Expertos analizan la ausencia de verdaderos seres humanos. Las conclusiones son demoledoras.

La intromisión yínica en los asuntos de los hombres

Por sondas.blog

Qué sortilegio nos habrá hechizado para que nos hayamos alejado tanto de la forma de vida de nuestros abuelos, de su mundo –un mundo en el que todo era conocido, incluso previsible, familiar.

Ellos mismos fabricaban todos los utensilios, herramientas, vehículos… que necesitaban. Producían ruedas, carros, barcos; curtían las pieles; procesaban la lana y el algodón; moldeaban el hierro en las fraguas. Cualquier hombre podía aprender a fabricar todo lo que necesitaba para vivir. No había secretos ni técnicas exclusivas de un grupo. La energía provenía de la propia naturaleza. El viento movía los barcos y los molinos, en los que molían los cereales para producir harina, y de ella –pan. Los animales más fuertes acarreaban sus mercancías y a ellos mismos.

No era una vida idílica, exenta de inconvenientes, de problemas. Había guerras. Había periodos de hambre debido a cosechas arruinadas por la pedrisca o por inundaciones. Había incendios, enfermedades… Mas era un mundo a la medida del hombre; un mundo en el que se conocía perfectamente las causas de cada efecto. Las tormentas, la nieve, los terremotos… eran fenómenos incontrolables para el hombre, pero rara vez les cogían por sorpresa, pues sabían leer los signos del cielo y de la tierra. Podían entender el significado y las consecuencias de un exceso de humedad en el aire que respiraban. Aquellas nubes silenciosas que surcaban el cielo eran un claro indicio de cercanas lluvias.

Todo lo que les rodeaba estaba dentro de su campo de comprensión. Sabían curar la mayoría de las enfermedades cotidianas. Fabricaban ungüentos que aliviaban el dolor o la inflamación que producían los golpes y neutralizaban los efectos del veneno de serpientes y escorpiones.

Cuando la producción agrícola era escasa en regiones de frío excesivo y de heladas, la gente que allí vivía hacía uso de la técnica de conservación de los alimentos y con los productos de una sola cosecha podían vivir todo el año. Los peces eran otra fuente de riqueza y de alimento. Aprovechaban su carne y piel, y extraían el aceite de sus vísceras que les servía de combustible, de condimento y de medicina.

Era un mundo conocido, familiar, que les permitía en muchos casos dedicar buena parte de su energía a adorar a su Creador, pues formaban parte activa del Universo. No trataban de dominar sus fuerzas, sino de hacerlas útiles para ellos, para sus vidas.

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¿Por qué, entonces, hemos abandonado ese mundo familiar, en el que todo era conocido para el hombre? ¿Por qué lo hemos cambiado por un mundo en el que todo nos resulta un enigma; un mundo en el que no producimos nada de lo que utilizamos. Todo nos viene de fuera, sin que sepamos cómo ha sido fabricado.

Los que se arrogan la facultad de interpretar los acontecimientos dirán que este nuevo mundo es la consecuencia lógica del progreso. Mas este mundo no es, precisamente, la consecuencia lógica del anterior, sino una brusca ruptura, una inexplicable dislocación que nos ha hecho perder de vista la lógica, la coherencia, intrínsecas en el mundo de nuestros abuelos, de nuestros antepasados, en el que cada individuo tenía pleno control de los elementos que rodeaban su vida.

El primer factor que desequilibra la balanza de fuerzas existente hasta entonces son las armas de fuego, que darán paso, inevitablemente, a la ametralladora. Los que consigan hacerse con esta técnica obtendrán una desproporcionada ventaja sobre los demás. El uso del fuego en este tipo de armas indica que en su diseño y fabricación ha intervenido el susurro de los yinn.

(14) Creó al hombre –insan– de barro seco cual terracota, (15) y a los yan los creó de un fuego sin humo. (Corán 55 – ar Rahman)

El hombre, en cambio, creado a partir del barro, se sirve siempre de la ingeniería mecánica –arcos, espadas, lanzas, mazas, catapultas… y por lo tanto utiliza técnicas de las que todo hombre puede valerse. Las puede desarrollar y modificar, pero siempre dentro de los límites que marca la mecánica.

Mientras no existía la ametralladora, la relación de fuerzas entre los nativos de América y los invasores anglo-sajones se mantenía dentro de un equilibrio en el que el papel fundamental lo jugaban las características propias de la guerra –estrategia, coraje, resistencia y heroísmo. Cuando estas características dejan de jugar un papel preeminente en la lucha, ésta se convierte en tiranía y opresión. Un auténtico guerrero arrojaría al suelo la ametralladora que le han ofrecido y se enfrentaría a su enemigo con un cuchillo –su misma arma.

No obstante, lo que marca la falla entre el mundo de nuestros ancestros y el nuestro es la electricidad y el motor de explosión. La electrónica no es un paso lógico de la electricidad ni la informática –de la electrónica. Mas todas ellas se apoyan unas en otras.

¿Podemos, entonces, llamar progreso a una forma de vida que se ha desarrollado sobre las técnicas del fuego en los últimos 200 años frente a una forma de vida que se ha mantenido intacta durante 500 siglos? ¿Qué es lo que nos ha permitido cruzar la línea milenaria trazada por nuestros abuelos? ¿Nuestra inteligencia? ¿Nuevas capacidades cognitivas que yacían hibernadas en el fondo de nuestro cerebro? ¿Podemos, entonces, concluir que un físico de Harvard es más inteligente que Pitágoras o Arquímedes? ¿Podría un astrofísico de la NASA entender el Universo como lo entendieron hace más de tres mil años los observadores de China o Mesopotamia, aún sin los telescopios de los que hoy se sirven los modernos astrónomos?

Obviamente, las capacidades cognitivas del hombre no han variado un ápice desde que comenzara su devenir en la Tierra. Sin embargo, hay en su historia periodos yínicos, en los que se transforman imperceptiblemente las técnicas mecánicas en técnica ígneas.  Es decir, el susurro de la fitra queda sustituido por el susurro de los yin. La fitra es la voz de nuestra propia naturaleza y, por lo tanto, nos enseña lo que nos es propio. Mas el susurro de los yin proviene de su naturaleza de fuego, algo que le es ajeno al hombre, algo que no entiende,  que le asusta incluso, que le inquieta, pues no proviene de su fitra. Es la magia con la que los yin trataron de derrocar al profeta Sulaiman, profeta y monarca, el más poderoso de cuántos han existido en la historia de la humanidad.

(102) Seguían lo que recitaban los shayatin en el reinado de Sulayman, pero no fue Sulayman quien encubrió la verdad, sino que fueron los shayatin quienes la encubrieron, enseñando a los hombres la magia y lo que se había descargado en Bab-il. (Corán 2 – al Baqarah)

También ahora intentan los yin, en asociación con determinados humanos, hacerse con un poder absoluto que les permita controlar al resto de sus semejantes y utilizarlos como si fueran pilas. Ahí tenemos a su último artilugio, a su última magia –el Metaverso, la enajenación, la pérdida total de la consciencia, la robotización del hombre. Mas ya le advirtieron a Iblis que el barro es superior al fuego y que el hombre, por lo tanto, prevalecerá sobre los yin.

Mas ¿quiénes son los hombres?

(1) ¡Por la corriente del tiempo (2) que arrastra al hombre –insan– a la perdición. (3) Mas no así a los que creen y actúan con rectitud –se exhortan a la verdad y a resistir. (Corán 103 – al Asr)

(4) Hemos creado al hombre en el mejor de los moldes. (5) Luego lo hemos devuelto a lo más bajo, (6) salvo a los que creen y actúan con rectitud. (Corán 95 – at Tin)

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