencionalismos del degenerado mundo moderno (grupo A); y por otro tenemos a los hombres de Dios, o aquellos que sin ser hombres de Dios, aspiran a serlo (grupo B).

Grupo A

Los integrantes del grupo A, esto es, la generalidad de los terapeutas responsables de desorientar aún más a los desorientados que acuden a ellos en busca de alguna orientación orientadora que los oriente en sus desorientadas vidas, afirman que meditamos para estos objetivos: 1- para ser felices; 2- para ayudarnos a desbloquear bloqueantes y enajenantes bloqueos psicológicos supurados en todo tipo de traumas y psicopatías, que no hacen más que limitarnos y bloquear nuestras ganas de disfrutar de la vida desprejuiciadamente a estilo master-hedonista; 3- para conocernos a nosotros mismos, pues si nos conocemos, sabremos dónde están nuestros miedos, y si sabemos identificar los miedos, sabremos alejarnos de ellos para hollar fascinantes espacios, fuera de nuestra zona de confort, siempre encorsetadamente cohibidora y frustrante.

Es decir, todos esos expertos en felicidad mundana y en terapias meditacionales son unos solemnes gilipollas que sólo dicen gilipolleces, y como consecuencia, ahora, los imbéciles meditan con la mascarilla-bozal puesta y le hacen palmas a la policía y a los sanitarios, es decir, a sus verdugos –los unos porque son los que velan para que obedezcan como ovejas, y los otros porque serán los que les suministren las vacunas asesinas.

Grupo B

Los miembros del grupo B, en lo que respecta al presente análisis intelectualoide acerca de para qué meditamos, son los hombres de Dios, o aquellos que aspiran a serlo. Según esta exigua minoría residual e imperceptible, meditamos para quedar vacíos, rotos, deshechos, arruinados, arrasados y  exterminados, de modo que donde antes medraba la  ilusión del “yo soy”, se abran, impetuosas, las imperecederas luces no nacidas y no muertas, o sea, eternas.

La meditación es sin objetivo alguno, esto es, uno medita, uno se sienta y enfoca las puertas de los sentidos en torno a lo que es, pero sin ser. En la práctica esto se traduce en que meditamos,  pero sin meditar; pensamos, pero sin pensar; oímos, pero sin oír; olemos, pero sin oler; hablamos, pero sin hablar; actuamos, pero sin actuar, etc. Y ello debito a que el observador ya está muerto en lo observado, es decir, en la irrealidad de su propia inexistencia,

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La tradición del budismo zen le llama a esto Shikantaza: tan solo sentarse, sin metas, sin aspiraciones, sin aceptación, sin rechazo, sin tomar, sin dejar… solo sentarse como medio de expresión de lo que es, de lo que somos, tras el aparataje de la apariencia.

El resultado de meditar conforme a los hombres de Dios es el contrario al resultado obtenido al meditar conforme a los expertos del mundo moderno; lo cual quiere decir que a los verdaderos meditadores/yoguis jamás se les ocurriría ponerse un bozal para meditar, ni ir por la calle hecho un mamarracho, mientras sorben sus propios mocos. Muy al contrario, para el verdadero practicante de la meditación, que es no-meditación, todo el ámbito de lo creado refulge por la luz radiante de lo que es,  una vez deshechas y disueltas las impostadas proyecciones egocéntricas. Un hombre tal, ciertamente desconoce lo que es el miedo y las inseguridades.

La zona de confort, de seguridad, de los verdaderos hombres es todo el espacio, por lo que no tienen necesidad de salir de sus zonas oscuras y tenebrosas, donde el miedo campa a sus anchas. Los miedos son como las nubes pasajeras que nos sobrevuelan desde lo alto, tan delicadas, impermanentes y sutiles. Nuestros traumas, paranoias e inseguridades son como delicadísimas y bellísimas flores, portadoras en sí mismas de las semillas germinadoras del espacio, luminoso, radiante e infinito, en el cual flotan grácilmente como una fina llovizna de copos de nieve. El portador del ojo que ve lo que no es, de instante a instante, disolverse en su propia inconsistencia, deviene imperturbable y sereno como el Monte Meru, el rey de los montes, cuyas acogedoras lomas todo lo acogen ecuánimemente, tanto las turbulentas ventiscas como los cálidos rayos del sol, cuando esplendorosamente todo lo ilumina.

Los verdaderos hombres siempre están confortables y seguros, más allá de causas, condiciones y localizaciones, haiga virus o no los haiga, y con independencia de los dictámenes del gobierno terrorista.

Así pues, ¿meditar sirve para algo?. Sirve y no sirve, en función de si meditar cataliza la inteligencia, es decir, la facultad de discernir lo verdadero de lo falso. ¿De qué sirve meditar si luego vamos por la calle haciendo el tonto con el tapabocas puesto, inhalando nuestro propio co2, y nos creemos todo lo que los terroristas del gobierno dicen en la TV?

No mueran estúpidamente, sino lúcidamente y sin miedo.

despo ico2

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