¿Es el fin de todo? Quizás no.

El ganado humano disfruta de sus bocanadas finales de felicidad mundana despendolada antes de ser achicharrado en un holocausto atómico, de varios centenares de misiles nucleares, que el metaverso de la guerra pactada de Ucrania va a catalizar.

Empero, el castigo post-mortem será aún más severo para los que vivieron ajenos al sentido de la vida, ante el panorama desolador de no saber que la vida en la Plataforma Terráquea es un plan salvífico, o redentor, para aquellas almas que en la eternidad de la pre-existencia dudaron secundar a Satanás o mantenerse fieles al Creador increado. Esto es: los neutrales fueron depositados en un metaverso con apariencia de solidez que configura la materialidad física de los soportes de unos cuerpos modelados a partir del barro, con vistas a que el alma pre-existente –el aliento vital soplado en los cuerpos por el Creador-, atrapada en la densidad de este bajo mundo, aprendiera a desenvolver las luces que la materialidad constriñe y a reconocerlas como indiferenciadas de la innata realidad del verdadero ser de todo, que es pura luz.

El plazo ya se agota para la quema de los injustos y la redención de los justos que hicieron justicia a las luces imperecederas del foco omni-alumbrador de la verdad desnuda del Uno-Único, mediante la fidelidad de las luces reflejadas a través del filtro de la consciencia dual del yo personal, una vez domeñado, por medio de la moral intachable, para que lo reflejado en el espejo de la consciencia no sea el mundo perecedero de las causas intermedias, sino la luz de la verdad que es la causa incausada, y que es la sustancia metafísica que todo lo sostiene y que todo lo regenta. Dicha sustancia metafísica es el amor trascendente que todos los seres humanos anhelan, que todo lo trasciende, que todo lo ablanda, que todo lo abarca, que todo lo eleva, que todo lo amansa, que todo lo sana, que todo lo ilumina y que todo lo preña de beatitud y de plenitud vivificante.

Los estragos del fin de los tiempos, previos al levantamiento del velo para que las luces se unan a las luces y las sombras se unan a las sombras en la eternidad atemporal de los dominios celestiales e infernales, serán demoledores, pero  lo más demoledor de todo es que los seres humanos, sobre todo las mujeres, van a morir sin fe, tras dilapidar sus vida en todo aquello que denigra y no provee ningún beneficio con respecto a la trascendencia de la vida en eternidad –la verdadera vida que la vida perecedera del metaverso yoístico imposta, o enmascara

La bestia tratará de impedir el ajuste de cuentas post-mortem para no ser arrojada a los fuegos abisales perpetuos, junto con sus adoradores, mediante un metaverso tecnológico que le ofrecerá al mundo el paraíso terrenal de una vida feliz, sostenible y eternamente  metavérsica, o sea, virtual, desde el confinamiento preventivo casero de los que sobrevivan a las vacunas, al holocausto de la guerra nuclear y a otras calamidades que están en la agenda.

Así pues no hay tiempo que perder en fiestas y distracciones vanas, como indagar si siendo lo que no somos –mujeres con pene u hombres con vagina- se fluye mejor en la vida, ya que la inercia de la consciencia dual mundana que separa el ”yo soy” de lo que “yo no soy”, es lo que se manifestará post-mortemente cuando el velo del mundo sea alzado y la balanza de la justicia divina sea acercada para que los que habituaron su visión a la luz no sean defraudados, sino recompensados con la presencia en eternidad de la luz de las luces en el foco alumbrador de la omnisciencia clarividente, y los que se deshabituaron a la trascendencia, en la estúpida creencia de que el sentido de la vida es el disfrute descorsetado, y nada más, sean degradados y matados por segunda vez, tras la muerte del cuerpo, mediante la muerte verdadera que es la rotura del espejo de sus consciencias, de modo que estas no reflejen el espíritu de la verdad de la presencia eterna, y así se extingan para siempre mientras descienden en el torbellino horripilante del darse cuenta de la realidad real de las cosas en la sutileza de la verdad desnuda, desvelada tras la caída del velo del mundo, junto con el reconocimiento y el sufrimiento indecible que conlleva saber que desperdiciaron la vida de sus personajes terráqueos.

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La guerra nuclear durará 15 minutos y después se desatará el apocalipsis zombi de los desesperados, que es lo que significa la “Z” de las tropas rusas en la campaña ucraniana. La gente matará por una lata de conservas, luego matará por algunas migajas de pan y luego matará a sus semejantes zombis para no ser matados y comidos.

Luego, o aluego,  se levantará el anticristo -el hombre inicuo, el hijo de perdición- que sellará un pacto entre muchos y unirá todos los despojos del mundo bajo el amparo de un nuevo orden mundial, que será satánico, o sea, trasnshumanista. Los supervivientes serán marcados con el sello de la bestia y teledirigidos por I.A. (inteligencia artificial) para garantizar que el libre albedrío humano no vuelve a descarrilar hacia otro holocausto nuclear, lo cual implicará vivir exclusivamente una vida online, esto es, metavérsica, desde el confinamiento preventivo de casa.

Los que se nieguen al sellamiento de la bestia en pos de la pertinente transhumanización para salvar el planeta de la presencia despendolada y libre del hombre-simio, serán perseguidos y exterminados.

Es un horror inevitable, impepinable, que ocurre siempre que el ser humano se olvida de su Creador y se dedica a lo que no toca.

FIN.

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