Diario de una superviviente (1).

Madrid, 15 de octubre de 2021. Un año, tres meses y tres días han pasado ya desde la declaración formal, por parte del gobierno terrorista de España, de la quiebra económica del estado. La deuda era impagable, por lo que los usureros internacionales decidieron dejar de imprimir dinero, o sea, falsificarlo para prestárselo a los países a cambio de sumisión al deep state (la casta parasitaria), la privatización de los servicios públicos y la aplicación de medidas sociales antivíricas y anti-natura tendentes a combatir la amenaza covid: confinamientos, bozales, higiene, sexo virtual, miedo al vecino, vida online, vacunas asesinas, ruina económica.

A partir de ahora cada país debe buscarse sus habichuelas, y las habichuelas españolas no pueden ser más desalentadoras, a la misma vez que terroríficas. Los muertos de hambre se van acumulando en las calles formando grotescas pilas esperpénticas de formas retorcidas, la peste a podrido lo inunda todo, las residencias de ancianos fueron abandonadas y los viejos murieron en unas condiciones inimaginablemente inhumanas.

El gobierno anunció la suspensión, por falta de fondos europeos o propios, del pago de las pensiones, de las prestaciones por paro y del sueldo de los funcionarios. Los bancos fueron zombificados y cerrados, una vez volatilizado el humo del dinero-deuda, cuyo valor quedó reducido a un infinitesimal tendente a cero. Con el dinero que la gente guardaba en sus casas por miedo al previsible colapso económico no se puede comprar nada, porque los pocos bienes de consumo disponibles tienen precios desorbitados, es decir, fuera de toda órbita. Una barra de pan cuesta entre 25.000 y 30.000 de los antiguos euros.

Las algaradas de los desesperados son paliadas a sangre y fuego por la facción de la policía y del ejército que aún tiene ganas de seguir viviendo. Los supermercados fueron arrasados, saqueados, desvalijados e incendiados en 48 horas tras el anuncio de la quiebra del estado del bienestar.

La gente está furiosa. La gente está rabiosa. La gente exige volver al estado del bienestar democrático. La gente quiere volver a lo de antes del virus, al vivir despreocupado, al futbol, al porno gratis, a las citas desconfinadas, a las putas, a comer tres veces al día.

La gente se muere, principalmente de hambre, aunque también muchos mueren bajo el influjo de la violencia caníbal de los zombis. Se mata por un trozo de pierna humana, o de brazo, o de tripa, con el objetivo de poder prolongar la agonía unos días más, unas horas más, unos minutos más. Vivir por vivir, como sea, es el lema que todos pronuncian y al que todos se adhieren, como si fuera una especie de consigna o mantra religioso.

Los saqueos casa por casa, en busca de las reservas de comida y agua, que los más precavidos que intuyeron el colapso del sistema guardaron, empezaron cuando no quedó en pié y sin arder ningún supermercado. La gente, en sus hogares, lucha a muerte, cuchillo jamonero en mano, por cada lata de atún encebollado y por cada botella de coca-cola o de agua.

La gente quiere comer tres veces al día, como antes,

o al manos dos.

Si no lo consiguen habrá consecuencias.

La situación en el resto del mundo que no es España parece ir por los mismos derroteros hispánicos, pues la última información disponible, antes del apagón de internet, era que había estallado una guerra nuclear entre EEUU-EUROPA y RUSIA-CHINA.

No hay electricidad, y solo las velas aportan luz y calor a las noches de los hogares españoles. La putrefacción maloliente de los cadáveres y el griterío callejero de los desesperados nos acompaña persistentemente, de noche y de día. No hay esperanza, no puede haberla. Esto se veía venir.

Solo un remanente se empeña en seguir viviendo, pero no a toda costa, como hacen los zombis, sino permaneciendo humanos. Para ello, los más inteligentes se proveyeron bien hace una década, cuando los signos de la debacle actual ya se barruntaban, de todo aquello que fuera necesario para mantener la seguridad y la paz del último reducto fiel: agua, comida no perecedera, velas, cerillas, incienso, botiquines, brújulas, máscaras anti-gas, navajas, ropa de supervivencia, mantas, abrelatas y armas de fuego.

Rosa María, para despojosdeoccidente.

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