No quedará nada.

Nada, nada quedará, nos están borrando, nos están deleteando, y los únicos que podrían sacarnos de este callejón que no tiene salida se están yendo a morar las luminarias imperecederas, tras haberlas descubierto aquí, en esta efímera vida, detrás del velo de la impostura egocentrista. Ellos, los hombres de Dios, las mujeres medicina, se van porque ya se rebasó el punto de no retorno y no tienen nada que hacer aquí. ¿Quién oiría su clamorosa llamada? ¿Quién se desconectaría de la enredadera de la obnubilante tecnología, de las perturbadoras estadísticas del inexistente virus corona-19? ¿Quién se conectaría, con la que está cayendo, a la fuente, a las luces desbordadas de Layla –la mujer primigenia?

Se acerca el tiempo en que nadie sabrá que el sol sale por la mañana, recorre en un recorrido deslumbrante, maravilloso, la Torta Terrestre, para declinar finalmente y que la noche cubra, con su misericordioso manto, el día. Entonces la luna, la abuela luna, asomaría sus fases lunares y arrojaría su cristalino fulgor, ante el asombro de los enamorados que debajo de una fascinante cúpula de estrellas, se embelesan y se besan.

Vamos a un tiempo en el que nadie sabrá lo que es ser un ser humano. La policía, el ejército, los sanitarios, los periodistas y los jueces se encargarán de culminar el trabajo de deshumanización, de transhumanización, previo al reseteo covid, previo al exterminio del sobrante humano que en la nueva era de robots trabajadores teledirigidos por una Inteligencia Artificial Cuántica no tienen cabida. Y si la tienen, será para vivir una vida exclusivamente online.

Las grandes ciudades son ratoneras, huyan de ellas, huyan al campo, a los desiertos, a las deshabitadas montañas, y establezcan pequeñas comunidades humanas autosustentables, sin tecnología, sin control del estado terrorista, sin policías terroristas, sin sanitarios terroristas, sin jueces terroristas. Hasta que los drones los encuentren podrán vivir, como seres humanos, una apacible vida feliz.

Aquí ya no hay futuro. Si se ha llegado al extremo en que los padres están encantados con que traumaticen y destruyan a sus propios hijos –bozales, sanas distancias, inmovilidad, vacunas asesinas- es que ya no hay nada que hacer. Están criando a la nueva generación de esclavos, que no se planteará nada y aceptará con toda normalidad y sin rechistar ser confinados y sobrevivir con un lote de comida sintética al día, mientras los van liquidando por el bien común y la seguridad de todos.

Huyan de las ciudades, salgan de Babilonia –la gran ramera.

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