Todo cuanto hay en ella perecerá. Tan sólo permanecerá la Faz (consciencia) de tu Señor, el Poseedor Absoluto de la Majestad y del Honor. (Corán, sura 55, aleya 26-27)

La consciencia, la mente y otros enigmas

Michael Egnor para Mind Matters

El filósofo David Chalmers dividió el problema de comprender cómo se relaciona la conciencia con el cerebro distinguiendo entre los problemas fáciles y difíciles de la conciencia.

Los neurocientíficos suelen enfrentarse al sencillo problema de la conciencia, es decir, ¿qué partes del cerebro están metabólicamente activas cuando estamos despiertos? ¿Qué tipo de neuronas están involucradas en la memoria? Estos problemas son «fáciles» en el sentido de que son tratables. Es un desafío para la neurociencia resolver estos problemas, pero con suficiente habilidad y perseverancia, se puede lograr.

El difícil problema de la conciencia es otro asunto completamente distinto. Es esto: ¿Cómo puede surgir la experiencia subjetiva en primera persona de la materia cerebral? ¿Cómo obtenemos un ‘yo’ de un ‘eso’? Comparado con el problema fácil, el problema difícil es, desde la perspectiva de la neurociencia materialista, intratable.

Muchos neurocientíficos evaden el problema difícil al negar su relevancia para la neurociencia. En un ensayo reciente, el destacado neurocientífico Anil Seth, codirector del Centro Sackler para la Ciencia de la Conciencia de la Universidad de Sussex en Brighton, evita la distinción entre problemas fáciles y difíciles:

“El auge de la neurociencia moderna ha visto ganar terreno a un enfoque más pragmático: un enfoque guiado por la filosofía pero que no se basa en la investigación filosófica para proporcionar las respuestas. Su clave es reconocer que explicar por qué existe la conciencia no es necesario para avanzar en la revelación de su base material: comenzar a construir puentes explicativos desde lo subjetivo y fenoménico a lo objetivo y medible… En mi propia investigación, una nueva imagen está tomando forma en la que la experiencia consciente se considera profundamente arraigada en cómo los cerebros y los cuerpos trabajan juntos para mantener la integridad fisiológica, para mantenerse con vida. En esta historia, somos ‘bestias-máquinas’ conscientes, y espero mostrarles por qué.”

ANIL SETH, “EL PROBLEMA REAL” EN AEON (2 DE NOVIEMBRE DE 2016)

Entonces, ¿cómo es que nosotros, las «máquinas bestias» conscientes, somos conscientes? Seth:

“Para responder a esto, podemos apelar al mismo proceso que subyace en otras formas de percepción. El cerebro hace su «mejor conjetura», en función de sus creencias o expectativas previas, y los datos sensoriales disponibles. En este caso, los datos sensoriales relevantes incluyen señales específicas del cuerpo, así como los sentidos clásicos como la vista y el tacto. Estos sentidos corporales incluyen la propiocepción, que señala la configuración del cuerpo en el espacio, y la interocepción, que implica una serie de entradas que transmiten información desde el interior del cuerpo, como la presión arterial, la tensión gástrica, los latidos del corazón, etc. La experiencia de la individualidad encarnada depende de las predicciones sobre las causas relacionadas con el cuerpo de las señales sensoriales a través de los canales interoceptivos y propioceptivos, así como a través de los sentidos clásicos. Nuestras experiencias de ser y tener un cuerpo son «alucinaciones controladas» de un tipo muy distintivo.”

ANIL SETH, “EL PROBLEMA REAL” EN AEON (2 DE NOVIEMBRE DE 2016)

Hay mucho más en el ensayo bastante detallado de Seth, pero la esencia de su teoría de la conciencia es que el cerebro integra una cacofonía de entradas sensoriales para fabricar una explicación de la realidad percibida, una «alucinación controlada», que llamamos conciencia. Esta visión de que la conciencia es, en un sentido u otro, la consecuencia de un procesamiento paralelo masivo que tiene lugar en los circuitos neuronales del cerebro, es común entre los neurocientíficos modernos. Pero no puede ser cierto.

Para ver por qué, considere las consecuencias neurológicas de la cirugía de cerebro dividido y la condición cerebral congénita llamada hidranencefalia.

En la cirugía de cerebro dividido, los neurocirujanos cortan el enorme haz de fibras nerviosas que conectan los hemisferios cerebrales para disminuir la propagación de las convulsiones en pacientes con epilepsia. Los dos hemisferios cerebrales están desconectados: la información de un hemisferio no se puede transmitir fácilmente al otro. Esta desconexión radical de los hemisferios cerebrales provoca una interferencia masiva con «las señales sensoriales a través de los canales interoceptivos y propioceptivos, así como a través de los sentidos clásicos» pero, contrariamente a lo que parece predecir la teoría de Seth, no hay deterioro de la conciencia en absoluto. Los pacientes con cerebro dividido (yo mismo realicé la cirugía) tienen discapacidades perceptivas muy sutiles de las que casi nunca son conscientes, y no hay deterioro de la conciencia.

El neurocientífico Yair Pinto llama a este estado cerebral dividido “percepción dividida pero conciencia indivisa”. Es difícil reconciliar la noción de conciencia de Seth como una «alucinación controlada» como resultado de percepciones integradas masivamente con la preservación total de la conciencia luego de cortar los hemisferios cerebrales por la mitad. La conciencia no está, en esta circunstancia, sujeta al bisturí, como implica la teoría materialista de Seth.

Un problema aún más intratable para la teoría de la «alucinación controlada» de Seth es la hidranencefalia. La hidranencefalia es una afección en la que los niños a menudo nacen sin hemisferios cerebrales. La causa suele ser un accidente cerebrovascular intrauterino masivo que destruye todo el cerebro por encima del tronco encefálico. Casi todos los circuitos de percepción de los que depende la teoría de Seth no solo se cortan, sino que se destruyen por completo, sin embargo, los niños con hidranencefalia están completamente conscientes.

Yo mismo he cuidado a estos niños (soy neurocirujano pediátrico). Aunque son bastante discapacitados, ciertamente son conscientes, interactivos y muestran una amplia gama de emociones: risa, llanto, alegría, miedo y demás. La destrucción completa de los hemisferios cerebrales es totalmente compatible con la conciencia.

La teoría de Seth de que la conciencia es una «alucinación controlada» ocasionada por la integración de entradas sensoriales masivas por parte de los hemisferios cerebrales se desmorona cuando consideramos que la desconexión de los hemisferios, e incluso la destrucción de los hemisferios cerebrales, es compatible con la conciencia plena (a pesar de las profundas discapacidades sensoriales y motoras). Solo una comprensión dualista o idealista de la relación mente-cerebro puede sobrevivir a la evidencia proporcionada por la investigación del cerebro dividido y la experiencia clínica de rutina con niños con hidranencefalia.

La única «alucinación controlada» aquí es la creencia de que el materialismo puede explicar la mente.

SONDAS.BLOG: En la filosofía oriental el concepto básico, en el que van a fundamentarse todos los demás, es la consciencia –a diferencia de la filosofía occidental que toma como referencia la mente: “Pienso, luego existo,” algo inaceptable para Oriente. Ahora, en cambio, parece que los neurólogos se han tomado en serio el fenómeno de la consciencia, pero no saben por dónde empezar, pues, como ya hemos dicho, no forma parte de la tradición filosófica de Occidente. No hay tratados, estudios, epistemologías que hablen de ella, que intenten explicarla, que le ofrezcan un sitio en la configuración global del ser humano.

Mas quizás la pregunta relevante aquí sería: ¿Por qué ha habido esa diferencia histórica conceptual que ha separado para siempre Oriente de Occidente? La respuesta podría ser devastadora, ya que lo que ha demostrado el hombre occidental a lo largo de los siglos ha sido su incapacidad metafísica. El europeo es, ante todo, un hombre mental, un juguete de los pensamientos, una especie de caleidoscopio. Y, sobre todo, hay una pesantez en los filósofos occidentales.

La filosofía oriental, en cambio, está basada en la observación, en el atento examen de todo lo que se mueve a su alrededor, así como de los movimientos internos. Estos sabios siempre han sido conscientes de que todo cuanto existe es un libro que nos enseña a comprender nuestra propia naturaleza –los animales, las plantas, las montañas, el agua, el Sol y la Luna, el día y la noche… todos ellos son elementos que hablan de la estructura misma de la creación, de su Creador y de nosotros mismos.

Unamuno se quejaba de que Espinoza escribió sus tratados al amor de un brasero. Los sabios orientales, en cambio, desarrollaban sus visiones metafísicas viajando, cruzando ríos, observando insectos, durmiendo bajo las estrellas.

Ahora, los neurólogos quieren entender el funcionamiento de la consciencia desde la pesantez de la filosofía occidental. Y una y otra vez tienen que tirar la toalla, tienen que rendirse.

Los neurocientíficos suelen enfrentarse al sencillo problema de la conciencia, es decir, ¿qué partes del cerebro están metabólicamente activas cuando estamos despiertos? ¿Qué tipo de neuronas están involucradas en la memoria? Estos problemas son «fáciles» en el sentido de que son tratables. Es un desafío para la neurociencia resolver estos problemas, pero con suficiente habilidad y perseverancia, se puede lograr.

¿Se debe entender, entonces, que hasta ahora no ha habido habilidad ni perseverancia a la hora de afrontar las dificultades que conlleva la comprensión de la consciencia? Y ¿por qué es un desafío si son problemas “sencillos”, “tratables”?

Cuando el filósofo o el investigador no puede utilizar el lenguaje de forma correcta, precisa, comprensible, se está sirviendo de él para encubrir su ignorancia o su desconcierto ante un enigma que les supera; y la consciencia, por las razones que hemos apuntado antes, es un enigma para Occidente. La consciencia, ante todo, es una experiencia.

Esta visión de que la conciencia es, en un sentido u otro, la consecuencia de un procesamiento paralelo masivo que tiene lugar en los circuitos neuronales del cerebro, es común entre los neurocientíficos modernos. Pero no puede ser cierto.

Sin duda, que no puede ser cierto, pues todos hemos vivido, repetidamente, la experiencia del sueño profundo, en el que no hay ninguna actividad cerebral ni sensorial; no hay pensamientos; no hay imágenes; no hay recuerdos; no hay identidad… pero hay consciencia –una clara consciencia de haber existido durante ese sueño profundo, de haber sido “yo” –un “yo” sin calificativos, sin características. Al despertar, todos sentimos haber existido y haber existido placenteramente, pues en ese estado no hay acción, solo consciencia; consciencia de existir. Y esa es la gloria. Estamos en la gloria porque nada perturba las inmóviles aguas de la consciencia.

Al despertar, salimos de ese estado de consciencia pura, de no ser otra cosa que consciencia, para sumergirnos en la trepidante actividad de la vigilia. Antes, quizás, hemos tenido sueños, pero al despertar, podemos claramente diferenciar el periodo de sueño profundo del periodo de sueños. Y en ambos sentimos haber existido.

La acción nos aleja de la serenidad. Nos obnubila. Nos absorbe y nos posee hasta que olvidamos nuestra verdadera identidad –la no-identidad. Nadie ha quedado ahí, en el sueño profundo, en la consciencia, para ser hombre o mujer; niño o adulto; rico o pobre; nacido en Bujara o en Sevastopol; hijo o padre; sabio o ignorante… Todas esas características son propias de la acción, son propias de la nafs, del “sí mismo”, del “yo” activo, que actúa; y que, con su acción, encubre la realidad de la consciencia.

Entramos en una sala de cine y lo primero que observamos es la blanca pantalla, inmóvil, frente a nosotros. Nuestros pensamientos, nuestros sentimientos se han apaciguado. Esa blancura, es inmovilidad, va acallando nuestro barullo cerebral. Ahora comienza la proyección. La pantalla desaparece y en su lugar vemos imágenes en movimiento, vemos acción: carreras de coches, policías persiguiendo a una banda de atracadores, escenas de amor… la pantalla ha desaparecido. El espectador se ha olvidado de ella y ahora ha iniciado su identificación con las imágenes, con la trama, con los sonidos de la película. Ya es parte de ella. Piensa, siente, desea, teme, cierra los ojos, llora, ríe…

El proyector se detiene y todas esas imágenes, todo ese color y todos esos sonidos se re-integran en el proyector. Y de nuevo, lo único que tenemos ante nosotros es la pantalla. Pero ¿acaso ha dejado un solo instante de estar ahí, de existir? En el principio era su blancura, su inmovilidad. Y eso mismo es lo que permanece en el final. Esa es la consciencia. No es parte de la película. Es el sustrato necesario para que la acción pueda manifestarse.

La consciencia no es un proceso neuronal, sino la luz, la blanca pantalla en la que inter-actúan las facultades cognitivas. La consciencia no está dentro del hombre, pues no forma parte del cuerpo ni de la nafs; de la misma forma que la pantalla no forma del guion cinematográfico. Es su soporte.

Una nueva imagen está tomando forma en la que la experiencia consciente se considera profundamente arraigada en cómo los cerebros y los cuerpos trabajan juntos para mantener la integridad fisiológica, para mantenerse con vida. En esta historia, somos ‘bestias-máquinas’ conscientes.

El hombre se aterra ante la muerte, pues es en ese instante –en la agonía– cuando los individuos, mayoritariamente, toman consciencia de existir, de haber vivido, y de ahora tener que morir sin saber exactamente qué significa eso; qué pueda haber más allá de eso. Y para esa mayoría es en el instante de la muerte en el que, por primera vez, han sido conscientes. Es decir, durante toda su vida han sido “bestias-máquinas” inconscientes.

El hombre se aterra ante la muerte por ignorancia y es ignorante por negligencia. Su inactiva consciencia le ha impedido reflexionar. Le ha impedido situarse correctamente en la creación. Y ahora, ante la muerte, no sabe qué hacer; no sabe qué pensar. Y ello le acongoja, le angustia. Piensa que él es el cuerpo y que pronto se descompondrá, se degradará. Sin embargo, su experiencia, la experiencia de su “yo”, su “sí mismo” le asegura que él no puede morir. La consciencia es eterna. Estados de vigilia vendrán y los estados del sueño profundo les sucederán. Mas la consciencia siempre estará ahí, existiendo.

Vivir al nivel de “pienso, luego existo” nos convierte en “bestias-máquinas” (programas) inconscientes. “Reflexiono, luego existo,” nos convierte en bestias-máquinas (programas) conscientes.

El espectador abandona la sala de cine. Se apagan las luces, se cierran las puertas; no ha quedado nadie; nada… solo la pantalla –la consciencia.

Todo cuanto hay en ella perecerá. Tan sólo permanecerá la Faz (consciencia) de tu Señor, el Poseedor Absoluto de la Majestad y del Honor. (Corán, sura 55, aleya 26-27)

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