Expertos analizan el auge de la superstición ateísta. La creencia en que venimos del mono y en la tierra-pelota voladora perdida en un espacio gigantesco, figuran entre los mayores disparates que el degenerado hombre moderno cree.

La aleatoria levedad del científico y otras cuestiones.

POR SONDAS.BLOG

Lo que sigue llamando nuestra atención es la insistencia de los ateos en demostrar la no-existencia del Creador. Es como si trataran de convencerse a sí mismos de que están en la posición correcta y que hacen bien en no creer en Dios. Cada día aparecen nuevos libros, artículos, reseñas, charlas… tratando de argumentar de que si bien la realidad de un Agente Externo es posible como explicación de la existencia, al mismo tiempo es la más improbable. ¿Y bien? Dejemos, pues, aquí el asunto. Que no les quite el sueño nunca más esta escabrosa cuestión, pues si insisten, al final del debate quedará claro que, precisamente, es la existencia de este Agente la opción más probable y científica para explicar la existencia.

Ya en 1979 aparecía el libro de William Lane Craig, “The Kalam Cosmological Argument”, basado en el famoso silogismo del sabio musulmán al-Ghazali que formuló en el siglo XI: “Todo lo que comienza existir tiene una causa. El Universo comenzó a existir, por lo tanto el Universo debe tener una causa.” Estas inquietantes palabras de al-Ghazali que parecen haber pasado inadvertidas durante 800 años para las mentes más brillantes de la biología y astrofísica no dejan de perturbar el sueño de algún que otro sepultador que quiere que la tumba espiritual quede bien cerrada. No sin cierto cinismo Ethan Siegel comenta a Craig:

El argumento cosmológico Kalam intenta argumentar, basado en la lógica y el Universo mismo, que Dios debe existir y debe haberlo creado. Sin embargo, para que sea un argumento convincente, no debe haber lagunas en ninguna de las premisas, suposiciones o pasos del argumento. Según lo que sabemos actualmente, un Universo que surge de un creador es definitivamente posible, pero no es necesariamente obligatorio.

Si algo es “definitivamente posible”, tiene que ser “obligatorio”, pues lo que no es posible es el Big Bang y todo el sinfín de teorías cosmológicas que se superponen y se derogan unas a otras en una especie de delirio constante y depredador. Por lo tanto, “lo más probable” debería ser el punto de partida para un análisis científico de cómo este Universo llegó a existir.

Entonces, ¿cuál es la causa de la existencia del Universo? La respuesta debe ser Dios. Ese es el meollo del argumento de que la cosmología moderna prueba la existencia de Dios. Pero, ¿qué tanto resisten las premisas al escrutinio científico? ¿Los ha probado la ciencia, o son posibles o incluso probables otras opciones? La respuesta no está en la lógica ni en la filosofía teológica, sino en nuestro conocimiento científico del Universo mismo.

Y ¿quién es la ciencia, esa especie de genio maléfico que sale de las lamparillas mágicas de los chamanes, para abrogar la lógica y la filosofía teológica? ¿Cuál es, de hecho, el conocimiento científico que tenemos del Universo, de un Universo del que solo podemos observar un 5 por cien de su hipotética magnitud? ¿Podemos con este ligero lapsus desarrollar teorías científicas sobre el origen, el desarrollo y el estado actual del Universo? No, no podemos, pero si tenemos en nuestro poder el gran truco de prestidigitación llamado “academia”, un círculo cerrado que se arroga la fantástica quimera de poseer toda la verdad, entonces podremos aceptar y rechazar cualquier teoría sin tener que presentar argumentos.

Es absurdo aceptar la hipótesis de que la materia se haya originado a sí misma y haya conformado un sofisticadísimo Universo, donde todas las piezas encajan como en un rompecabezas hasta producir un planeta con las apabullantes condiciones necesarias para que exista vida en los más diversos estados y formas hasta el surgimiento del ser humano, dotado de complejísimas capacidades cognitivas, de una refinada sensibilidad y, sobre todo, de una consciencia que le permite la reflexión, caer en la cuenta de…

Y lo más curioso de todo es que ese ser inteligente, lógico, racional… consciente, todavía no entiende cómo se generó este Universo ni cómo funciona su hígado ni sus riñones, y es incapaz de producir una sola célula, una entidad viva como él. ¿Cómo puede ser que la materia tenga el poder, la capacidad, el conocimiento, necesario para generar vida y partículas sub-atómicas que el hombre desconoce en su mayoría, y que aquellas que conoce no sabe qué función tienen en la estructura general de la materia? ¿Cómo puede ser la materia más poderosa, más capaz que la inteligencia humana? Y sin embargo, les resulta improbable que la explicación de todo esto se encuentre en la existencia de Dios.

El autor pone a la física cuántica como ejemplo de que no siempre funciona la ley de causa y efecto, y que puede haber un fenómeno que no tenga una causa.

¿Tiene una causa todo lo que comienza a existir, o llega a existir a partir de un estado de inexistencia? Si lo pensamos de manera racional, tiene sentido intuitivo que algo no puede surgir de la nada. Después de todo, la idea de que cualquier cosa pueda surgir de la nada suena absurda; si pudiera, socavaría por completo la noción de causa y efecto que experimentamos tan profundamente en nuestra vida diaria. La idea de una creación ex nihilo, o de la nada, viola nuestro sentido común.

Pero nuestras experiencias diarias no son la suma total de todo lo que hay en el Universo. Hay muchos fenómenos físicos medibles que parecen violar estas nociones de causa y efecto, y los ejemplos más famosos ocurren en el Universo cuántico. Como ejemplo simple, podemos mirar un solo átomo radiactivo. Si tuviera una gran cantidad de estos átomos, podría predecir cuánto tiempo necesitaría pasar para que la mitad de ellos se descompusiera: esa es la definición de una vida media. Sin embargo, para cualquier átomo, si preguntamos: «¿Cuándo se descompondrá este átomo?» o «¿Qué hará que este átomo finalmente se descomponga?» no hay una respuesta de causa y efecto.

En primer lugar, la línea de razonamiento que propone al-Ghazali hace más de 800 años se dirige al punto de partida. Si yo fuera el único humano, la única entidad existente antes, incluso, de la creación, mas tuviera intactas mis facultades cognitivas, no aceptaría de ningún modo que algo que existe no tuviera una causa, no fuera el efecto de una causa. Ésta es la posición de al-Ghazali –no podía imaginar, como nadie puede imaginar, que un fenómeno, una entidad, del tipo que sea, fuera independiente de toda causa. No solo la dinámica causa-efecto forma parte de nuestra experiencia cotidiana, sino que ni siquiera podemos pensar o imaginar algo que pudiera llegar a la existencia sin una causa que lo hiciera posible. La propia física cuántica debe su existencia a una causa que se encuentra registrada en el plan general de la creación y por ello mismo tiene numerosas funciones. Mas ¿qué sabe Siegel sobre física cuántica? ¿Qué saben los físicos sobre física cuántica –elucubraciones, suposiciones… que ningún valor tienen frente a la verdad.

¿Acaso sabemos por qué el hielo no se hunde, siendo un elemento sólido y más pesado que el agua? ¿Sabemos por qué los océanos están saturados de sal? No, no lo sabemos, pero hay miles de investigadores que llevan decenios estudiando estos fenómenos precisamente porque saben que hay una causa, aunque esta causa no sea aparente y forme, quizás, parte del sistema operativo y no del sistema funcional. (Ver Corán-Libro de comentarios-Artículos-Artículo IX)

Por tanto, el Universo tiene una causa, ¿y esa causa es Dios? A estas  alturas, ciertamente hemos establecido que las dos primeras premisas del argumento cosmológico de Kalam, en el mejor de los casos, no están probadas. Si asumimos que, no obstante, son verdaderas, ¿establece eso que Dios es la causa de la existencia de nuestro Universo? Eso solo es defendible si definimos a Dios como «aquello que hizo que el Universo llegara a existir a partir de un estado de no existencia». A continuación presentamos algunos ejemplos que muestran por qué esto es absurdo.

-Cuando simulamos en un ordenador un Universo bidimensional, ¿significa ello que hemos traído ese universo a la existencia y que somos, por lo tanto el dios de ese universo?

-Si el estado inflacionario del Universo surgió de un estado preexistente, entonces, ¿el estado que dio lugar a la inflación es el Dios de nuestro Universo?

-Y si hay una fluctuación cuántica aleatoria que hizo que la inflación terminara y comenzara el Big Bang caliente, el Universo tal como lo conocemos, ¿ese proceso aleatorio es equivalente a Dios?

Más bien son estos ejemplos los que marcan una inexplicable irracionalidad y absurdo. En cuanto al primer ejemplo, el concepto de Dios que Él Mismo nos enseña implica poder de creación a partir de la no-existencia y sin ningún diseño previo. Por lo tanto, vosotros y vuestros ordenadores y vuestras simulaciones, simplemente jugáis a ser dioses, como los niños juegan a ser Superman. En el segundo ejemplo todas las premisas son falsas y, por lo tanto, falsa es la conclusión en forma de pregunta ya que el Universo no es inflacionario ni ha surgido de un estado pre-existente, pues Dios, Allah el Altísimo, no es ningún estado, sino que Él Mismo es el Creador de todos los estados posibles. Y por último, el tercer ejemplo lo es de la ignorancia y puerilidad de estos científicos. Lo primero que observamos en el Universo y en nosotros mismos es que no existe nada aleatorio ya que ese concepto es anti-científico, anti-lógico, anti-racional, pues todo tiene una causa, que a su vez es el efecto de otra causa, y así sucesivamente hasta que llegamos a la Verdadera Singularidad, que es Dios, el Creador de la existencia y de todo cuanto en ella hay.

No solo tenemos un Universo cuyo origen desconocemos, y lo desconocemos hasta el punto de que ningún físico o astrofísico puede imaginar qué había antes y qué fuerzas, qué leyes, lo han generado, sino que tampoco sabemos cómo de la materia inerte se produjeron las células y cómo de esas primeras células procariotas, dispersas por el planeta, se pasó a que se produjeran células eucariotas, y de su reunión –tejidos, órganos, plantas, animales y humanos. ¿Pudo la materia inerte imaginar la vida? ¿Desearla? ¿Diseñarla hasta llegar a la consciencia? ¿Es esta situación la más probable, científicamente hablando, o es la más absurda, la más disparatada, propia de mentes infantiles o anómalas?

¿Cómo es posible que la materia haya podido diseñar el sistema locomotriz de un gato o de un hombre, pero el hombre no pueda reproducirlo en la propia materia? Un robot ni siquiera puede bajar unos cuantos peldaños sin caerse. ¿Dónde, pues, en qué partícula sub-atómica, en qué electrones, en que átomos, se encuentra ese poder creador, capaz de diseñar sistemas que el hombre es incapaz de imitar? ¿Acaso es todo esto posible? No, no lo es, y por ello una y otra vez estos diosecillos de plástico hablan de Dios, de Su improbabilidad existencial y dedican buena parte de su tiempo y de su energía en tratar de convencernos de que es mejor vivir con el absurdo de un Universo casual, aleatorio, capaz de crear lo que el hombre ni siquiera puede producir en su imaginación.

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