El final inevitable – Fase a fase nos irán eliminando.

Esta vez sí parece que el inevitable fin se acerca; el fin de la humanidad tal y como se conoce desde Adán y Eva. La tecnología susurrada por la bestia de las eras es lo que va a propiciar el cambio de paradigma, por el anulamiento de aquello que caracteriza la condición humana, esto es, la búsqueda de la trascendencia, pues en el fondo intuimos que esta efímera morada no es nuestro hogar verdadero, sino una antesala desplegada a modo de prueba. Era necesaria dicha prueba para calibrar las luces y que lo igual se uniera a lo igual, tras la caída de la condición primigenia e indisociada de la perfecta unidad con el foco alumbrador de la consciencia.

Pero el retorno a la Otra Vida siempre resultó molesto, indeseable, para los pergeñadores de iniquidad, que aspiran al paraíso en la materialidad de la Tierra, y no en el Más Allá. Para ello fue necesario implementar la desconexión con aquello que nos eterniza con el Eterno Viviente, algo que comenzó hace apenas unas décadas mediante la colonización universal del marxismo cultural, según el cual el hombre tiene como meta el disfrute y la preponderancia mediante el destacar como elemento fuerte entre los débiles. La teoría Darwinista entra en escena para alejar el ser humano de Dios y convencerle de que no somos más que unos simios sofisticados, sin más metas que el placer y la supervivencia.

Después llegó al ataque a la mujer con la revolución industrial para desubicarla de su centro vital, de su quibla existencial –su sagrada maternidad alumbradora de vida, de belleza, de amor-, enemistándola con los hombres, los cuales ya no son compañeros, amigos, guardianes, protectores, sino competidores.

Luego llegaron las nuevas tecnologías, las redes, los wasaps, los influencers –la desconexión se ahonda. Comienza la vida online y virtual, en detrimento de la vida real en pleno contacto con la naturaleza, poderoso reclamo de nuestra propia naturaleza, de la que había que alejarse para seguir acentuando la brecha que mediante la contemplación de lo bello, de la armonía natural, queda desvanecida. El hombre debía de olvidarse del Creador y de Sus modus operandis.

Luego llegó la plandemia, con “ele”, las vacunas inteligentes para ir matando a la gente, las sanas distancias, la vida online exacerbada, el miedo a los semejantes, los bozales, la deshumanización total.

Y luego de esta fase, la actual, llegará la fase final, la conexión de los sobrevivientes de las vacunas, y otras calamidades que están en la agenda, a la “nube”, la IA que monitoreará sus impulsos vitales y que les dictará lo que deben hacer, sentir y pensar.

Un mundo feliz de 500 millones de hombres-simios transhumanizados y sus amos, la casta parasitaria.

Un final inevitable, terrorífico, decadente en grado sumo, que a nosotros no nos afecta, pues hace tiempo que este mundo y cuanto contiene se desprendió para siempre de nuestros corazones.

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