Los expertos explican las ventajas de ser un zombi.

El adagio de “No hay mal que por bien no venga” es uno de los más repetidos, hasta la saciedad del insaciable hartazgo, por los creyentes víricos y las plataformas mediáticas de la TV y el internet, dedicadas a que el ganado humano siga siendo eso, ganado, y no despierte del letargo animalesco que lo tiene sumido en las simas de la infrahumanidad –bozales, confinamientos, sanas distancias, vacunas, vida online, miedo al contagio, miedo al vecino, miedo a los irresponsables negacionistas, etc.

En el caso de la falsa pandemia del falso virus convertido en dios, el dios Corona, dicha frase se referencia en alusión a varios aspectos de la vida de los zombis, esto es, de los fieles creyentes devotos de la religión vírica.

Una de esas aplicaciones de la frase “No hay mal que por bien no venga” la leímos hace algún tiempo, de cuya medida exacta no me acuerdo, en el periódico online “20 minutos”, una publicación de noticias diarias perteneciente al grueso de lo que se viene a denominar “prensa canalla y mamporrera al servicio de la casta parasitaria –deep state”, o sea, el 99.9% de la prensa escrita y/o audiovisual de España y del mundo.

En concreto nos estamos refiriendo a una columna de “opinión“ de una experta en psicología, de cuyo nombre tampoco me acuerdo ahora, pero que sí me acuerdo que era joven y guapa de cara, es decir, una niñata influencer a la que le pagan por escribir chuminadas e incongruencias, una de las cuales vamos a analizar aquí, Dios mediante.

Algo no marcha bien en el mundo cuando los “expertos” son los niñatos influencers opinadores de todo sin saber nada de nada.

Esta niñata influencer, experta en psicología motivacional, y que además escribe en el “20 minutos”, afirma que el mal de la pandemia ha traído una cosa muy buena, buenísima, y es que gracias a la máscara obligatoria, a la mascarilla –el bozal, ahora  no son visibles los defectos físicos que podamos tener en la cara, por ejemplo las arrugas (consideradas “defectos” por los degenerados occidentales), los dientes feos, los labios torcidos, las quemaduras, las manchas de la piel, los lunares, etc, por lo cual, gracias al beatífico bozal, ahora todos lucimos igualadamente guapos y nuestra autoestima aumenta democráticamente, liberándonos así de los complejos asociados a no lucir bellos conforme al estándar de la incivilización occidental. No hay mal que por bien no venga.

Esta cretina, esta niñata influencer escritora del “20 minutos”, afirma que la mascarilla nos iguala y humaniza nuestra relaciones sociales humanas, pues inhibe nuestros complejos de fealdad frente a los guapos o frente a la gente en general que no presenta defectos en la cara, ni arrugas, ni dientes torcidos, ni ausencia de dientes, ni cicatrices, etc. De esta forma, o manera, afirma esta gilipollas, que además es psicóloga, y para colmo es una tía buena, el mal de la pandemia ha supuesto una bendición para aunar y humanizar a la sociedad, democratizando las relaciones interpersonales haciendo que sean inclusivistas, y no exclusivistas…., y todo gracias a la homogeneizadora máscara, al bozal.

Nuestra opinión, empero, es que estas cosas ocurren, es decir, que los niñatos sean los que opinen y escriban en los periódicos, y no los hombres de Dios –los verdaderos hombres-, porque estamos viviendo el fin de los tiempos y ya se rebasó el punto de no retorno hacia las simas de la autodestrucción total y definitiva del ser humano, inducida por su alejamiento de la fitrah –la naturaleza que nos es propia, razón por la cual ya no hay sabios ni seres humanos, sino zombis, maricones y locas del coño.

La realidad del uso del bozal lo entendería hasta un niño de párvulos, si es que no estuviéramos viviendo ya el fin de las eras y los coletazos finales de la bestia de los siglos. La función de la mascarilla es estresar y traumatizar al ganado humano para que anhele fervientemente la solución salvífica de la vacuna asesina, pues así esperan volver a lo de antes –a los disfrutes ociosos desconscienciados y viciosos, y al trabajo duro para costearse dichos vicios despendolados, entre los que destacaban viajar y ligar por la noche. De esta manera, asfixiando al personal, entre otras medidas absurdas antivíricas, se pretende idiotizar al máximo a las masas, pues es necesario que todos accedan libre y felizmente a ser asesinados, es decir a ser vacunados, pues esa es la única forma de hacer de este mundo superpoblado, que no se sostiene, un mundo sostenible que se sostenga a ojos de la casta parasitaria; a saber, un mundo de 500 millones de esclavos-zombis, chipeados y conectados a la ”nube” –la IA que regirá la nueva normalidad post-humana y le dictará a los zombis los impulsos vitales de lo que deben hacer, sentir y pensar.

Ya hemos dicho que en una primera fase la vacuna asesina no será obligatoria, pues ello implicaría el deleznable espectáculo de ir a las casas de los increyentes en la religión Corona, pegar la patada en la puerta mediante los agentes del gobierno terrorista y vacunar empleando la fuerza bruta al personal, lo cual legitimaría a la gente para la legítima defensa, y lo cual implicaría bajas mortales entre la policía y los sanitarios.

No obstante, en la fase-2, tras vacunarse voluntariamente el 90% de los zombis, pues si no, no les dejarán viajar, ir al futbol, ir a la discoteca, ir al mercadona, etc, entonces llegará la hora del exterminio de los negadores del virus fantasma, los cuales serán primero recluidos en campos de concentración, y luego asesinados, por el bien común y la seguridad de todos.

Lo dicho, un mundo de 500 millones de ciborgs, mitad biológicos y mitad tecnológicos, sin consciencia, o más bien con una consciencia no humana recreada por IA (Inteligencia Artificial).

Lo ideal de la presente hecatombe PLANdémica es aprovechar dicho mal para devengar, o sea, que devenga, el bien asociado a cualquier mal: activar la reflexión acerca del absurdo de vivir por vivir, para la mera satisfacción de los meros y pasajeros disfrutes mundanos, todos ellos vanos e intrascendentes. Si hiciéramos tal cosa cuando nos acaece una desgracia que nos hace zozobrar, como ahora con el virus fantasma, podríamos aprovechar la energía de la indagación introspectiva para trascender la irrealidad de las causas intermedias hasta asentarnos, con pie y corazón firmes, en la realidad de la Causa Primera –la única realidad-, cuyos fulgores únicamente no resplandecen a ojos de los velados por las fijaciones-identificaciones egocéntricas relativas al impostado y relativo “yo soy”, el cual no es una realidad, sino una apariencia de realidad, y por lo tanto, irreal.

Tal es la forma de conducirse en la adversidad, según las enseñanzas sagradas de los sabios ancestrales del mundo antiguo, en contraposición a la manera de afrontar los males según la cosmovisión atea de los expertos del mundo moderno –los niñatos influencers.

Así pues, el que tenga capacidad para practicar e interiorizar la verdad de lo aquí dicho, que lo haga, por su propio bien mundano y por un tránsito placentero hacia la Otra Vida, en la luz del perfecto discernimiento que discierne y separa la verdad de la impostura; y el incapaz de hacerlo, que obedezca al gobierno terrorista de España y que muera. ¡Suerte con la vacuna!.

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