La humanidad ha caído en el torbellino de la más burda manipulación.

POR SONDAS.BLOG

El método más utilizado hasta ahora para generar órdenes mundiales ha sido el de la guerra, una guerra que involucraba a la práctica totalidad de las naciones occidentales –como las dos últimas guerras mundiales. A veces para realizar cambios importantes dentro de un mismo orden mundial se han utilizado atentados terroristas de gran magnitud, como el derribo de las torres gemelas de Nueva York o guerras locales que permitían un cambio de gobierno, como la “primavera árabe” o la invasión de Iraq y Afganistán.

Sin embargo, el nuevo orden mundial que se quiere establecer es mucho más drástico que el que se originó tras la Segunda Guerra Mundial y la victoria militar norteamericana sobre el imperio del sol naciente. No se trata ahora de cambiar únicamente ciertos aspectos sociales y económicos de las sociedades humanas, sino de una transformación del propio ser humano, un re-diseño de la vida, una mezcla casi perfecta de ficción y realidad.

Mas todos los actores involucrados en este cambio, en esta alteración, no están seguros de que una guerra total y por lo tanto atómica sea la mejor solución, pues con el armamento nuclear que poseen numerosos países, una guerra de este calibre podría ser incontrolable y devastadora. Ello está haciendo que se establezca un escenario en el que sin guerra se produzcan los mismos efectos.

El experimento comenzó con la pandemia. No hizo falta un virus ni ningún otro tipo de patógeno, pues los medios de comunicación se encargaron de producir los efectos de una verdadera pandemia –la gente se enmascaró, se confinó, se distanció y se inmovilizó sin que a su alrededor hubiera otra cosa que la normalidad de siempre.

Mas junto a la pandemia se anunciaron nuevos peligros –ciberataques, cambio climático, invasión de extraterrestres, puertos colapsados, interrupción en las cadenas de suministros y otros fenómenos inexistentes a los que los medios de comunicación les confirieron la vida y los vistieron de realidad.

Ahora es la guerra de Ucrania la que hace subir los precios de los productos energéticos e incluso de los alimentos. Basta con decir que esta inflación galopante es consecuencia de la invasión rusa de Ucrania. Parece como si este país, hasta ahora sumergido en el más absoluto anonimato histórico, se hubiese convertido en el centro del Universo, en la reserva de alimentos y de energía para el resto del mundo. Obviamente, este acontecimiento es tan falso como el de la pandemia, pero funciona porque lo dice el New York Times, el Washington Post, el Economist, revistas “especializadas de gran prestigio”… y lo repiten los medios más influyentes de cada país hasta que esas noticias se convierten en la estructura básica de nuestra realidad.

Ahora es la guerra de Ucrania la que hace subir los precios de prácticamente todos los productos que utilizan las sociedades humanas y mientras se acaba este conflicto fabricado, surgirá una nueva pandemia, más letal que la anterior y que, por lo tanto, exigirá medidas más drásticas. Y todo ello hasta que se produzcan los efectos de una guerra total y nuclear inexistente.

La humanidad ha caído en el torbellino de la más burda manipulación y ello porque se ha ido educando al hombre en la más absoluta esterilidad analítica. Hará todo lo que le ordenen; obedecerá a cualquier mandato gubernamental no porque tema una represión policial, sino porque ha sido robotizado y solo reconoce y responde a los estímulos para los que ha sido programado.

Se podría proponer una revolución que acabase con la tecnología, con la ingeniería genética… mas el hombre ya ha vivido 50 mil años sin todo esto y no le ha servido de nada, pues lo único que nos puede sacar de todos los Metaversos en los que hemos ido viviendo de ficción en ficción, es la consciencia. Sin esa consciencia, sin esa observación, sin esa reflexión constante, sin ese procesamiento de los datos que recibimos nada de lo que hagamos nos llevará a otro ámbito que el de la ficción y el de la falsedad, el ámbito de la robotización, en el que hay acción programada, pero no hay consciencia. Poco importa, entonces, si trabajamos frente a un ordenador cuántico o conducimos un rebaño de ovejas: robot-pastor, robot-analista de sistemas. Dos muertos vivientes.

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