El futuro luminoso nos espera gracias a los nuevos dioses de las jeringuillas. ¡Hijos de puta!

Mentiroso sin memoria, pierde el hilo de la historia.

Por sondas.blog

De la misma forma que el ladrón piensa que todos son de su condición, así mismo piensa el mentiroso que todos son tan desmemoriados como él. Y es cierto que muy pocos son los que siguen los anuncios de la NASA, las razones que el Pentágono y la CIA esgrimieron en su día a la hora de invadir un país o matar a un individuo. Aquí, más que a un problema de memoria nos enfrentamos a un escenario de camuflajes, en el que nada parece real y todo se desvanece en el momento que intentas acercarte al acontecimiento en cuestión.

Y decimos esto porque parece que las aventuras de Bezos y Branson con sus juguetes espaciales nos están haciendo olvidar los grandes proyectos NASA de llegar a los 7.000 kilómetros de altura con cohetes no tripulados, pero provistos de corazas anti rozamiento y anti cinturones Van Allen. Más aún, estamos a punto de olvidar las legítimas aspiraciones de la Agencia Espacial por antonomasia de montar bases permanentes en la Luna y en Marte. Y este, bien podría ser calificado de olvido imperdonable, pues hay varias empresas que ya han reclutado a miles de aspirantes a formar parte de las primeras comunidades interplanetarias.

Ello quiere decir que la aventura espacial continua, y hay más que fundadas esperanzas de que pronto se sentarán junto a los G7 seres supra-inteligentes venidos del más allá de las fronteras galácticas. No sabemos cómo reaccionarán al escuchar las propuestas político-económicas de, pongamos por caso, Biden o Macron, pero seguro que podrán aportar nuevas ideas a los asuntos terrícolas.

Sin embargo, nuestra memoria llega a parajes propagandísticos más lejanos. ¡Cómo olvidar aquella mañana soleada, pues siempre, en algún lugar de la torta terráquea es de día y hace sol, en la que dos hombres, dos héroes… ¿por qué no decirlo? Dos dioses, se pasearon por la superficie lunar! Algunos pensaron: “Hemos hecho bien en matar a Dios. De seguir vivo seguro que nos habría boicoteado este prodigioso viaje.”

Era el año 1969. El año de la luz. El año del despegue. Se acabaron los límites. En verdad que la religión es un opio que nos impide desarrollar nuestras inextinguibles capacidades. Había razones para celebrarlo. Mas, a pesar de ello, nosotros no lo celebramos. Había algo demasiado extraño en aquellas imágenes. Algo inquietante, algo insólito, demasiado metálico, demasiado artificial. Pero, sobre todo, aquellas imágenes hacían referencia a una tecnología que no se correspondía con la nuestra, con la tecnología cotidiana de aquel entonces. Había un desfase devastadoramente abismal.

Todavía escribíamos con plumilla. En muchos hogares no había televisión ni teléfono fijo. No existía la informática y la NASA tuvo que conformarse con una especie de calculadora que había fabricado la casa Olivetti. Y, sin embargo, alguien había construido un cohete propulsado por poderosísimos motores, y lo había lanzado hacia la Luna a más de 300.000 kilómetros de distancia. Una vez situado en la órbita lunar, salió de la nave un módulo con dos astronautas y alunizó suavemente. Y todo ello, medio dirigido desde la Tierra con la calculadora Olivetti. Mas la hazaña no había hecho, sino empezar. Los dos astronautas del módulo, de un salto, se clocaron en el suelo lunar. Daban brincos gravitatorios de alegría –no era para menos. Después de clavar la bandera norteamericana y de dar unas cuantas vueltas, sacar fotos… se subieron al módulo y entraron en la nave. ¡Prodigioso! Iniciando, a continuación, su vuelo de regreso a la madre Tierra.

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Y allí estaba yo, dispuesto a recibir el primer testimonio de la más grande aventura jamás realizada por el hombre en su legendaria historia.

Yo- ¿Cómo se encuentran después de este fabuloso viaje? Quiero decir, si no notan cansancio o mareo o enajenación mental.

Astronautas- No, nada. Todo bien. ¿Lo ve? ¿Se ha fijado en el traje que llevamos?

Y- Sí, parece especial a parte de espacial. Impresiona.

A- Así es. Este traje crea un espacio-tiempo diferente al espacio-tiempo en el que normalmente vivimos. No nos toca y, por ello, no estamos sometidos a su influencia. De alguna forma, nos elevamos por encima de él. No quisiera que pensase que nos estamos glorificando, pero hay algo de divino en todo esto.

Y- Y no hablemos del casco.

A- El casco es otra historia. Nos separa la cabeza del cuerpo y nos proyecta a un espacio astral, que ríete tú del viaje al Empíreo de Beatriz acompañando a Dante. Y te lo digo porque a mí me pareció ver a aquella deliciosa criatura correteando entre los ángeles. ¡El casco! ¡Menuda historia!

Y- Y ahora, ya de vuelta, con todo ese ajetreo de súbete al módulo, entra en la nave, gira, vuelve a la Tierra, casi 700.000 kilómetros de viaje ingrávido… Vamos, como para un vivir sin vivir en uno.

A- Te diré, aunque sólo sea para despejar esta incógnita, que lo primero que te enseña la NASA cuando te estás entrenando para ir al espacio profundo es: “¡Eh, chico! Esto es como fumarte un cigarrillo mientras contemplas la puesta del Sol.” Y así es. Antes de que te des cuenta, ya ha anochecido. Y aquí estamos, hablando contigo, fumándonos un cigarrillo, quitándonos el casco… sin jaquecas, sin dolor de estómago.

Y- ¡Milagroso!

A- Pues sí, hay una parte milagrosa en todo este tinglado, inexplicable, incluso para nosotros, y una parte, digamos, científica, tan inexplicable como la milagrosa.

Y- Entonces… ¿Os encontráis bien?

A- Sí, sí, nos encontramos bien, como si hubiéramos estado soñando en una noche de verano. Soñando con la hermosa Beatriz.

Después, nos desinteresamos por completo de la aventura espacial. Y parece que no solo nosotros, pues hace ahora más de 40 años que nadie ha vuelto a la Luna, aunque solo fuera para poner unas flores debajo de la bandera.

Ahora se pavonean de haber alcanzado la altura de 87 kilómetros sobre el nivel del mar. Nivel que, teniendo en cuenta los cambios climáticos que estamos sufriendo, bien podría reducirse la hazaña a unos 85 o 86 km.

Y esos más de 40 años perdidos en guerras y primaveras habrían sido preciosos a la hora de encontrar vida inteligente en otros planetas. En esa franja de 87 km parece que no hay vida, cuatro aminoácidos pegados a la carcasa del cohete. No obstante, se han avivado las esperanzas, pero siempre hay agoreros que dicen que esos 4 aminoácidos no dan ni para construir un microbio o un virus. “Por algo se empieza” comentó un experto en Aminoácidos Espaciales Detectados, también conocida esta especialización como AED por sus siglas en español. Habrá que esperar. La búsqueda continúa.

Y de momento, las búsquedas científicas no están siendo infructuosas. Ahí están estos héroes, estos dioses, de Oxford con la vacuna contra el SIDA en la jeringuilla. Todo se ha desarrollado de forma sorpresiva. Tras 40 años de una investigación improductiva, en cuestión de semanas… ¡Eureka! Ahí está la vacuna que, junto a la del Covid, podría dar al traste con las pandemias y, sobre todo, ha supuesto un claro triunfo para el colectivo LGTBQIZ –el amor ha triunfado, el sexo ha triunfado, la homosexualidad, la duda, los derechos de los animales… Claramente nos dirigimos hacia un futuro luminoso.

Y si fuera todo una mentira. Una mentira interminablemente fabricada, olvidada, camuflada, borrosa… que lleva milenios conformando nuestra realidad, nuestra falsa realidad. Es difícil de saber, pero aquella mañana soleada de 1969, la verdad es que me dejó frío.

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