Esta es la razón por la que la gente ya no cree en nada, solo en el COBI-19, según expertos.

Antes de comenzar nuestra exposición acerca de la causa del porqué los goyim –el ganado humano- no cree en nada, más allá de la materialidad física, sus disfrutes derivados y el COBI-19, nos gustaría compartir a modo de inspiración un bello poema de muerte que nos ha remitido un supporter de este blog de despojos de occidente.

Cincuenta años hollando el vacío

Y descorriendo los velos

Que de Ella me separaban;

Ahora, moriré

A mi realidad condicionada,

Para amanecer en Ti.

-Paco (Pancho para los amigos)

Vivir es soñar que se vive y que se muere, morir es despertar a vivir, es decir, a estar despierto.

Retamos a los expertos en felicidad mundana, a los influencers, a los LGTB, a las feministas y a los ateos a que den su propia definición de lo que es vivir y morir, abajo en los comentarios. La cosmovisión que cada cual adopte será el eje pivotador de su muerte y de su vida, de modo que es trascendental indagar acerca de la realidad de la vida y de la muerte hasta dar con una respuesta que nos resulte satisfactoria, en torno a la cual edificaremos el edificio de nuestro tránsito existencial sobre la Torta Terráquea. Aquí somos terraplanistas, geocentristas y singularistas. Los extraterrestres no existen y nada entra ni sale de la cúpula del cielo. Los viajes espaciales no existen y la NASA se dedica a las recreaciones circenses.

Los expertos apuntan a Marte como la única vía de escape frente al avance del virus fantasma. La OMS alerta que la segunda oleada de COBI-19 será devastadora, por lo que aconseja a los gobiernos del mundo que vacunen obligatoriamente a todos los ciudadanos, en espera de los primeros asentamientos marcianos. Es importante que todo el mundo se vacune para que muera el 90% de la población mundial, pues el aforo de las ciudades-burbuja de Marte es muy limitado. Volveremos a re-empezar en Marte la civilización, pero los expertos se preguntan, ¿cuántos años, meses, semanas, días, pasarán antes de volver a lo mismo, antes de volver al vicio, a la indolencia cancerígena, a la despreocupación ateísta de vivir para follar, comer y dormir?

Nuestra cosmovisión de la existencia es la cosmovisión de la tradición primigenia, según la cual el mundo aparente es una proyección ilusoria, desplegada a modo de velo con el único propósito de ser descorrido, de modo que la consciencia individual pueda remontar el vuelo desde la irrealidad de lo creado hasta la realidad del Creador –el foco alumbrador que todo lo ilumina.

En contraste, la cosmovisión del conglomerado ateísta es que el mundo es una realidad azarosa, es decir, fruto del azar, y que más valdría que no se hubiera dado dicha casualidad, pues así los osos polares no sufrirían la acción demoledora de los hombres. Pero, puesto que estamos aquí (eso se creen los necios), lo que hay que hacer es disfrutar desconfinadamente de la vida lo que se pueda, antes de que la muerte dé al traste con todo.

El problema es que ahora han liberado al agente covid, y todos van a morir tratando de no morir, por lo que morirán gimientes y dolientes, como no mueren ni los perros. Empero, nosotros, los hombres de Dios (HEZBUL-LAH) moriremos radiantemente felices y contentos, en la plenitud de la dicha que comprende que nadie surge, permanece ni se desvanece, sino Ella –la mujer primigenia-, es decir, el espacio infinito alumbrado por el foco alumbrador de la consciencia que todo lo ilumina, o crea, que viene a ser lo mismo.

Los ateos, no obstante, están abocados a vivir y a morir de manera miserable, despertando en la Otra Vida sordos, mudos y ciegos.

¿Por qué el ateísmo cobidiano es la nueva religión del patético hombre moderno?

Porque los hombres de Dios que podrían guiar a la humanidad, viendo el panorama y la tesitura de una falta total de tesitura trascendente y luminosa, debido al adoctrinamiento materialista del deep state durante los últimos 50 años, han decidido irse al desierto o a cuevas inaccesibles a los drones del gobierno terrorista, en espera de la auto-destrucción final del ser humano, a la cual está abocado por su alejamiento de las luces primigenias -no nacidas y no muertas- que son vehiculadas por la Vía Revelada, siendo el Islam su manifestación definitiva y última.

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