Los elegidos heredarán la tierra, el resto va al matadero.

Son tiempos difíciles, tiempos brutales, tiempos desasosegados y desalentadores, los tiempos finales antes de la final hecatombe, lo cual quiere decir que da igual hablar de la Verdad o no hablar, pues nadie atenderá ni entenderá nada de nada.

Empero, o pero, la Verdad es lo que es, siempre perfecta y lustrosamente inmaculada, así como resplandecientemente y radiantemente radiante y bella, cuya morada es el corazón de los hombres. Una Verdad que escapa a las palabras, por más que el sabio se valga de ellas a modo de indicaciones, señales.

Quemar incienso al Buda no sirve para nada, más allá de para embriagarnos con los placenteros olores aromáticos que exhala. El hombre de Dios, el sabio, se quemó a sí mismo en el altar de la consagración a la verdad eterna, y ya expelió el almizcle de su aroma, por lo que no tiene necesidad alguna de seguir a los ciegos ni de escuchar los sermones de los presuntuosos sabios del mundo moderno –los niñatos influencers, expertos en vivir bien, en no morir de pena y en perpetuar el actual estado de decrepitud de las cosas.

El suicidio, en la mayoría de los casos, será la medicina, por no hacerle caso a los sabios de verdad, a los sabios ancestrales, a los sabios del mundo antiguo.

Esta es la razón por la que la agenda Covid-19 anda desbocada, pues cuando no hay luz, la oscuridad ocupa su lugar; cuando no hay sabiduría, la ignorancia es lo que medra; cuando no hay desprendimiento, hay aprensión; cuando no hay consciencia, hay cerrazón; cuando no hay trascendencia, hay miedo a morir, razón por la cual el ganado humano hará cualquier cosa por mantenerse vivo, aunque sea a costa de morir, pues esa costa implica obedecer al gobierno terrorista –vacunas asesinas, bozales, confinamiento, autoconfinamiento, distanciamiento social para prevenir el contagio.

El virus es la ignorancia, y su corolario enfermizante es la dejación de nuestra responsabilidad como seres humanos para velar por la luz, por la verdad, por las formas sanas de muerte y de vida, por el amor y por la justicia.

Por eso la hora de rendir cuentas ante el Uno-Único se acerca. Pero antes vendrá la abominación desoladora: reducción poblacional del 90% para hacer del insostenible mundo actual un mundo sostenible y feliz al gusto del deep state (la casta parasitaria), y transhumanización de los supervivientes.

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