«Pediría a Igualdad que invirtiese dinero en investigar por qué se están disparando las agresiones sexuales»

Susanna Griso reclama al Ministerio de Igualdad que invierta el dinero que destina a campañas de sensibilización en investigar los motivos del aumento de las agresiones sexuales.

Susana Griso para Antena 3

En el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer, hemos visto varias campañas de sensibilización. Y, dado que el Ministerio de Igualdad se ha

gastado un millón de euros en una de ellas, les pediría que invirtiesen parte de ese dinero para investigar porque se están disparando las agresiones sexuales.

Según el hospital Clínic, un centro de referencia, nunca había habido tantas agresiones: en 2022 se han incrementado un 51 por ciento más que el año anterior. Son datos absolutamente espeluznantes, ha dicho el director, el Doctor Campistol. Es un problema de salud pública, el reflejo de una sociedad enferma.

El 90 por ciento de las víctimas son mujeres. Y todos los agresores, sin excepción, fueron hombres. La mitad, el 53 por ciento, de las agredidas son menores de 25 años. Y un 5 por ciento son adolescentes. La mitad de las atendidas son mujeres locales y el resto, el 46 por ciento, proceden de otros países, entre los que destacan los latinoamericanos.

La mitad de las mujeres fueron violadas. 6 de cada 10 salían de fiesta. 4 de cada 10 conocían al agresor. En algunos casos, fueron víctimas de manadas.

Este es el diagnóstico. Tremendo. Y tiene mucho que ver, según los expertos, con el acceso demasiado temprano a la pornografía. Los chavales normalizan conductas de sometimiento. ¿A qué estamos esperando para ponerle tratamiento?

SONDAS.BLOG: No cabía la menor duda de que la princesita, a todas luces, estaba triste, compungida, abatido su ánimo; encarcelada en aquella torre en la que llevaba siglos penando, pues ya su madre no había visto otro mundo que la esquina que se vislumbraba desde aquella ventana enrejada, a la que ahora se aferraba la princesita soñando con el príncipe azul que un día la salvaría de aquellas prisiones. Ya su abuela había pasada buena parte de su vida encerrada en esa misma elevada estancia. Y en estos y otros recuerdos estaba la princesita cuando el sonido de unos cascos golpeando los aloquines del camino empedrado que llevaba hasta el castillo hizo que su corazón latiese más fuerte que nunca.

“Ahí está mi príncipe,” pensó la princesita mientras corría hacia la ventana enrejada y, en verdad, que ahí estaba su príncipe. Su robusto cuerpo se erguía sobre los lomos de su caballo blanco; y con temblorosa voz le confesó: “Ha sido mi corazón el que me ha guiado hasta aquí;” y lanzándole una cuerda le instó a que la atase a las rejas de la ventana: “Mi poderoso caballo hará el resto.” Y así lo hizo la princesita y así lo hizo el caballo, y mientras relinchaba, ahí que saltaron las rejas y la ventana quedó diáfana, sin que ya no hubiera ningún obstáculo entre la pasión de la princesita y el sereno y calculador amor del príncipe: “¡Salta mi amor, que mis hercúleos brazos te acogerán como si fueras una pluma.”

La princesita no salía de su asombro: “Pero ¿qué dice este mostrenco? Hay más de 20 metros de altura. Como una pluma, dice.” La princesita titubeaba, pues normalmente en cada historia solo les toca un príncipe. Y si pierden esta única oportunidad, se tienen que quedar penando hasta la siguiente generación. “No puedo saltar, príncipe valeroso. Me desarticularía como una muñeca de plástico.”

Seguramente esto fuera una interpolación, pues en la época de las princesitas y de los príncipes azules no había plásticos. Ya se sabe que en las transmisiones siempre hay engaños y subjetivismos que enturbian la realidad de los hechos. En cualquier caso, el príncipe, con los pies en los estribos, se dio al galope mientras le gritaba a la cada vez más asombrada princesita: “¡Traeré una escala por la que trepar hasta la ventana!”

La princesita, más que asombrada, estaba ahora furiosa: “Pero, ¿dónde va a encontrar este idiota una escala? Si no hay más que un bosque infinito, que seguramente estará encantado.” Había pasado su último tren, que, al no haber trenes en aquella época, ella ni se dio cuenta. Se acurrucó en una esquina de la estancia, que ella veía como una tenebrosa mazmorra.

Mas, como a veces los narradores se apiadan de las cuitas principescas más de lo que deberían, teniendo en cuenta la objetividad de la que están obligados a hacer gala, éste en concreto le mandó otro príncipe, con más determinación que el anterior, el cual, espoleando a su caballo, que al ser descendiente de Pegaso tenía alas, y aunque no le permitían volar, le daban prestancia y realzaban su silueta al desplegarlas, llegó el príncipe azul a donde yacía acurrucada la princesa compungida.

El relincho del Pegaso Jr. sacó a la princesita del estupor en el que había caído. Aquello tenía mejores pintas. El príncipe parecía todo un atleta y el caballo, aunque no volaba, se le veía buena disposición para afrontar cualquier sacrificio; o, quizás, eso le parecía a la princesita, movida por la desesperación más que por un riguroso análisis racional del escenario que se abría ante sus ojos: “Príncipe valeroso, no puedo saltar. La ventana está demasiado alta.” El príncipe estuvo a la altura de las circunstancias y poniendo su mano derecha sobre su corazón izquierdo, le dijo con inusitada altivez: “Ni yo os pediré tal cosa, dueña de mi corazón; señora de mis estribos, que al punto estoy de perderlos al veros penar en esa infame torre en la que morís de dolor; o vivís muriendo, pues no morís, sino que vivís en ese continuo dolor. O algo así.”

La princesita, en su impaciencia, a punto estuvo de joderla y quedarse sin príncipe para siempre, pues aparte de desagradecida con el narrador, carecía de los buenos modales que se esperan de una princesita compungida: “Déjate de lisonjas y guárdate tu elocuencia, pues ni con unas ni con otra me vas a poder rescatar de este sortilegio que me tiene encerrada en esta maldita prisión.”

El príncipe se sentó de golpe en la silla de su caballo: “Ya decía mi padre que se avecinaban tiempos difíciles. Arriesgas tu vida para salvar a una princesita atormentada por algún villano y te lo paga con semejantes exabruptos, más propios de una porquera que de una princesita. Mas, por mi parte, que no quede.”

Y en acabando de lo que quedaba de la frase y viendo que en el muro de la torre había unos salientes aquí y unos entrantes allá, se lanzó como impulsado por un tomahawk, y comenzó a trepar hasta llegar al cuerpecito de la princesita, cuyo enojo por la tardanza en llevar a cabo el príncipe la operación de rescate aún le hacía más atractiva a los ojos de su salvador: “¡Ven a mis brazos frágil palomita!”

La princesita frunció el ceño, algo que nunca debe hacer una princesita, y menos delante de su príncipe salvador; pero ésta lo hizo: “¡Será cretino este príncipe de los huevos! ¡Frágil palomita!” La situación era de descalabro total, pues a ver cómo pensaba el príncipe descender con la princesita encaramada a su cuello y sin poder ver los salientes y los entrantes del muro.

Aquí el narrador volvió a esmerarse, buscando el consabido final feliz. Y echando una ojeada al manual de efectos especiales publicado por Hollywood, leyó con una cierta estupefacción: “En estos casos, se buscará una proyección oblicua que produzca en el espectador la sensación de estar viendo una proyección vertical. Mas como no siempre sale bien, recomendamos al director que de una posición estable se pase a otra posición estable.” Y citaba el manual, precisamente, el ejemplo que nos ocupa en esta historia: “De la toma en la que la princesita está bien agarrada a su príncipe, se pasa a la toma en la que el príncipe y la princesita están a lomos de su caballo.”

¡Vaya efectos especiales! No obstante, el narrador, haciendo de tripas corazón, siguió las recomendaciones hollywoodenses y de esa toma estable, ahí que van a galope el príncipe y la princesita penetrando en el bosque encantado. No habían galopado mucho cuando el príncipe detuvo su cabalgadura. La princesita, que no veía el momento de publicar sus memorias, le preguntó con su acostumbrada falta de delicadeza: “¿Se puede saber por qué coño has parado aquí?” El príncipe no le respondió. Ató las riendas de Pegaso Jr. a un árbol y cogiendo a la princesita por la pechera de su vestido, le obligó a sentarse no muy lejos de donde estaba su caballo. Él se sentó en frente de ella y le puso las cosas claras para que no hubiera lugar a malentendidos: “Vamos a ver, aquí estamos, tú y yo, uno en frente de otro. ¿Me puedes decir qué se supone que tengo que hacer contigo?” La princesita empezó a temerse lo peor. Así que disipó sus humos y habló con una cierta humildad: “Según yo entiendo por las historias que me contó mi madre y mi abuela, prisioneras como yo en aquella torre, los príncipes acceden a los deseos de las princesitas. Deshacen entuertos para alegrarles el ánimo. Las llevan de fiesta en fiesta… y todo eso.”

“Pues, te diré princesita de tres cuartos, que tanto tu madre como tu abuela desbarraban lo suyo y no entendían de la vida la mitad.” Y lanzándose sobre la princesita, le desgarró el vestido, la abofeteó todo lo que quiso y más, y tras violarla repetidas veces ante la atenta mirada de Pegaso Jr., la ató a la grupa de su caballo y comenzó éste un ligero, pero persistente trote: “Tan pronto como lleguemos a la ciudad de los mamíferos voladores, venderemos a esta furcia a peso en el mercado de las esclavas, pues no parece que tenga una habilidad especial que la haga más valiosa. Después, tú y yo nos iremos de copas.”

La princesita escuchaba con amargura aquellas palabras del otrora príncipe valeroso mientras miraba con nostalgia la alta torre de aquel castillo en el que había vivido sin sobresaltos toda su vida.

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