El regreso indeseado de los verdaderos proveedores de violencia.

Ron Paul para Ron Paul Institute

Con los principales medios de comunicación todavía obsesionados con el “violento intento de golpe” del 6 de enero en el Capitolio de los Estados Unidos, la administración entrante de Biden parece estar repleta de verdaderos proveedores de golpes violentos. Sin embargo, no busque en los principales medios de comunicación esta información. Algunos de los mismos políticos y burócratas que denunciaron la ridícula farsa en el Capitolio como si fuera el equivalente al 11 de septiembre han estado involucrados durante décadas en la planificación y ejecución de golpes reales en el extranjero. En sus verdaderos golpes de Estado, han muerto miles de civiles. Tomemos como ejemplo a la subsecretaria de Estado que vuelve a la administración, Victoria Nuland. Más que nadie, ella es el rostro del violento golpe de Estado liderado por Estados Unidos contra un gobierno democráticamente elegido en Ucrania en 2014. Nuland no solo repartió bocadillos a los líderes golpistas, sino que fue sorprendida en una llamada telefónica a quién tomaría el poder una vez que se disipara el humo. A diferencia del falso “golpe” del Capitolio, este fue un verdadero derrocamiento. A diferencia del chiste sobre el uso de cuernos de búfalo que profanó la “sagrada” cámara del Senado, el golpe de Ucrania tuvo insurrectos armados reales con un plan real para derrocar al gobierno. Finalmente, con la ayuda del subsecretario de Estado entrante, Nuland, lo lograron, después de que miles de civiles murieran. Como lamentablemente nos recordaron durante los últimos cuatro años de la Administración Trump, el personal es la política. Entonces, mientras el presidente Trump arremetía contra las “guerras estúpidas” y prometía llevar a las tropas a casa, contrató a personas como John Bolton y Mike Pompeo para hacer el trabajo. Dedicaron su tiempo a “aclarar” el llamado de Trump de poner fin a las guerras en el sentido de que realmente quería continuar las guerras. Fue un fracaso colosal. Así que es difícil ser optimista acerca de una Administración Biden con tantos recauchutados de Obama híper intervencionista. Si bien a la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) le gusta venderse a sí misma como el brazo compasivo de la política exterior de los Estados Unidos, de hecho USAID es una de las principales agencias de “cambio de régimen” de Estados Unidos. Biden ha anunciado que un importante “intervencionista humanitario”, Samantha Power, encabezaría esta agencia en su administración. Power, que se desempeñó en el personal del Consejo de Seguridad Nacional del presidente Obama y como embajador de Estados Unidos en la ONU, argumentó con pasión y éxito que un ataque estadounidense contra el gobierno de Gadafi en Libia resultaría en la liberación del pueblo y el estallido de la democracia en el país. En realidad, su justificación se basó en mentiras y el asalto de Estados Unidos no ha dejado más que asesinatos y caos. El gobierno relativamente pacífico, aunque autoritario, de Gaddafi ha sido reemplazado por terroristas radicales e incluso mercados de esclavos. Al final del día, los republicanos de Bush, como la representante Liz Cheney, se unirán a los demócratas de Biden para restablecer el “liderazgo estadounidense”. Esto, por supuesto, significa más guerras abiertas y encubiertas de Estados Unidos en el extranjero. La impía alianza entre Big Tech y el gobierno de los EE. UU. Ayudará felizmente al Departamento de Estado de EE. UU. Bajo el Secretario de Estado Tony Blinken y al Subsecretario de Estado Nuland con la tecnología para fomentar más operaciones de “cambio de régimen” donde la Administración Biden lo considere oportuno. ¿Terminar de destruir Siria y el secular Assad? ¡Por supuesto! ¿Volver a Irak? Por qué no? ¿Afganistán? ¡Esa es la buena guerra! Y Rusia y China también deben ser castigadas. Estos son momentos graves para los no intervencionistas. Pero también tenemos una oportunidad única, informada por la historia, de denunciar a los belicistas e impulsar una política exterior pacífica y no intervencionista.

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SONDAS.BLOG: Hemos leído cientos de artículos, que han aparecido en los medios estadounidenses, criticando duramente la invasión de Iraq, pero nadie movió la lengua ni la pluma para denunciar esta infame invasión antes de que se produjera. Nadie intentó impedir que el ejército norteamericano invadiera Afganistán; se trataba de demostrar al mundo que si la Unión Soviética no había logrado domeñar a los afganos durante la década de los ochenta, ellos, Estados Unidos, iban a terminar el trabajo. La excusa era pueril y desproporcionada –capturar a Usama Binladen. Mas los objetivos que se esperaban conseguir merecían la pena el sacrificio humano, por ambas partes, con el que pensaban acabar con los talibanes. Por una parte, iban a morir miles de soldados norteamericanos, británicos y otros, españoles incluidos. Por otra, habría efectos colaterales, eufemismo de masacres, aniquilación de pueblos enteros, violaciones, asesinatos de civiles, torturas… Todo ello necesario para controlar un territorio clave en el Pacífico-Índico (Afganistán hace frontera con China, Paquistán e Irán, entre otros). Pero todavía más importante era recuperar el prestigio de potencia hegemónica. Y a todos les pareció bien. Y todos sabíamos que Sadam no tenía armas de destrucción masiva, que era un país destruido por 15 años de continuas sanciones y bloqueos, que ni siquiera contaba en su arsenal con un mínimo de armamento convencional moderno. Y todos callaron, y calló la prensa y el pueblo norteamericano, el congreso… pues todos se sirven de la misma retórica –son regímenes dictatoriales y debemos liberar al pueblo de su tiranía.

Cuando se trata de política exterior, siempre hay unanimidad absoluta –de los partidos, de la prensa oficial, de la prensa independiente, de la prensa marginal, del pueblo… Todos apoyan una política hegemónica que les permita dominar el mundo, dirigirlo, moldearlo… a su favor. Hay que robar el petróleo de Siria y de Venezuela, ya que son regímenes dictatoriales, y cuando implementen sistemas democráticos gracias a nuestras sanciones y a nuestros robos, entonces serán países del primer mundo político –les asesoraremos, invertiremos en ellos, instalaremos bases militares… Y a todos les parece bien la ecuación.

Después, cuando haya acabado la fiesta y no queden, sino cadáveres en el suelo, y no haya puentes ni autopistas ni escuelas ni hospitales ni nada de lo que habían prometido, solo ruinas, comenzarán las críticas feroces de los que antes callaban o justificaban las invasiones, las inevitables masacres.

¡Por qué ahora se echan todos las manos a la cabeza! ¿Quién ha votado a Biden? Los demócratas, el FBI, la CIA, Wall Street, la NASA, los grandes consorcios financieros, las grandes empresas de armamento, GOOGLE, Facebook, Twitter… y millones de norteamericanos. ¿Quién votó a Trump? Los supremacistas blancos, las comunidades protestantes y millones de ciudadanos. ¿Quién voto a Obama? ¿Quién votó a Bush, a Nikson, a Reagan…? El pueblo, los ciudadanos estadounidenses, sus medios, sus plataformas… los mismos que callan mientras su ejército, su armamento, su tecnología, destruyen Yemen.

Son críticas de cocodrilo. ¿Acaso no sabemos los españoles que nuestro ejército sirve a los intereses de Estados Unidos, Francia y UK? Somos nosotros quienes lo sufragamos con nuestros impuestos, y son ellos los que se benefician de su audacia. Y a todos nos parece bien, pues tenemos la mentalidad de quien pertenece a un protectorado.

Por qué no nos despojamos de una vez de ese manto de hipocresía con el que nos arropamos y aguantamos los chaparrones, las vergüenzas de ser uno de ellos, sin tan siquiera llevarnos unas migajas del pastel. Por qué no aceptamos nuestro papel en la historia. Por qué Norteamérica tiene que seguir cubriendo sus fechorías cuando están filmadas y documentadas. A qué viene toda esa mojigatería barata seudo-humanista.

Occidente lleva más de dos mil años conformando el eje del mal y, aunque recojamos todas las lágrimas de todos los cocodrilos de África, no lograremos limpiar la sangre que hemos derramado.

La era Biden será aún más catastrófica que las anteriores, y nuestro ejército seguirá luchando, ahora, a su servicio.

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