Las mujeres no tienen ni pizca de gracia, pero quieren un hombre que las haga reír.

Un seguidor de este blog de despojos, Manolo, nos ha hecho una donativo y propone un tema ciertamente interesante para el artículo de hoy. Les recordamos que nuestra cuenta de PAYPAL está abierta a sus contribuciones monetarias; cualquier cantidad es bienvenida y será debidamente invertida en aprovisionar nuestro zulo para poder sobrevivir a la hecatombe vírica zombi, ya que es necesario que algunos seres humanos se mantengan vivos, y humanos, con vistas a sembrar las semillas de consciencia pertinentes una vez que se haga tabla rasa y sea aniquilada la casta parasitaria –deep state– y todos los gobiernos terroristas del mundo, incluido el español. Pero, comencemos el show. Aquí las palabras de nuestro benefactor Manuel:

“Hola Uzman, el tema que te propongo tiene que ver con una anomalía de la mujer moderna, que por más anómala que sea parece haberse convertido, a estas alturas del deterioro de la psique femenina, en una norma. Las mujeres occidentales no tienen ni pizca de gracia, pero demandan hombres graciosos que las hagan reír. ¿A qué se debe esta extrañeza?”

Querido Manolo, gracias por tu donativo y por proponer este desconcertante tema. Esto es lo que tenemos que decir al respecto, que lo disfrutes:

La anomalía que comentas se debe a que las mujeres occidentales creen que tener sentido del humor y hacer reír a la gente es un signo de inteligencia. ¿Qué lección podemos aprender acerca de esa torcida percepción de las mujeres, ateas y feministas, acerca de lo que es la inteligencia?

La lección que podemos aprender es que en la incivilización occidental no ha quedado ni el más leve rastro de conocimiento verdadero. Todo ha sido arrasado. La inteligencia es, según los verdaderos hombres, la capacidad para discernir lo verdadero de lo falso; una capacidad, o habilidad, en la cual no está incluida la capacidad o la habilidad para hacer reír a nadie, y menos a las mujeres.

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Él: ¿Cómo te gustan los chicos?

Ella: Que les guste viajar y que me hagan reir.

¡Oh! ¡Pero! La noción de “inteligencia” predominante en occidente es antagonista a la definición de “inteligencia” que acabamos de dar. La inteligencia, según el patético hombre occidental moderno, no es más que un indicador del coeficiente intelectual (C.I.), el cual es medido mediante test’s diseñados a tal fin para concretar un coeficiente -que cuanto más alto sea más chiflará a las mujeres ateas. Y ello se debe a que un C.I. alto va asociado a la capacidad de saber proveerse de recursos y bienes mundanos a través del dinero; lo cual a su vez implica una atracción irresistible en las hembras occidentales, que no dudarán en abrirse de piernas para que las posea sexualmente cualquier hombre de alto C.I. –y si además tiene alto el pene, mejor que mejor. En definitiva, un alto coeficiente intelectual hace mojar las bragas a la mayoría de ellas. ¡Un auténtico horror!

¡Oh! ¡Pero! Como ya hemos indicado, la inteligencia no es la capacidad parta resolver sudokus en poco tiempo, sino una capacidad de discernimiento que nos hace discernir lo verdadero de lo falso. Por “verdadero” se entiende aquello que es, más allá, o al otro lado, del velo de la apariencia; y por “falso”  se entiende lo que no es, esto es, la realidad impostada de lo que creemos ser, tan falsa e irreal como las impostadas sombras chinescas.

Los recursos que provee la inteligencia verdadera no son materiales, como los bienes que provee el C.I., sino que se trata de bienes espirituales. Obviamente, hablar de espiritualidad al hombre occidental moderno es tan inútil como estéril, es decir, que es estéril e inútil, pues tras haber consumido decenas de películas de Hollywood -y un montón de drogas- al patético hombre de hoy lo que le suene a “espiritualidad” va asociado indisociablemente a fantasmas, muertos que hablan y marcianos.

Los bienes espirituales catalizados por la inteligencia indagadora de la verdad son: paz de espíritu, calma serena, aceptación sosegada del destino, amorosa presencia, generosidad sin apego, compasión, desprendimiento, felicidad genuina y una ausencia total y absoluta de sentido del humor. No hay nada que celebrar ni de qué reírse en este degenerado mundo moderno que enfila ya el abismo de su autodestrucción final. La risa fácil, el reír por reír, el pasárselo bien, viajar, reír y hacer reír, las ganas de disfrutar antes del segundo confinamiento severo, etc, todo eso no denota inteligencia, sino una fatal inconsciencia.

Sevilla – Al Ándalus – Norte de África – 9 Julio 2020, el año de la bestia.

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