Hologramas, virus, vacunas y muchos sinvergüenzas.

La atrocidad de la imposición de esta nueva normalidad inhumana, a costa de la gran farsa de la pandemia, solo puede ser debidamente sobrellevada por los verdaderos hombres, aquellos que saben que ya están muertos en el tierno regazo de su Amada Eterna, por lo que pueden enfrascarse, despreocupados, en una lucha a muerte contra los enemigos de la humanidad; esa pequeña casta autoerigida para enseñorear al ganado -los “goyim”, usando su terminología-, esto es, a todo el mundo excepto ellos.

El gobierno terrorista, la comunidad médica sin ética y sin dignidad, la policía zombi, los endiosados jueces y los borregos que se han creído la gran farsa de la impostura pandémica pueden estar tranquilos, pues todos ellos ya están muertos en la irrealidad de su propia inexistencia. Estamos en una realidad holográfica, y todos ellos no son más que personajes impostados, superpuestos, como las superpuestas sombras chinescas: sin sustancia propia, sin entidad propia, sin sustrato propio, sin cuerpo y sin raíz, que sobre el luminoso haz de la luz primordial que todo lo ilumina se proyectan, a modo de velo.

En especial, la indigna comunidad médica debería saber esto, pues se supone que son personas estudiadas. Empero, lo que vemos es que el 99% de los médicos son unos miserables que callan, por miedo a ser señalados o porque reciben regalías por su complicidad, propiciando así el inminente genocidio por la inoculación, obligatoriamente, de las vacunas asesinas. ¿Por qué los médicos no se plantan delante de las puertas de sus hospitales para denunciar la mentira del CO-19, como ya han hecho muchos de sus colegas disidentes en las redes sociales? ¿Por qué no claman en contra de la barbaridad del uso obligatorio de las insalubres mascarillas?

Se está cometiendo un atentado de lesa humanidad, que atenta contra la dignidad y la salud de personas enfermas y sanas, que acabarán enfermando o acentuando sus preexistentes dolencias, al auto-dañarse el sistema inmune mediante la inhalación de CO2, el sorbido zurraposo-bacteriano de sus propias embozadas babas y la degustación perpetua del miedo a espuertas, gracias a la desinformación que emiten en la TV los voceros del gobierno terrorista.

¿Por qué no clama la despreciable y ruin comunidad médica acerca del despropósito y las terroríficas secuelas, físicas, mentales y económicas del confinamiento masivo?

Para nosotros, y para cualquiera que conserve medio gramo de cordura, la comunidad médica es cómplice de terrorismo y de genocidio. De terrorismo porque callan ante la difusión permanente del miedo en los mass-media, hasta haber conseguido aterrorizar a todo el mundo a causa de la amenaza de un virus fantasma; y de genocidio, porque ya se ha cometido un genocidio, de suicidios y de muertes catalizadas por las inhumanas e ilegales medidas impuestas, en contra de toda lógica y contraviniendo la buena y ética praxis médica.

Por todo ello, le decimos a la comunidad médica canalla: iros a tomar por culo. ¡Gentuza!

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