La mujer sin rostro.

Erase una vez una mujer que no tenía rostro. En tiempos de pandemia se asomaba a la ventana, todas las mañanas, y veía su no-rostro reflejado en los rostros enmascarillados de los viandantes, pero ella, con o sin máscara, no tenía rostro, o al menos no se lo veía. El rostro que le escupía a su no-cara el espejo del baño no era el suyo, ese rostro reflejado era una faz desconocida, la faz de una desconocida, de una extraña.

Llaman al timbre de la puerta, es el repartidor de Amazon, con el rostro ocultado detrás de una mascarilla. Es de suponer que debajo de la máscara tiene rostro, pero no se atreve a preguntárselo.  El repartidor deja el paquete en el suelo y se va. Ella no coge el paquete. No puede, no sabe por qué, pero no puede. Cierra la puerta.

Suena el wasap. “El centro de salud de los palomares le recuerda su cita para la vacuna Covid-25. CITA: 12-feb-2027. 10:00 am”.

Suena una sirena de policía, estridente, impetuosa, en la calle. Otro negacionista ha caído.

A la mujer sin rostro le pica su no-rostro, procede a rascarse, pero tampoco tiene manos.

Suena un aviso de video-llamada. Se despliega el holograma. Es el técnico de mantenimiento. Le recuerda que sus nuevas manos las recibirá mañana por la tarde. Manos con conectividad 8-G, auto-instalables.

La mujer sin rostro recuerda que tiene que tomar su dosis diaria de soma para que no se le sigan descolgando las tetas biológicas.

Son las 12 am, la hora de evadirse en la Nueva Sión y adoptar su identidad de mujer exitosa y empoderada, y con rostro, en la virtualidad de las relaciones humanas tal y como eran antes de la pandemia. Allí, en ese recinto online protegido, sagrado, ella se solaza, ella se ve lucir bien bonita,  ella trabaja, ella se va de copas con los amigos, y hasta folla.

Son las 7 pm. La desconexión a Sión siempre va acompañada de unos perturbadores instantes de perturbador y aturdidor aturdimiento obnubilador. La mujer sin rostro aterriza en la realidad no virtual y se toma otra dosis de soma, esta vez es para que su cuerpo biológico residual no se pudra y muera.

Son las 11 pm. La oscuridad se cierne y la mujer sin rostro se adentra en un frío y negro túnel de oscura nada.

La mujer sin rostro ha quedado desconectada de la realidad real hasta mañana. Un mañana que no será otro día, sino el mismo día de todos los días desde el advenimiento del mesías pandémico y de la nueva normalidad antivírica.

“Es por el bien de todos, es una cuestión de responsabilidad colectiva, todos debemos hacer caso y obedecer para que no siga muriendo más gente. Tenemos que ser responsables. La culpa es de los negacionistas, de los antivacunas”.

El mismo mantra de siempre, mismo eco de siempre que se repite, fugaz y tenaz, unos instantes antes de la desconexión, de ceder y de caer, rendida a la negrura que todo lo envuelve.

despo4

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